Argentina: misión con el pueblo Guaraní

Muestra de tejidos rústicos realizados por los niños, trabajando la interculturalidad. Fotos: IMC Yuto, Argentina.

Thomas Ishengoma, religioso misionero de la Consolata, africano de nacionalidad tanzana, comparte acerca de su trabajo en Yuto, provincia de Jujuy, Argentina.

Por Thomas Ishengoma *

Llegué a la parroquia hace tres años. Anteriormente estuve en Mendoza donde trabajé cuatro años en la Parroquia Nuestra Señora de la Misericordia, en Las Heras. Salí de Mendoza el día sábado 10 de marzo de 2018 y llegué a Yuto el día siguiente. Me recibió el querido Padre Antonio Gabrieli. Entrando en mi pieza para descansar leí las palabras de Jessica Gafoglio, una amiga mendocina, que me escribió al despedirme: “Padre Thomas este pequeño presente es para que sigas escribiendo la increíble historia que un día comenzó cuando dispuso su alma y corazón hacía el sacerdocio. Lo voy a extrañar, pero sé que usted va a estar bien y esto me reconforta”. No hemos hablado mucho los dos, pero hemos tenido mucha vida, mucha convivencia de fe y misión en profundidad. Nací con mi autoestima destruida, la fui construyendo poco a poco. Una afirmación así de Jessica y de muchos mendocinos, me da una fortaleza que no puedo escribir en palabras humanas”. Lo que quiero decir, es que Mendoza me dio todo, todo lo que necesita un misionero para partir. De hecho, cuando vi que el micro se iba, alejándome de ellos, me brotaron lágrimas.

Al llegar a Yuto me encontraba como en un desierto. No conocía a nadie, excepto a mis hermanos religiosos. Sentía soledad, un miedo que me paralizaba el cuerpo, y una impotencia de no saber qué me iba a tocar. Todo era nuevo: la forma como los yuteños hablan el castellano, las apariencias faciales totalmente diferentes de los mendocinos, hasta las comidas. Para mí, era necesario vivir un desierto, sentir la impotencia humana para que la potencia de Dios salga en primera línea.

Es en la comunidad penti rani nandiat (en guaraní: Unidos en Una Familia el idioma en Ava guaraní) del Bananal, donde poco a poco empecé a sentir la potencia de Dios, un año después de mi llegada a Yuto. Experimenté esa potencia en varios escenarios: en la lengua guaraní, en el pueblo, en la historia de los logros y sufrimiento de los guaraníes, en los niños y jóvenes que me brindaron todo su cariño y amistades sanas, y en la Madre Tierra de estos pueblos que emana agua, aire fresco, árboles frutales, y bosques tropicales impresionantes. Sentí esa potencia sobre todo en una laica consagrada, hermana Silvia Torres, que ha trabajado más de treinta años en el territorio. Su vida refleja mucho de lo que ha sido el camino de este pueblo rico y sufrido al mismo tiempo. Poco a poco fue desapareciendo el miedo que tanto me asustaba. Entendí a los padres San Antonio Abad y San Carlos de Foucauld cuando hablaban del desierto. Ya no me asustaba el desierto del Bananal, Yuto, Caimancito, Vinalito y Talar. De hecho, ya no había ningún desierto. Era yo que estaba instalado en mi mundo interior, meramente humano. La invitación de Jessica a abrazar fuertemente mi sacerdocio cobró sentido en esos momentos. Ahora puedo, tranquilamente, describir mi querida comunidad del Bananal sin crear ningún prejuicio y mal entendimiento a un lector atento.

Taller donde participaron los jóvenes sobre “Proyecto de Vida” como guía hacia donde quieren llegar y qué quieren ser.
UN PEQUEÑO POBLADO

El Bananal es un paraje ubicado en el sureste de la provincia de Jujuy, limítrofe con la provincia de Salta mediante el rio Piedras. Tiene una población de 1.200 habitantes. En los últimos cinco años se habilitó un nuevo loteo en donde los titulares del terreno van haciendo ocupación efectiva en forma paulatina. Las viviendas son muy precarias, con paredes de palos, madera, piso de tierra y techos improvisados.

Me van a preguntar: ¿Por qué tanta importancia a un pueblito tan chiquito? Es una comunidad en donde el pueblo guaraní plasmó su pequeña lucha para sobrevivir. En Bananal los mayores hablan la lengua originaria y hay una escuela bilingüe guaraní. Ellos siguen resistiendo para que su cultura no desaparezca. Estando aquí, uno entiende el porqué del centro educativo que surgió de la necesidad de educar a los hijos e hijas de los peones, la mayoría de ellos de origen guaraní.

