Misioneros con corazón de pescador, manos de sembrador y habilidades de pastor

12 agosto, 2020
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Mientras escribimos nuestra historia de hombres llamados por Dios a anunciar la Buena Nueva, más allá de las fronteras, nos vamos reconociendo por los pasos que damos y definiendo por las actitudes que asumimos frente al desafío de la vida y la Misión.

Por AMJV Argentina

Nuestras actitudes están siempre influenciadas por las interacciones y vínculos que vamos creando, por el aprendizaje social y por la experiencia personal que vamos adquiriendo en nuestro día a día.

Las actitudes que vamos tomando frente a las diferentes situaciones de nuestra vida misionera se mueven siempre en tres dimensiones: el sentir, el hacer y el acompañar.

El sentir

La calidad y equilibrio de las respuestas afectivas, frente a las diversas situaciones con la que nos encontramos, son la que van forjando el corazón del misionero. Es en el sentir de los afectos, formado por las emociones y sentimientos, donde nacen las fuerzan que nos motivan en nuestro andar y entrega a la Misión.

La vocación misionera tiene un rasgo muy específico y característico implantado en el corazón, muy similar al de un pescador. Son las actitudes afectivas del corazón del pescador, que mueven también al misionero, a ir hacia otras orillas, sin miedo a las tempestades y confiado en que hay siempre del otro lado una pesca milagrosa. Al igual que el corazón del pescador, el misionero huye de la rutina de lo estático y confortable para aventurarse en la simplicidad e inestabilidad de la barca, impulsada siempre por el dinamismo incierto del mar.

El hacer

Todas las actitudes que tomamos frente a la vida están basadas siempre en creencias y referencias que tenemos sobre nosotros mismos y sobre el mundo que nos rodea.

Nuestro hacer es fruto de la interpretación y conocimiento de aquello que creemos. Somos misioneros porque creímos que Dios nos llamó; decidimos hacer los votos porque creemos que Jesús vivió pobre, casto y obediente; gastamos nuestras vidas realizando aquello que hacemos, porque creemos que es voluntad de Dios, o simplemente porque creemos que nuestras actividades y propuestas harán mucho bien. Al igual que las manos de un sembrador el misionero está llamado a esparcir la semilla del Reino en su accionar misionero, con mucha habilidad y delicadeza, pero sobre todo con la certeza de que sólo Dios es el responsable de la germinación y el dueño de los frutos abundantes.

El acompañar

El sentir y el hacer de un misionero terminan generando hábitos, costumbres y patrones de comportamientos que definen de forma concreta y visible la conducta en la Misión.

Es preciso reconocer y aceptar que la educación recibida en familia durante la infancia y adolescencia, así como también en el transcurso formativo de base en el IMC, indujeron en nosotros, el desarrollo de muchas habilidades socio-emocionales como el sentido de responsabilidad, compromiso, escucha, respeto y empatía; todo esto acaba por influenciar siempre nuestra conducta en la Misión. Como misionero estamos llamados a desplegar y potenciar las habilidades, pero orientadas e inspiradas en la conducta del Buen Pastor, que acompaña a las ovejas desde el respeto humilde, la escucha activa, la paciencia empática y la pasión por el cuidado.

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