Se trata de un “lugar”, no solo físico sino integral y contextual, en donde nos es posible desarrollar los talentos con que la vida nos ha dotado, en un marco de acción, que busca preservar la tradición, por una parte y, transformar estos modos de vida, por otra.

Por Fernando Duque *
Legar a las generaciones venideras las maneras de sentir, pensar, actuar y soñar de cada pueblo o grupo, ha sido una de las tareas esenciales para su supervivencia de todos. A través de la enseñanza y el aprendizaje, la instrucción, la formación, el modelamiento o como queramos denominarlo, podemos hacer parte real y verdadera de un grupo humano, logrando apropiarnos de una determinada cultura, en el contexto que nos rodea.
Educación en contexto
Las generaciones que nos han precedido buscan mantener en el tiempo un legado, unos valores y unas opciones vitales que deben pervivir: la honestidad, el trabajo, la solidaridad, el ahorro, la puntualidad, por mencionar solo algunos valores, nos acompañan hoy gracias al esfuerzo educativo de quienes nos han antecedido. Ellos han considerado que estos deben perdurar en el tiempo.
Sin embargo, nuevos valores como el consenso, el diálogo intergeneracional, el respeto a la diversidad, o el cuidado de la naturaleza en contra de su apropiación y explotación sin medida, van emergiendo en los jóvenes de hoy, como elementos novedosos que la cultura va incorporando.
Preservar y transformar, mantener y cambiar, esa es la doble tarea de la educación, esa es su fortaleza y su magia. La educación en este sentido se puede definir como el arte de conservar lo que merece ser conservado e intentar transformar, crear, imaginar y construir otros mundos posibles, acordes con los desafíos de la realidad actual y futura entre pares.
Ahora bien, esta educación realizada de manera formal o informal, consciente o no, no puede seguir una sola ruta; esta encomiable y necesaria tarea sociocultural tiene matices diversos: desde el autoritarismo radical, hasta el espontaneísmo indiferente; desde la imposición por la fuerza de líneas de acción, hasta el anarquismo en sus diversas expresiones.
Desde este contexto, quisiera proponer una mirada analítica enmarcado tres maneras esenciales en que esta tarea ha tomado forma en el mundo moderno, dejando huella en personas, pueblos y culturas, con el fin de vernos reflejados en ellas. No hay una sola manera de educar y todas ellas tienen luces y sombras en quienes habitamos el mundo.
Educar a la manera cartesiana: formar una gran cabeza
Los orígenes de una manera de educar ‘lógico-racional’ los podemos rastrear en la modernidad en el autor del famoso “Discurso del método”, Rene Descartes. Este pensador nos propone la idea directriz del cogito ergo sum, ‘pienso, luego existo’. El valor del ser humano y los procesos educativos que lo constituyen están dados por la capacidad racional, por sus procesos de pensamiento lógico-matemático.
Valores como la memoria, la repetición, la secuenciación, la estructuración lógica del pensamiento, entre otros, se han constituido en parte de la historia de la educación moderna como elemento preponderante. Esta idea ha rondado una manera de ser y hacer hacia la constitución de sujetos con una gran cabeza, pero con una escasa o nula emocionalidad. La ciencia, inspirada en esta mirada, se ha constituido en el bastión del conocimiento válido, desde entonces. Lo que no es científico, pareciera que no tiene valor. Lo que no pasa por el tamiz de la razón y la lógica instrumental carece de sentido.
Un maestro, un padre, un guía, en este esquema educativo, es el encargado de pasar el saber a las nuevas generaciones, con autoridad, rigor, firmeza, sin emocionalidad, ‘objetivamente’, para lograr seres pensantes. Somos herederos, aun hoy, de esta tradición.
La escuela, la iglesia y la familia entre otras instituciones base de una sociedad, han llevado como su bandera este modelo lógico-racional y autoritario por siglos y no falta hoy, quien desde un lugar de poder y autoridad, defienda y estimule este tipo de prácticas educativas, con la idea de que “todo tiempo pasado fue mejor” y que hoy “estamos como estamos” ya que se perdieron los valores de la tradición cartesiana.
En esta estructura aspectos como la intuición, el arte, la moral, la fe, y el misterio, entre otras, no tiene lugar y han pasado a un segundo plano de vida.