Los varones adultos y jóvenes, por lo general, son parte de la población golondrina que recorren el país levantando las cosechas; emigrando de sus hogares por lo menos 6 meses del año. Este año por la cuarentena, se encuentran sin poder volver por el cierre de las fronteras provinciales, gastando el poco dinero que juntaron para traer a sus hogares[1]. La mayoría de las mujeres perciben ayuda social del Estado en forma de salario universal por hijo, pensiones, planes PEC, que no cubre la canasta básica familiar. La única fuente de trabajo, para las mujeres, es la cosecha de hortalizas y frutas tropicales en fincas de la zona.  La familia queda a cargo de las mujeres, quienes afrontan la economía diaria, la educación de los hijos y las enfermedades, con la ayuda, a veces, de familiares cercanos.

Cuando uno vive en el Bananal nota que en el fondo hay un espíritu de resistencia, hacia el religioso que ha venido a acompañarlos.

Niños de la escuela bailando El Carnavalito, una danza con un tipo de ritmo y música tradicional en el Norte de Argentina.
EL CARNAVAL DE LOS GUARANIES

Este año participé por primera vez en un pim pim. Es el carnaval de los guaraníes, una fiesta grande y difícil de resistir. Empezamos a bailar a las tres de la tarde y terminamos a las diez de la noche. Era al inicio de marzo, pocos días antes de proclamar la pandemia mundial del Covid -19. Estábamos dentro de la selva de yungas, éramos como 200 personas, entre hombres, mujeres, niños y jóvenes. ¡Una fiesta impresionante! Me dijo Estela “Nosotros festejamos el carnaval corporizado en los espíritus que salen de un árbol y junto a los vivos bailamos el pim pim,” una danza apoyada en el sonido repetitivo de pingullos y tambores.

A simple vista, el carnaval es una concreta liberación de los sentidos: beber, bailar y amar. Pero los esforzados avá-guaraní convierten a esos pocos días del año, en un manifiesto de resistencia cultural, ya que recuerdan que están aquí para “buscar la tierra sin mal”.  Frente a su humilde casa la mburuvichá Mabel Sánchez (recién elegida como líder de su comunidad), me saluda y me dice: “el significado del “areté guazú” o fiesta grande. Arete es el ‘verdadero tiempo’ para nosotros.

En esta época sacamos el carnaval y a las personas que ya no están con nosotros; papá, mamá, abuelos vienen a bailar y compartir. Ellos nos ayudan a luchar por nuestra identidad y por las tierras. En Jujuy el pueblo guaraní no tiene tierras, por eso buscamos sin descanso la tierra sin mal”. Mientras me hablaba, había un grupo de jóvenes y mayores que tocaban a golpes bombos de varios tamaños y un flautero, categorías que implican una responsabilidad en la comunidad. La cancha estaba llena de hombres y mujeres que bailaban sin parar, a un ritmo insistente y acompañado con bombos. Se escuchaban gritos que salían de las vísceras.

Al participar, uno siente que no puede haber carnaval sin pim pim. Viviendo la religiosidad del pueblo guaraní, sentí algo realmente inexplicable. Hombres enmascarados y con túnicas de brillantes colores que salen a bailar, beber y compartir con los mortales. Luego, todos marchamos en fila rumbo al río Piedras. Allí echamos afuera a los malos espíritus que molestan a la comunidad y, cerca de las diez de la noche, concluimos con el homenaje a los difuntos. “Nosotros pedimos permiso al dueño de la naturaleza para que deje que los espíritus salgan a compartir con nosotros.” Me comentó doña Victoria.

Taller sobre la Lengua y Cultura Guaraní.
LOS MISIONEROS DE LA CONSOLATA Y LA COMUNIDAD GUARANÍ

Detrás del pueblo hay muchas organizaciones que buscan ayudar. Quizás la más consistente es ENDEPA: un equipo eclesial católico al servicio de los Pueblos Indígenas con espíritu y búsqueda constante de una práctica ecuménica y de diálogo interreligioso. Como misioneros de la Consolata, todavía estamos en la parte de “Ver” para llegar a entender la realidad. Este es mi tercer año en la zona, pero ahora con el nuevo equipo misionero estamos empezando un proceso mucho más sistemático que nos capacitará para servir mejor a nuestros queridos pueblos originarios. Dice el Fundador, el Beato José Allamano, “el bien hay que hacerlo bien y sin ruido”. Los pueblos originarios aportan una diversidad cultural hermosa a nuestra Nación Argentina vale la pena destacarla.

[1] Ref. DIARIO LIBERAL: Tres micros que trasladan trabajadores golondrina llegaron a Villa Atamisqui (24/04/2020)

* P. Thomas Ishengoma, imc, es misionero en Yuto, provincia de Jujuy, Argentina.