La misión a la mano de todos

Jesús es el gran misionero enviado por el Padre para salvar a la humanidad. La misión tiene su encanto; ella atrae a muchas personas, aunque no todos la comprendan.

Por Ronaldo Lobo*

Hoy día se realizan muchas actividades de animación y formación misionera: conferencias, exposiciones, semanas de animación misionera en las parroquias y escuelas, etc. Igualmente, existen comunidades que utilizan los medios de comunicación, especialmente las redes sociales para promocionar los mensajes de misión.

La misión de Jesús

La misión de Jesús se inicia con las palabras, tal y como lo narra el evangelista Lucas: “el Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido, para que dé la buena noticia a los pobres…” (Lc 4, 18-21). Así lo proclamó en la Sinagoga de Nazaret, revelando el verdadero sentido de su actividad como seguidor de Jesús, anunciando la buena nueva sin hacer exclusiones.

Además, dedica más atención a los que están lejos, a los que sufren, a los enfermos, aquellos que son menospreciados socialmente. Este es el conflicto entre Dios y una parte de su pueblo, porque se viola y esclaviza a los frágiles y pequeños, pero Jesús lo asume como proyecto para proclamar el mensaje de su Padre, que en últimas, es la misión de la Iglesia.

Después de Jesús

La historia nos cuenta como Jesús envió los discípulos y, después, a los setenta y dos para hacer misión, es decir, evangelizar como él mismo lo hizo, fortaleciéndose en el mismo espíritu de Dios Padre. Jesús tenía muchos admiradores, pero su misión espera y necesita de un “perseguidor convertido”, Pablo de Tarso, para dar nuevos pasos. Después de dedicar toda su vida a la predicación del Evangelio, San Pablo afirma: “¡Ay de mí si no evangelizo!” (1 Cor. 9, 16). Sabía por la experiencia en la comunidad de Antioquia que el mensaje de Jesús no permanecería por mucho tiempo en medio de una sociedad regida por las leyes judaico-cristianas; era necesario exportar el mensaje de Jesús a las afueras de Palestina y llevarlo a los confines del Imperio Romano.

El sueño de Pablo es la realidad de la Iglesia de hoy, pero todavía hay mucho que hacer para una nueva evangelización, tal y como apuntan las orientaciones del Concilio Vaticano II y de la acción evangelizadora de la Iglesia en Latinoamérica.

Es necesario renovarse

El Concilio Vaticano II (1962-1965) no fue solo un evento del pasado, sino que es lo que constituye el hoy de la Iglesia Católica, un referente donde debe buscarse luces para caminar con la realidad. La misión inicial y actual, conducida por este Concilio, apunta hacia una realidad desafiante: debemos evangelizar a los que no han recibido la Palabra de Dios y a los que se profesan cristianos, pero no lo son.

El trabajo misionero debe tener las líneas maestras de la acogida, del cuidado para con los enfermos y necesitados, pero más allá, la misión debe considerar sus características originales: el diálogo, el ecumenismo, la inculturación y la internacionalización.

Se dice que éste “concilio en curso”, más allá de las resistencias, ha hecho una corrección en el camino de la Iglesia y la ha puesto en diálogo con el mundo moderno que es veloz, globalizado y neoliberal, escenario del drama humano, lugar de pecado y de gracia, que poco a poco ha pasado a ser el campo de misión. La Iglesia y el mundo como sustantivos están en el misterioso plan de Dios, como entidades distintas y autónomas en un diálogo respetuoso y constructivo. Y en una realidad velozmente alucinadora, como es la del mundo moderno, la Iglesia muchas veces llega atrasada y no logra acompañar la vida agitada de sus fieles. Entonces, ¿cómo hacer misión si la Iglesia no logra acompañar a sus futuros miembros? ¡El misionero no debe temer!

Por donde sea que pase, debe observar las maravillas de un pueblo rico en cultura y diversidad; por donde sus pies pisen, conocerán las obras perfectas del Dios que se revela. Antes que el misionero pueda llegar, el proyecto de Dios ya se encuentra presente y solo le queda “quitarse las sandalias” porque está pisando en las tierras santas transitadas en la misión de Jesús.

Animación misionera

La Iglesia Latinoamericana viene creciendo considerable en la animación misionera, porque su objetivo es claro, fomentar en los cristianos, sobre todo en los laicos, una mayor consciencia y compromiso con la misión Ad Gentes.

Hace poco, la V Conferencia de Aparecida (2007) promovió una profunda renovación de la vida eclesial de las iglesias en el continente y de ella proviene la famosa expresión “discípulos-misioneros”, que el Papa Francisco tantas veces menciona. El documento de Aparecida insiste que la misión tiene que penetrar en todas las estructuras de la Iglesia, especialmente en los planes pastorales de las diócesis, parroquias, comunidades religiosas, movimientos, etc. Si nos preguntamos por ¿qué es la animación misionera?, bien podremos decir que es el conjunto de acciones formativas, litúrgicas y celebrativas que tiene por objetivo hacer conocible la misión de Jesús, que contribuye a generar interés por la tarea misionera en las comunidades, sea en lo urbano o en lo rural. La animación misionera promueve el servicio de todos los bautizados, despertándolos para asumir su vocación. Es así como ocurre un cambio de mentalidad: ¡la misión no es una realidad lejana, sino una tarea cotidiana!, que bien lo recuerda el Papa Francisco cuando dice: “ser cristianos y ser misioneros es la misma cosa; anunciar el Evangelio con la palabra, y ante todo, con la vida es la finalidad principal de toda la comunidad cristiana y de todos sus miembros”.  

Es el momento para que como laico/a se comprometa en la acción misionera y asuma este espacio. ¡Tenga coraje, el Espíritu conducirá sus pasos!

*Ronaldo Lobo, SVD, superior de los verbitas en Brasil

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