Allamano: La Resurrección de Cristo es una fiesta de alegría

En un mundo de hoy lleno de guerras, confrontaciones, polarizaciones, odios y tristezas, la Resurrección de Cristo irradia paz y alegría. Más aún, la Resurrección de Cristo es el fundamento de la fe cristiana, el centro de la predicación y del testimonio de la Iglesia hasta el final de los tiempos.

Por Lawrence Ssimbwa *

La Pascua es la fiesta principal, la más importante de todo el año, “el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico” (Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, 106). Como dice San Pablo en su primera carta a los Corintios: “Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, y vana también la fe de ustedes” (1 Corintios 15,14). En la Pascua renovamos nuestra fe en el amor de Dios y celebramos el triunfo de la vida sobre la muerte. “Cristo después de resucitar no muere más porque la muerte ya no tiene poder sobre Él” (Rom 6,9).

Al respecto, San José Allamano reitera que, “debemos resucitar en el fervor; no solo del pecado, sino de todas nuestras debilidades. Conservemos siempre el fervor que sentimos en esta fiesta. (…) ¡No tengan miedo de ser demasiado fervorosos”!  (Los quiero así, n. 71).

La resurrección de Cristo infunde siempre el ánimo y entusiasmo en el seguimiento de Cristo y en el apostolado misionero; es una oportunidad para experimentar el espíritu de alegría.

Desde la celebración de la Vigilia pascual, se canta con fuerza el aleluya que expresa la alegría de la resurrección: lo hacemos con el salmo 117 en el que decimos “este es el día que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo”; lo recordamos en el himno mariano típico de la Pascua: “Reina del cielo, alégrate, aleluya”.

Acerca del espíritu de alegría, san José Allamano aclara lo siguiente: “estemos siempre alegres, todos los días, todo el año. El Señor quiere que estemos siempre alegres, incluso mientras dormimos, como los niños que cuando duermen, tienen una expresión tan bella y sonriente. Con alegría se vive mejor y más perfectamente” (Los quiero así, n. 73). La alegría de la Pascua debe acompañar siempre a los misioneros. San José Allamano quiere que los misioneros y misioneras de la Consolata estén llenos de la alegría evangélica que caracteriza a los consagrados del Señor. Dice al respecto: “Propongámonos a vivir una vida santamente alegre y fervorosa. Una comunidad donde todos tuvieran este propósito sería un anticipo del paraíso. Debilidades siempre habrá, pero estamos aquí para aceptarnos, sostenernos y santificarnos…no quiero que ésta sea la casa de la melancolía, sino de alegría. Los quiero alegres” (Los quiero así, n. 74).

La Pascua significa también experimentar la paz del Resucitado. Pues la paz y la alegría son absolutamente inseparables. Cuando Jesús apareció a los apóstoles después de la resurrección, lo primero que les deseó fue la paz. La paz es el fundamento de una sociedad o comunidad alegre. Es imposible que los habitantes de una sociedad o un país sean alegres sin la paz. Por eso afirma san José Allamano que “es necesario estar en paz con Dios, cumpliendo su voluntad, en paz con nosotros mismos, evitando las distracciones, controlando las pasiones y liberándonos de los deseos inútiles; y en paz con el prójimo, sobre todo aceptando sus límites y tratando bien a todos. También podemos conservar la paz en medio de los sacrificios y las dificultades, pero no cuando pecamos” (Los quiero así, n. 72).

San José Allamano advierte a los Misioneros de la Consolata acerca de los elementos que obstaculizan la alegría en una comunidad. Para él la alegría “no consiste en la disipación, en gritar fuerte, en poner la casa patas para arriba. Hablar, sonreír, pero sobre todo con moderación, porque la alegría es una virtud; estén atentos a no salirse de los carriles” (Los quiero así, n. 73). Asimismo, “la alegría se opone a la tristeza. Es necesario animarse para que la tristeza no se transforme en desesperación. Cuando se vive en melancolía ya no se puede hacer el bien. (…) Venzamos la tristeza con la oración, con el deseo de santificarnos, contentos de nuestro estado actual, aceptando el bien y el mal de las manos de Dios; y con paciencia, para soportar las adversidades. Propongámonos vivir una vida santamente alegre y fervorosa” (Los quiero así, n. 74).

En conclusión

Para San José Allamano, en sus enseñanzas a los Misioneros de la Consolata la Pascua significa contagiarse de la alegría evangélica: “Los quiero alegres. Hay que estar bien de alma y cuerpo. Yo deseo que se conserve y crezca cada vez más el espíritu de tranquilidad, de libertad, de serenidad. Este es el espíritu que yo quiero: ¡siempre alegría, siempre caras alegres! “(Los quiero así, n. 74). Que la Pascua de nuestro Señor Jesucristo irradie de alegría y paz a las personas en varios lugares del mundo donde se vive la tristeza de guerras y conflictos.

*Padre Lawrence Ssimbwa, IMC, misionero en Buenaventura, Colombia.

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