Educar desde la libertad y el espontaneísmo
Como respuesta a esta tradición y también como parte del mundo moderno, J.J. Rousseau un siglo después, nos muestra que es posible llevar esta tarea de otras maneras.
El ginebrino, señala que cada ser humano tiene dentro de sí todo el potencial para crecer dentro de la sociedad e incorporar lo que le es necesario para crecer y desarrollarse como tal. “El hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe”, afirmaba con tino, abriendo así la puerta a otra forma de concebir al ser humano y la sociedad.
Es una mirada inspirada en la libertad, propia del siglo de las luces, propone que la educación reside en el propio querer del niño, en sus propios intereses y necesidades y no en los del adulto. En algunos de sus textos encontramos ideas revolucionarias para su época: “La única costumbre que hay que enseñar a los niños es que no se sometan a ninguna”, o “renunciar a nuestra libertad es renunciar a nuestra calidad de hombres, y con esto a todos los deberes de la humanidad”.
Estas reflexiones inspiraron otras maneras de entender la enculturación y, a diferencia de la propuesta cartesiana, enuncia la posibilidad de nuevos caminos; evidencia que partir de las necesidades e intereses de cada ser humano es una oportunidad valiosa para llevar a cabo la inclusión de los más jóvenes al mundo de los adultos, de una manera menos dolorosa y traumática, quizás más humana.
Educar desde el corazón y no desde la razón, educar desde lo placentero y gustoso y no desde el miedo y la angustia. Así podríamos tener otro tipo de ciudadanos; así, ese ‘noble salvaje’ podría volver a emerger con fuerza para salvar la humanidad. El hombre estaba perdido en el mundo del miedo y el autoritarismo, en los meandros de la razón y el cálculo racional del pensamiento, en tantos siglos de magistral tradición, sacrificando otras dimensiones constitutivas de lo esencialmente humano.
Educar desde la razón y el corazón, a modo de síntesis
Aristóteles, hace ya más de veinticinco siglos, nos invita, en su ética Nicómaco, a buscar el ‘justo medio’ en todo. Proponía que “educar la mente sin educar el corazón no es educar en absoluto”, y esto permite identificar otra manera de educar.
La tradición, amparada en la razón cobra valor; la disciplina, el orden y la exigencia tienen sentido. Sin embargo, la emoción y el corazón pueden acompañar este proceso. Se puede educar con firmeza y racionalidad y a la vez con sensibilidad y afecto. Un camino intermedio entre estos dos extremos es posible, llevando adelante la labor formativo-educativa desde la cabeza y el corazón, desde la cognición y la emoción, en cualquier grupo humano.
La intuición aristotélica era válida, las neurociencias demuestran en el siglo XXI que: “Cualquier estrategia que implique juegos, cuentos y dinámicas divertidas es adecuada para fomentar los principios formativos. En este sentido, (a los niños) les ayudaremos a desarrollar su capacidad de pensar y planificar de tal manera que puedan evitar situaciones complicadas y desarrollarse felizmente”.[1]
Entonces, hay otra manera de enseñar y aprender, reconociendo la importancia del valor de la razón, la cognición, la disciplina y el rigor, sin dejar de lado la emocionalidad, la sensibilidad, el corazón, el interés del niño y sus propias búsquedas.

¿Es posible educar de otras nuevas-viejas maneras?
“No hay nada nuevo bajo el sol”, afirma el Eclesiastés.
Educar en la virtud, en la ciudadanía, en la sana emocionalidad es posible. Formar personas para la vida es un proyecto que debe integrar razón y emoción, en la medida en que se tome lo mejor de estas maneras de abordar la tarea educativa de enculturación.
No se trata de dejar la disciplina, el orden, la exigencia o el rigor, ya que ¿a qué buen puerto se puede llegar en la vida sin ellos?, pero solo desde esta orilla, tendríamos personas incompletas que sacrifican el interés propio, el placer por aprender y la emocionalidad en todo su valor.
Es posible y necesario, en un mundo global que busca la integralidad como una oportunidad, apostar a esta vía-síntesis, como un camino posible para construir otras formas de relacionalidad humana.
Todos los procesos de convivencia exigen hoy más que nunca, un esfuerzo para recoger lo mejor de las antiguas tradiciones aprendiendo del pasado, proyectando un futuro que haga posible un mundo senti-pensante, como lo dejó enunciado de manera brillante el gran sociólogo colombiano O. Fals Borda:
“El lenguaje que dice la verdad es el lenguaje sentipensante. El que es capaz de pensar sintiendo y sentir pensando”[2]
El maestro recoge este concepto sentipensante de las palabras de los pescadores en San Benito Abad (Sucre) cuando compartían con él sus experiencias de vida:
“Nosotros actuamos con el corazón, pero también empleamos la cabeza, y cuando combinamos las dos cosas así, somos sentipensantes”.[3]
Esta concepción antigua y moderna a la vez, ubicada en el justo medio, nos permite entrever un ejercicio educativo distinto, en donde diversas maneras de educar tienen lugar: tradición y transformación, fuerza y ternura, autoridad y diálogo, en un encuentro donde se tiene lo mejor de cada una de ellas.
Hay espacio para la razón y la lógica, pero también para el corazón, el disfrute y el goce de aprender. Como hemos mencionado antes, aquí no hay nada nuevo, aquí se cierra el círculo de la historia, aquí conversan Aristóteles y Fals Borda pudiendo retornar a los nuevos planteamientos de los viejos educadores: Si educamos en el rigor pero también en el afecto, en la razón y también en la emoción, podremos tener formas integrativas y dialógicas de educar seres humanos sentipensantes y quizás educar pueda volver a ser la tarea más apasionante en la evolución del género humano.
* Fernando Duque M. Educador, Universidad Pedagógica Nacional – Bogotá
[1] Goleman D. (2003). Emociones destructivas: Como entenderlas y superarlas. Edit. Kairós. Barcelona.
[2] Bassi R. (2008). “La cumbia no es posible sin el río. Conversación con Orlando Fals Borda”, en diario El Heraldo, 8 de diciembre.
[3] Ibid.