El grito de la Tierra: una interpelación al corazón del hombre

El 22 de abril no es una conmemoración más. Es una pregunta abierta, incómoda, dirigida al corazón del hombre. Una pregunta que no se formula con palabras, sino con el lenguaje silencioso de los ríos turbios, de los bosques heridos, de la tierra agotada. Es el grito de la Tierra. Hay una verdad que el hombre moderno ha olvidado (o ha querido olvidar): la Tierra no es una cosa. No es un objeto entre objetos, ni un simple medio puesto a disposición de su voluntad. Reducirla a eso es una mutilación de la realidad. Es un error metafísico que se ha convertido en sistema económico, en cultura y en forma de vida.

Por Hugo Alejandro Perafan Orozco *

Los pueblos originarios lo sabían con una claridad que hoy nos parece extraña. No se preguntaban cómo poseer la tierra, sino cómo pertenecer a ella. No concebían la posibilidad de comprar el cielo o vender el agua, porque sabían que la Tierra no pertenece al hombre, sino que el hombre pertenece a la Tierra. Y en esa pertenencia no hay dominación, sino vínculo, no hay apropiación, sino comunión. Tal vez ahí se encuentra una de las fracturas más hondas de nuestra civilización: hemos roto la relación originaria con la Tierra. La hemos convertido en enemiga, en reserva de recursos, en botín. Hemos aprendido a extraer, a acumular, a dominar; pero hemos olvidado contemplar, cuidar y agradecer.

Leonardo Boff habla del grito de la Tierra como un clamor que se eleva junto con el grito de los pobres. No son dos voces distintas: es el mismo sufrimiento que se manifiesta en dos rostros. La Tierra devastada y el hombre oprimido responden a una misma lógica: la explotación. Laudato Si lo afirma con claridad: no hay crisis ecológica sin crisis humana. Pero este problema no es solo económico o político; es, ante todo, moral. Hemos construido una ética que reconoce al hombre como fin en sí mismo, como lo formuló Immanuel Kant, pero hemos dejado por fuera aquello que hace posible su existencia. ¿Cómo sostener una ética que protege al hombre y al mismo tiempo legitima la destrucción de su casa? Es necesario ampliar el horizonte moral: la Tierra debe ser reconocida como sujeto de consideración moral.

Porque lo que se destruye no es algo externo. El hombre no está fuera del mundo. El hombre es mundo, es tierra, es naturaleza. Por eso, cuando hiere la Tierra, se hiere a sí mismo; cuando la degrada, se degrada; cuando la reduce a mercancía, se convierte él mismo en mercancía. En este contexto, hablar de pecado ambiental no es una exageración. Es nombrar una ruptura real: la ruptura del orden de la vida. Pecar contra la Tierra es pecar contra la justicia, contra los otros y contra el futuro. Es negar la alteridad y someter al otro a la lógica del poder.

En América latina, esta herida tiene un nombre concreto: la tierra como conflicto. La historia de latinoamérica está marcada por la disputa por la tierra, el despojo y la violencia. La tierra no solo ha sido explotada; ha sido arrancada de las manos de quienes la reconocían como madre. Hay, sin embargo, una dimensión más profunda: la interior. El problema no está solo en las estructuras externas, sino en el corazón del hombre. Hay en él un deseo que se desborda, que siempre quiere más. Y ese deseo, cuando no es ordenado, se convierte en violencia, dominación y destrucción.

Tal vez por eso la crisis ecológica es también una crisis espiritual. El hombre ha perdido la capacidad de reconocerse como parte de un todo, como miembro de una comunidad de vida. Ha olvidado que comparte el mismo aliento con los animales, con los árboles, con el aire. Y sin embargo, todo sigue estando unido. Todo está tejido en una misma trama. Nada ocurre de manera aislada. Todo repercute en la totalidad de la existencia.

El grito de la Tierra no es solo un llamado a cambiar prácticas, sino a transformar la mirada. A pasar de la dominación a la relación, del consumo a la contemplación, del poder al cuidado. Quizá aún estamos a tiempo de escuchar. Porque llegará un momento en que la pregunta no será cómo salvar la Tierra, sino si el hombre será capaz de salvarse a sí mismo. Y entonces comprenderá que no era dueño de nada. Que siempre fue un hilo más en la trama de la vida.

* Por Hugo Alejandro Perafan Orozco, formando en la Etapa de Filosofía e integrante de la Comisión de Justicia – Paz e intregralidad de la Creación – JPIC, de los Misioneros de la Consolata, en Colombia. 

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