Presencia, Misión y Cercanía “A la mano”

Archivo IMC – Fotos: Luis Mario Luna

La Catedral Metropolitana de Florencia fue sede de la celebración de los cien años de la Pascua de San José Allamano, una celebración de especial relevancia espiritual, histórica y social para la Iglesia local y el país.

Por Luis Mario Luna *

La Familia Misionera de la Consolata ha elegido este lugar debido a su profundo significado en la historia del Instituto en Colombia. Esta celebración coincide, además, con el aniversario de erección de las siguientes jurisdicciones eclesiásticas como vicariatos Apostólicos: 75 años de la ahora Arquidiócesis de Florencia, 40 años de la ahora Diócesis de San Vicente del Caguán y 13 años del Vicariato Apostólico de Puerto Leguizamo – Solano, lugares que han sido acompañados desde sus inicios por la Familia Misionera de la Consolata.

La celebración Eucarística fue presidida por Mons. Omar de Jesús Mejía, Arzobispo de la Diócesis de Florencia y acompañada por Mons. Francisco Javier Múnera, IMC – presidente de la Conferencia Episcopal y Arzobispo de la Arquidiócesis de Cartagena; Mons. William Prieto Daza, Obispo de la Diócesis de San Vicente del Caguán y Mons. Joaquín Humberto Pinzón, IMC – Obispo del Vicariato Apostólico de Puerto Leguizamo-Solano; presbíteros, Misioneros, Misioneras y Laicos de la Consolata, junto al pueblo de Dios, acompañaron este solemne momento de acción de gracias y memoria agradecida. 

Durante la homilía, Mons. Omar de Jesús, recordó la importancia de esta celebración para la familia misionera de la Consolata y para la Iglesia local:  nos reunimos como hermanos en una misma esperanza y caridad, para conmemorar cien años de la Pascua a la eternidad de este santo tan importante para la familia Consolata, pero también para nosotros. De igual manera, para hacer memoria agradecida a Dios y a la Iglesia (en su momento al Papa Pio XII), por la configuración eclesiástica a la cual fuimos elevados en el año 1951, cuando comenzamos a ser vicariato apostólico de Florencia.  

Invito a los presentes a recordar con entrega generosa, coraje, fe y entusiasmo, los primeros misioneros que llegaron en 1951 a estas tierras de la Colombia profunda, liderados por Mons.  Antonio María Torasso, IMC; e insto a la feligresía a reconocer el valioso trabajo misionero realizado en la región: A nosotros hoy, hermanos, cuanto nos cuesta el reconocer la grandeza de estos hombres y mujeres que vinieron desde Italia a entregar su vida en medio de estos territorios de la Colombia profunda y bien profunda en aquel entonces. 

Al igual, que Mons. Antonio María Torasso y sus primeros compañeros de misión; hermanos, hoy es un día para elevar un acto de inmensa gratitud a Dios por la vida, la obra, la misión, la entrega, la parresía, el coraje de Mons. Ángel Cuniberti. Los campesinos que son tan honestos y buenos, tan tenaces y acogedores, lo reconocen; los campesinos sí que lo han sabido valorar. Cuando voy por los pueblos, corregimientos, inspecciones y veredas del Caquetá, escucho decir: esta obra la construimos con el liderazgo de la Iglesia, en cabeza de Mons. Ángel Cuniberti. La misma Uniamazonia, debe saberlo reconocer.

En el camino de la memoria agradecida, recordó grande figuras misioneras y en ellas su gran valor al desarrollo eclesial, estructural y social de la Región. Recordó a Mons.  Ángel Cuniberti, IMC, como un hombre sinodal y con una amplia visión estructural en la organización de la región; también a Mons. José Luis Serna, IMC, como un hombre comprometido en todo su ser por la Paz, y quién ayudo a madurar la iglesia particular para ser elevados a diócesis hace 40 años. 

Planteó las diversas problemáticas que desafían la iglesia particular y motivo a los sacerdotes y misioneros a continuar la obra de Dios desde el corazón de la Amazonía, recordando el papel del misionero en la obra de Dios: Estoy convencido que, todo lo que un misionero – misionera logra realizar, lo hace por su confianza absoluta en Dios, por su disponibilidad a dejar que Dios haga su obra a través de su humilde, frágil e insignificante persona. Las grandes obras misioneras solo se hacen por la gracia de Dios y por la disponibilidad humana a esta gracia. Las grandes obras misioneras las realizan los santos. Recordemos: “Primero santos y después misioneros”.

Finalizó colocando en las manos la Madre de Dios, bajo el título de María Consolata, la obra misionera que realizan los Misioneros/as de la Consolata en los cinco continentes, así como la obra misionera que realizan en las iglesias particulares de Florencia, San Vicente del Caguán y Puerto Leguizamo – Solano, e invitó a los fieles a orar juntos a María Consolata: 

¡Oh Madre Consolata!
Sé Tú el consuelo único y perenne
de la Iglesia a la que amas y proteges.
Consuela a las comunidades cristianas
en su cotidiano peregrinar de la fe.

Consuela a los llevan en sus vidas, profundas heridas
por situaciones de opresión, violencia y marginación.
Consuela a todos los que sienten en el corazón
una ardiente necesidad de amar y ser amados.

Consuela a los jóvenes inmersos en el torbellino
de falsas opciones que los asfixian y sofocan,
desorientándolos y desanimándolos.
Consuela a todos los que entregan sus vidas
para salvaguardar los ideales de la vida.

¡Oh Madre Consolata!
Que tu presencia consoladora nos anime a dar
testimonio fecundo de nuestra fe, para que podamos
defender, con coraje y verdad, la dignidad de cada
ser humano, en la justicia, en la paz y el amor.
Ayúdanos en la construcción de una sociedad fraterna,
donde prevalezcan los frutos del Reino de tu Hijo Jesús.
Amén.

Al finalizar la eucaristía los Misioneros de la Consolata realizaron un reconocimiento a las Iglesias Particulares por conservar la memoria viva y el ardor misionero al servicio de la Misión Ad-gentes. 

* Por Luis Mario Luna Velásquez, Oficina de Comunicaciones IMC – Colombia. 

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