
En el marco del centenario de la Pascua de san José Allamano, la Familia Misionera de la Consolata realiza diversas actividades que hacen memoria agradecida al camino misionero realizado desde su llegada en 1947 hasta hoy. La presencia misionera del IMC en el sur país, ha estado marcada por el gran aporte al desarrollo humano integral y social.
Por Luis Mario Luna *
En este sentido, celebrar este acontecimiento pascual en este territorio, Florencia – Caquetá, es al mismo tiempo, un proceso de revitalización a un presente que me muestra desafiante y un futuro que se vislumbra incierto. Mirar atrás y proyectar el futuro evaluando el presente, será el desafío misionero para hacer de la misión un territorio “A la mano”.
Las celebraciones iniciaron con los retiros espirituales anuales en San Vicente del Caguán – Caquetá, de allí, concluidos los retiros, salieron juntos como familia misionera a Florencia – Caquetá para celebrar la vigilia de oración previa a la celebración Centenaria, en la parroquia del Torasso.

Este momento de espiritualidad misionera, dio inicio con una fogata en el atrio de la iglesia y posteriormente la celebración eucarística presidida por Mons, Joaquín Pinzón, IMC, obispo del Vicariato Apostólico de Puerto Leguizamo – Solano, acompañada por Mons. Omar de Jesús Mejía, Arzobispo de la Arquidiócesis de Florencia, Misioneros y Misioneras de la Consolata. Este momento fué un profundo ejercicio de memoria agradecida, reconocimiento y envío renovado.
La liturgia coincidió con la memoria de los santos mártires Pablo Miki y compañeros, permitiendo releer la historia misionera desde claves esenciales: martirio, profecía y heroísmo, rasgos que han marcado la vida y el testimonio de tantos misioneros y misioneras de la Consolata en territorio amazónico, como lo recordó Mons. Joaquín en su homilía:
La vida de David también nos ilumina: llamado en la fragilidad, ungido y enviado a una misión que llevó adelante con visión de pionero, abriendo nuevos caminos y arriesgando su vida, incluso enfrentándose a osos y leones. Con mucho fuego en el corazón, fue generoso cuando se trataba de ponerse al servicio del plan de Dios. Pecador, obediente, agradecido, con capacidad de celebrar, perdonado; Dios le permitió continuidad en su proyecto y un puesto de gloria.
La memoria agradecida sintoniza nuestro corazón con los frutos de su entrega, narrados por tanta gente de buena voluntad que, como los humildes del pueblo de Dios, son sensibles a la acción divina en los enviados. No es extraño oír hablar de los hermanos y hermanas que nos precedieron como misioneros: visionarios y arriesgados, santos y con fuego en el corazón, generosos y arraigados.
En consecuencia, se refirió a los misioneros como visionarios y arriesgados; santos, con fuego en el corazón y generosos – arraigados:
Visionarios – Arriesgados: Su llegada a Colombia los abrió a horizontes nuevos, para el Instituto y para la misión, poniendo a prueba la identidad del carisma y su propia identidad, algo esencial en todo enviado, como lo vimos en David y en Juan el Bautista. Por ello, desde los orígenes, se dispusieron con disponibilidad para servir a la Iglesia de Bogotá, que los invitó; pero no se instalaron cómodamente; por el contrario, abrieron sus ojos y oídos para ver y escuchar cuál era la misión que Dios les mostraba, en fidelidad y sintonía con el carisma.
Su búsqueda los llevó a poner no solo la mirada, sino también el corazón, en la Amazonía: “Asumimos el Vicariato de Florencia”. Una apuesta de este tipo solo puede nacer de corazones visionarios y arriesgados, que se anticiparon a lo que más tarde san Pablo VI diría sin titubeos en Belém do Pará, en 1971: “Cristo apunta a la Amazonía”, expresión recogida posteriormente en el documento final del Sínodo para la Amazonía.
Santos con fuego en el corazón: Misioneros santos, herederos de aquel ideal de santidad vivido y propuesto por san José Allamano. En una de las charlas del P. Efrén, hablando de la santidad en relación con el fuego en el corazón, decía: La vida en santidad de muchos, “…encendieron en nuestro Fundador y en los demás santos, sus ‘colegas’, ese fuego que ardía en él y que tanto quería que ardiera en nosotros”.

La santidad produce fuego en el corazón, y el fuego en el corazón produce esa explosión de santidad manifestada en la vida y en la misión. La santidad querida por san José Allamano se hizo realidad por los ríos, las selvas y las trochas recorridas por los intrépidos misioneros, gracias a su capacidad de descubrir en la Amazonía un verdadero lugar teológico.
Generosos – Arraigados: Solo un corazón con la mirada de Dios, puede desbordarse en generosidad y acoger lo que Él ofrece. En el caso de los misioneros, les fue ofrecido el territorio: selvas, pueblos y ríos. Ellos contemplaron con la mirada de Dios, las caricias de Dios en esta Amazonía, y desbordaron en generosidad y entrega.
Pero no solo acompañaron a quienes buscaban arraigo; ellos mismos se arraigaron con creatividad, acompañando la fundación de pueblos, escuelas y centros de salud, enriqueciendo cada vez más la amplitud de nuestro carisma. Por ello, no dudaron en vivir con la mirada puesta en la otra orilla, con la conciencia de que la otra orilla, nos desafía y nos enriquece. Así se ha visto fortalecida nuestra presencia en la Amazonía con los aportes que están llegando del Ecuador y del Perú, completando así una visión de Iglesia propia del contexto, fortaleciendo el territorio, acompañando pueblos, uniendo orillas, identificándonos hoy como pioneros en la superación de fronteras departamentales y nacionales, como misioneros tejedores de vida en las fronteras.
Por eso, esta noche hacemos memoria agradecida de quienes pusieron las bases, de quienes han seguido sus huellas y de quienes continúan tejiendo vida en las fronteras, en el diálogo y la interculturalidad. Pedimos que, los que están en el cielo, sigan acompañando nuestra misión para que no nos falte: visión y riesgo, santidad y fuego en el corazón y generosidad y arraigo.
* Por Luis Mario Luna Velasquez, Oficina de Comunicaciones IMC – Colombia.



