Discípulos en el amor, misioneros de celo

Momento de adoración eucarística. Fotos: Orlando Hoyos

Publicamos la reflexión que el Superior General, Padre Stefano Camerlengo, compartió con la comunidad de la Casa General en Roma el Jueves Santo, 06 de abril, durante la misa de la Cena del Señor.

Por Stefano Camerlengo *

“¡Deseo tanto que se llenen de nuestro Señor!… Quien ama al Señor no tiene tedio, ni soledad… ¡Ved la importancia de la Santa Misa! La Misa es el momento más hermoso de nuestra vida: bastaría uno para hacer feliz a cualquiera que venga a celebrarla. Aunque tuviéramos que prepararnos durante quince o veinte años para celebrar una, ¡qué felices seríamos! ¡Sería la mayor recompensa! Oh, la felicidad de celebrar la Eucaristía! …¡Esta debe ser la fiesta del corazón, de la gratitud!” (Beato Giuseppe Allamano).

Todo quedó en silencio en el momento de la imposición de las manos. Todo lo que humanamente se podía hacer para prepararnos bien a la misión a la que Dios nos había llamado, se había hecho, ahora le tocaba a Dios, al Espíritu, hacer de nosotros lo que hoy somos, no para nuestra propia perfección, sino para servir al pueblo santo de Dios.

“¡El Espíritu del Señor Yavé está sobre mí! sepan que Yavé me ha ungido. Me ha enviado con un buen mensaje para los humildes, para sanar los corazones heridos, para anunciar a los desterrados su liberación, y a los presos su vuelta a la luz (…) Me envió para consolar a los que lloran y darles (a todos los afligidos de Sión) una corona en vez de ceniza, el aceite de los días alegres, en lugar de ropa de luto, cantos de felicidad, en vez de pesimismo.” (cf. Is 61,1-7).

Hoy, Jueves Santo, queremos detenernos en nuestra llamada a dedicar nuestra vida a Dios y a nuestros hermanos y hermanas en el ministerio del sacerdocio.

Padre Stefano Camerlengo e Padre Sergio Tesio

El Papa Francisco se dirigió así a los sacerdotes el Jueves Santo de 2014: “Creo que no exageramos si decimos que el sacerdote es una persona muy pequeña: la inconmensurable grandeza del don que se nos concede para el ministerio nos relega entre los hombres más pequeños. El sacerdote es el más pobre de los hombres si Jesús no le enriquece con su pobreza; es el siervo más inútil si Jesús no le llama amigo; el más necio de los hombres si Jesús no le instruye pacientemente como a Pedro; el más desvalido de los cristianos si el Buen Pastor no le fortalece en medio del rebaño. Nadie es más pequeño que un sacerdote abandonado a sus propias fuerzas; por eso, nuestra oración de defensa contra toda trampa del Maligno es la oración de nuestra Madre: Soy sacerdote porque Él ha mirado con bondad mi pequeñez (Lc 1,48). Y desde esa pequeñez acogemos nuestra alegría. Alegría en nuestra pequeñez!” (Francisco, Homilía Jueves Santo 2014).

Queridos misioneros, consagrados para la misión: somos un grupo pequeño, somos poca cosa comparados con las necesidades de nuestras comunidades, de nuestra gente, de los pueblos que acompañamos; parece que no vemos futuro ante ellos.

Muchos sentimos el peso de los años pero seguimos en primera línea; otros llevan heridas en el corazón que a veces sangran. Algunos quisieran servir a comunidades bellas y vibrantes y sienten la fatiga de cuidar una tierra reseca; otros están un poco desconcertados ante los cambios sociales que se están produciendo; otros buscan en otra parte un alimento espiritual más nutritivo y una fraternidad más significativa.

