
El Papa Francisco convocó el Jubileo de Esperanza el 24 de diciembre de 2024 y éste se concluirá el 06 de enero de 2026 con la fiesta de la Epifanía del Señor.
Por Lawrence Ssimbwa *
El Sumo Pontífice dijo que recuperar la esperanza se ha vuelto una exigencias en todos los sentidos: desde las relaciones interpersonales hasta las internacionales; para los jóvenes que a menudo ven truncados sus sueños; para buena parte de la humanidad que la esperanza la perdió cuando se vio amenazada por el flagelo de las guerras, los efectos persistentes del Covid19 o las crisis vinculadas al cambio climático. En resumidas cuentas se trata de volver a poner en el centro la dignidad de todas las personas y preocuparse por la calidad de vida de todos y cada uno.
La esperanza en san José Allamano
San Pablo en Romanos 5,5 dice que “la esperanza no avergüenza, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado”. Eso significa que Dios nos ha dado una esperanza que surge en medio de la desilusión; ella no la encontramos a la hora de evitar el sufrimiento, sino superándolo. La esperanza que Dios nos da nunca defrauda porque no se basa en la incertidumbre de los acontecimientos ni en la debilidad humana, sino que está garantizada por la acción del mismo Dios.
También San José Allamano en incontables ocasiones recalcó a los Misioneros de la Consolata sobre la importancia de tener la virtud de esperanza. Para él, la esperanza significa lo siguiente:
1. Abrir el corazón a la esperanza viva
Dice san José Allamano que “abramos el corazón a una esperanza viva. No debemos solo esperar, sino súper esperar, esperar contra toda esperanza. Cuando se espera poco, le estamos fallando al Señor, el que quiere que todos los hombres se salven. ¡Al Señor le gusta mucho que creamos en su bondad, en su misericordia! Por lo tanto, ¡tengamos mucha esperanza, mucha! ¡En Ti, Señor, he esperado, jamás seré defraudado!”(Así los quiero, n. 91). Solo un misionero que vive la esperanza es siempre capaz de consolar a los demás.

2. Tener una mirada puesta en el paraíso
La esperanza no está solo asociada con lo terrenal sino también con la vida que vivirá el creyente en el paraíso. Dice san José Allamano al respecto: “Cuando piensen el paraíso, no piensen en forma abstracta, sino en el paraíso del misionero y de la misionera que son fieles a su vocación. El Señor dijo: “Yo voy a prepararles un lugar” (Jn 14,2). Pero para esto es necesario trabajar, y trabajar mucho. Me parece que este pensamiento del paraíso debería consolarnos. Nuestro premio está allí, ¡y es muy grande! Pensemos con frecuencia en él” (Así los quiero, n. 92). San José Allamano nos recuerda que el cielo debe ser el proyecto de cada discípulo misionero de Jesucristo. Es el premio que cada creyente espera al terminar la carrera terrenal. Por eso es importante tener una mirada esperanzadora puesta en el paraíso.
3. Poseer una gran reserva de confianza
No puede haber esperanza sin la confianza, pues la una es inseparable de la otra. Dice san José Allamano: “Hay que tener una gran reserva de confianza para poder infundirla en los demás. Sin confianza no se puede hacer nada. Desconfiando le fallamos a Dios. José Cafasso decía que la falta de confianza es el pecado de los dementes. (…) Confianza, confianza. ¡Este es el espíritu que quiero en ustedes¡” (Asi los quiero, n. 93). Indudablemente la confianza es la esperanza firme que se tiene en alguien, o la seguridad que se tiene en uno mismo. La confianza empieza con Dios y se extiende a las personas. La confianza es un valor fundamental para construir relaciones solidas y exitosas. La confianza es la base fundamental de la esperanza, y quien confía siempre tiene esperanza.
4. Poner todo en manos de Dios
Definitivamente la esperanza es poner todo en las manos de Dios. Aclara san Jose Allamano: “La confianza es una confianza en la Divina Providencia, que nos acompaña en cada momento de nuestra vida. Confiemos en Dios y pongamos todo en sus manos. (…) No pongamos nuestra confianza en los medios humanos que poseemos: talento, fuerzas, virtudes, etc., o en los de los demás. Hagamos siempre lo que podamos de nuestra parte, después dejemos todo en las manos del Señor, sin temor. Él no deja nunca su obra por la mitad” (Así los quiero, n. 94). Dios es la fuente de consolación y esperanza. La esperanza verdadera se enraíza en Dios. No hay una verdadera esperanza fuera de Dios. Todos los santos y beatos fueron testigos de la esperanza en Dios, pues siempre ponían absolutamente todo en las manos de Dios: sus alegrías, anhelos, fatigas, proyectos de vida, etc. Así que, fuera de Dios no existe la verdadera esperanza.

Misioneros: agentes de consolación y esperanza
Los Misioneros de la Consolata, siguiendo el ejemplo de su Fundador San José Allamano, son dispensadores de consuelo y esperanza: especialmente para los más necesitados y vulnerables; a menudo para quienes viven en lugares remotos donde otros no se atreven a ir. Por su carisma ad gentes, se vuelven naturalmente agentes de esperanza para los desesperanzados; es parte de su ADN ser dispensadores de consolación y esperanza.
A lo largo de todos los años de la existencia del Instituto incontables misioneros han dado esperanza a diversos pueblos. Pensemos en las escuelas hechas por los misioneros o en la dignidad humana defendida por los mismos. Pensemos en las campañas por la paz y la reconciliación que los misioneros han promovido a favor de los vulnerables e indefensos. Su entrega a la causa del Reino de Dios, hasta arriesgar la vida, ha hecho felices a muchas personas en las misiones confiadas a ellos.
Siguiendo la inspiración de San José Allamano vivamos este empeño de acuerdo al contexto en el que operamos: los pueblos indígenas, amazónicos o afros; las periferias urbanas u otras opciones pastorales que acompañamos. En este año jubilar, estamos llamados a profundizar nuestro carisma de consolación para que todos los pueblos que el Señor nos ha confiado vivan la esperanza.
* Padre Lawrence Ssimbwa es misionero de la Consolata en Colombia.