
En este centenario de la Pascua de San José Allamano, siguen resonando con fuerza las intuiciones fundamentales que marcaron su vida y su obra: la necesidad de Dios, la llamada a la misión, la atención a la amistad y al espíritu de familia, la consolación evangélica y el alcance internacional de su servicio, hoy vivido en el contexto mexicano, en Suljaa-Xochistluahuaca.
Por Elmer Peláez Epitacio *
La necesidad de Dios se manifiesta en la persona de hoy cuando nos damos cuenta de que nuestra sociedad se ha transformado en una multitud de individuos aislados unos de otros. Allamano partía de una verdad simple y radical: el hombre ha sido creado para Dios y lleva en sí un deseo que ninguna realidad humana puede saciar completamente. En las sociedades más antiguas, la solidaridad entre las personas permitía realizar trabajos de gran envergadura y era casi indispensable para arar, segar y otras tareas relacionadas con el mantenimiento de las aldeas, como los acueductos, pirámides.
Hoy yo le ayudaba a él y mañana él me ayudaba a mí, en una relación de colaboración que creaba una solidaridad fraternal y a menudo también generaba parentescos. Todo esto creaba el sentido de comunidad. El abandono de la comunidad de antaño hacia un sistema de vida individualista y hedonista ha dejado a las personas en una condición de soledad, de dificultad en las relaciones, de humanidad tecnológica, pero aislada, autosuficiente pero sola… Pero el hombre no ha sido creado para estar solo y esta falta de sociabilidad solo puede compensarse de dos maneras. O bien con el consumismo desenfrenado, un desorden sentimental con una vida sin valores ciertos y absolutos que lleva a perderse cada vez más, en un caos hecho de inconsistencia y vacuidad.

Esto no es una vida, sino un modelo que se le parece, como si fuera un sustituto, una ilusión. La otra vía es comenzar a buscar el camino que conduce a Dios, a sus valores, a su concepción de la vida y a su verdadera esencia. El hombre no puede ocultar la necesidad de Dios, no puede vivir sin Dios, y quien dice que puede prescindir de Él se miente ante todo a sí mismo. Esto debe entenderse como base esencial para iniciar un camino que conduzca a una conciencia profunda y religiosa. Celebrar el centenario significa renovar la conciencia de que la vida encuentra sentido en la relación con el Señor.
La misión, donde San José Allamano fue un auténtico protagonista de la actividad misionera con iniciativas que se resumen en todos los libros sobre la Consolata y todas las organizaciones que se derivaron de ella. Lo que conviene destacar es, sin duda, recordar todas las iniciativas que tuvieron en nuestro Santo Allamano y fundador, pero también una reflexión más amplia sobre el fenómeno de las misiones, de la actividad misionera que la Iglesia Católica considera tan importante.
La pregunta es inevitable y nos plantea el interrogante del verdadero sentido de nuestra actividad, de su importancia vital en el camino de la comunidad y de su vocación. La divulgación de la Palabra del Señor es importante y fundamental, pero la Misión es algo más. Se trata de hacer sentir la cercanía humana, la ayuda activa, la solidaridad que, sobre todo hacia los necesitados, se convierte en una aplicación pura y fuerte del Evangelio, de su mensaje que se convierte en obras reales. Sin este testimonio, el Evangelio se convierte en algo meramente teórico, no corroborado por los hechos, por las obras.

La amistad y el espíritu de familia se convierten en el cemento de esta configuración de vida misionera a 360 grados, que está hecha de amor a Dios, pero también de amor a los hermanos, comenzando por la comunidad más cercana a nosotros, es decir, la familia, sin olvidar a los amigos. Jesús, en el Evangelio, dice claramente que debemos amarnos los unos a los otros, con un espíritu sincero que huye de las conveniencias, el oportunismo y la falsedad. Un cristiano que solo ama a Dios es un cristiano incompleto, y el mensaje evangélico no deja lugar a dudas.
Desde esta perspectiva, la actividad misionera se convierte en un instrumento para poner en práctica este mensaje, esta verdadera base a seguir si nos profesamos cristianos auténticos. Vivimos tiempos en los que la familia, entendida como institución, se pone incluso en tela de juicio, rechazándola como célula fundamental de nuestra sociedad, hecha de individualismos y egoísmos. En cambio, el mensaje que nos llega del Evangelio y de nuestro querido San José Allamano es el que considera a la familia como un universo de amor y ayuda mutua, cotidiana y nunca distraída, precisamente cuando la vida frenética requiere nuestra atención. Por esta razón, el sacerdote se convierte en un eje fundamental para apoyar a la familia precisamente en los momentos de dificultad, de cansancio, en los que su contribución se vuelve esencial. Una característica distintiva del carisma allamaniano es el estilo de comunidad: la misión como familia.
La consolación que llena la vida de quien logra no solo amar a Dios, sino también hacer del amor su camino de vida, su estrella polar. La vida a menudo nos lleva a estar cansados, las decepciones nos amargan, la sensación siempre presente de ser demasiado pequeños para marcar realmente la diferencia. Pero esta sensación no debe dominar nuestro camino, aunque negar su existencia es una tontería. Si a veces nos sentimos cansados, es necesario que la comunidad nos apoye, nos ayude y que la energía que nos transmite se convierta en nuevo combustible para volver a empezar con nuevas fuerzas.

En esto reside la maravilla de la amistad, de la comunidad, de la familia, de la relación humana sincera que se convierte en fuerza. San Allamano nos señala la importancia de la comunidad, como lugar donde nuestro cansancio encuentra descanso, solidaridad y fuerza. También la Virgen de la Consolata está cerca de nosotros, con nuestra fe en su presencia, precisamente en los momentos de cansancio, que nos entristecen. Su energía y su mensaje de Madre nos hacen comprender que es humano sentirse decepcionado y cansado, pero que, precisamente porque tenemos la fe que nos sostiene, podemos levantarnos más fuertes que antes, más convencidos.
Conclusiones
La experiencia en Suljaa-Xochistluahuaca, como otras experiencias internacionales, ilumina cuánto el carisma de Allamano sabe encarnarse en culturas diferentes: adaptarse a los ritmos, a los lenguajes y a las necesidades locales sin perder la riqueza del Evangelio. Del contacto con el pueblo mexicano nace un enriquecimiento recíproco: los misioneros llevan la consolación y reciben, a su vez, testimonios de fe profundos que fortalecen la comunidad universal de la Iglesia. Seguir el mensaje de San Allamano, la lectura diaria del Evangelio y la convicción de que las cosas que hacemos en favor de los demás son fundamentales, son los pilares estructurales de una casa que nunca deja de construirse. Gracias, San José Allamano, por lo que nos has enseñado, y esperamos todos ser dignos de tu enseñanza, siempre en camino, siempre decididos. ¡Gracias por tu ejemplo inmortal!
* Padre Elmer Peláez Epitacio, IMC, misionero en Italia.