Hoy, el Pastor Mayor, Cristo Señor, nos repite a nosotros, a ti, querido hermano, precisamente a ti: “El Espíritu del Señor Dios está sobre ti, porque el Señor te ha ungido; te ha enviado a dar buenas nuevas a los desdichados, a vendar las heridas de los quebrantados de corazón, a proclamar la libertad a los esclavos, la liberación de los prisioneros” (Is 61,1-3).

Miremos con asombro y con un sano temor de Dios lo que somos, el tesoro que se nos ha dado, pequeños y frágiles vasos de barro. Las alegrías y fatigas de nuestro ministerio son las que también vivió Jesús, pero sin perderse nunca; al contrario, siempre avanzó fuerte en su relación con el Padre y obediente a la misión que le había sido confiada. Como si dijéramos que las alegrías y los trabajos no son un accidente del camino, sino que ya estaban todos en la cuenta cuando nos hicimos misioneros.

El Papa Francisco habla del sacerdote como de una pequeña moneda con dos caras: en una está la efigie del discípulo enamorado, en la otra la del misionero ferviente, diríamos celoso según la inspiración de Allamano.

1) El discípulo enamorado. En el origen de nuestra llamada hay una realidad permanente: hemos sido llamados a permanecer con Jesús, unidos a él: “Los llamó para que estuvieran con él y para enviarlos” (Mc 3,14). Esta permanencia en Él marca todo lo que somos y hacemos. Es la “vida en Cristo” la que garantiza nuestra eficacia apostólica y la fecundidad de nuestro ministerio.

Hermano Vincenzo Clerici, IMC, misionero en Etiopia

Escribe el Papa: “No es la creatividad, por muy pastoral que sea, no son las reuniones, la planificación, lo que asegura el fruto, aunque ayudan y mucho, sino que lo que asegura el fruto es ser fieles a Jesús, que nos dice con insistencia: “Permaneced en mí y yo en vosotros” (Jn 15,4)” (Francisco, Catedral de Río, 27 de julio de 2013).

Nuestra relación con el Señor, sin embargo, nunca se da por descontada. Pablo recomienda a su discípulo Timoteo que no descuide, es más, que reavive siempre el don que le ha sido concedido mediante la imposición de las manos (1 Tm 4, 14).

Cuando no alimentamos nuestro ministerio con la oración, con la escucha y la meditación de la Palabra de Dios, con la celebración diaria de la Eucaristía y también con la frecuentación del sacramento de la Penitencia, inevitablemente acabamos perdiendo de vista el sentido auténtico de nuestro servicio y la alegría que brota de la comunión profunda con Jesús, y caemos en una mediocridad que no es buena ni para nosotros, ni para la Iglesia, ni para el mundo.

El sacerdote es por excelencia el discípulo configurado con su maestro: las bienaventuranzas son nuestro carné de identidad, el estilo es el de Jesús, obediente al Padre y compasivo con todos. Nuestra vida está cerca de los pobres y de los pequeños, la misión llega al don total de nosotros mismos.

En este punto el Papa es muy duro: “Sin Cristo de ungido se vuelve untuoso” (Francisco, Homilía en Santa Marta, 11.1.2014). Los verdaderos sacerdotes son aquellos que tienen una estrecha relación con Jesús, que es su piedra angular. Una relación viva, personal, de discípulo a maestro, de hermano a hermano, de pobre a Dios.

En el otro lado están los sacerdotes que, teniendo una relación “artificial” con Dios, que no sale del corazón, se vuelven vanidosos y gruñones, están siempre descontentos, insatisfechos, enfadados; se atan más a las formas que al fondo; buscan un ministerio alternativo bien lanzándose a parecer modernos, bien buscando en el pasado esa identidad y seguridad que deberían encontrar ante todo en su relación con el Señor. Se vuelven así “untuosos”, como escribe el Papa.

No se trata de ser más o menos pecadores porque todos lo somos. “Si vamos a Cristo, si buscamos al Señor en la oración, la oración de intercesión, de adoración, somos buenos sacerdotes, aunque seamos pecadores. Si nos alejamos de Jesús nos volvemos mundanos, tristes, siempre insatisfechos de donde trabajamos”.

Queridos misioneros, nos hemos hecho religiosos y sacerdotes por Él, por amor al Señor. Cristo es el centro de nuestra vida, si perdemos este centro lo perdemos todo; ¿y qué daremos a la gente?

2) La otra cara de la moneda lleva el icono del misionero celoso. En el centro está el carisma del sacerdote: la caridad pastoral en la que podemos invertir también nuestra humanidad y afectividad. El sacerdote es hermano de otros hermanos, es padre y madre, apacienta y cuida a las ovejas. Cuidar del rebaño es una experiencia de amor que exige energía y ternura. Las ovejas no son mi trabajo, son la razón de mi vida por amor al Señor.

¿En qué consiste la misión del sacerdote? En todo lo que Jesús proclamó en la sinagoga de Nazaret: anunciar el Evangelio y cuidar de todos; compartir la experiencia de nuestro encuentro con Cristo, la alegría de ser discípulos en el amor. Somos enviados a testimoniarlo y proclamarlo de persona a persona, de comunidad a comunidad, cuando celebramos y cuando enseñamos, cuando estamos con la gente y cuando nos ocupamos de cosas prácticas.

Gracias por su acogida, gracias por la confianza que he sentido cuando nos hemos encontrado a lo largo de los años y me han abierto sus corazones compartiendo las alegrías y las fatigas de su ministerio. Sin pretenderlo, hago mías las palabras de Pablo: “Tanto los quiero, que hubiera deseado darles no sólo el Evangelio, sino la vida misma, porque han llegado a serme muy queridos”.

Si hay algo que me parece esencial, prioritario, ineludible para mí y para ustedes hoy, es centrarnos en lo esencial, y lo esencial es el tesoro que se nos ha dado para que lo guardemos celosamente: “Los llamó para que estuvieran con él y para enviarlos”.

Que no sean sólo palabras bonitas; son la razón de nuestra vida. Si nos centramos en esto, si nos centramos en lo esencial, las cuentas siempre cuadrarán: tanto si estamos en una comunidad y en una parroquia hermosas y ricas, como si estamos en las periferias pobres donde, basándonos sólo en razonamientos humanos, nadie querría ir. Si nos sentimos comprendidos, o si nos sentimos infravalorados. Después podemos reflexionar también sobre la calidad de nuestras relaciones, pero a la luz del Evangelio y de su lógica.

Le pido al Señor que seamos hombres de Dios, discípulos en el amor, servidores dispuestos a ir donde haya necesidad, especialmente donde sabemos que están los pobres y los últimos. Y si ya no podemos ir, que tengamos el valor de quedarnos y seguir ofreciéndonos allí donde Dios nos ponga.

Misa en la capilla de la Casa General en Roma

Cierto, somos pocos, pero si apreciamos y vivimos lo esencial, no debemos temer; seremos contagiosos, capaces de hacer surgir una Iglesia que sea pueblo de Dios, donde todos los bautizados se sientan piedras vivas en torno a la piedra angular que es Cristo. Auténticos misioneros, consagrados para la misión, discípulos misioneros, testigos incansables de la cercanía de Dios Padre a todos sus hijos e hijas con el compromiso de trabajar por nuestra humanidad y convertirnos en “obras de fraternidad”.

Hago mías las palabras del Salmo 88 Encontré a David mi servidor, y lo ungí con óleo santo, lo sostendrá mi mano y mi brazo lo fortalecerá. Mi fidelidad y mi amor lo acompañarán. El me podrá invocar: “¡Tú eres mi Padre, mi Dios y la roca donde me refugio!”.

Rezo cada día por cada uno de ustedes: recen por mí, para que sea fiel al servicio confiado a mi humilde persona. Los quiero. A todos y cada uno: ¡los mejores deseos para el don del sacerdocio, ánimo y «adelante in Domino!»

* Padre Stefano Camerlengo, IMC, Superior General.