
El 16 de febrero de 2026 se celebró el primer centenario de la muerte de San José Allamano (1951-1926) fundador de dos institutos de los misioneros (1901) y las misioneras de la Consolata (1910). El centenario que se ha arribado sirve para la re-imaginación de la misión IMC y MC en el siglo XXI. En otras palabras, es hora de comenzar y continuar el necesario ajuste del quehacer misionero particularmente en Colombia.
Por Mauricio Awiti, IMC *
Ante la decisión del Gobierno General del Instituto de estudiar el “ad-gentes” y “ratio formacionis” se viene planteando la necesidad de una innovación misionera sincera y crítica. En este marco, se puede preguntar ¿Qué misión? ¿Para quién? ¿Con quién y cómo? Además, se convoca a reflexionar sobre la propia vocación religiosa y sobre qué sacerdote misionero necesita hoy el mundo, particularmente Colombia.
La obra misionera se ha consolidado como una huella profunda y ampliamente reconocida tanto en el ámbito eclesial como en el estatal-social. Este legado no sólo se limita al ámbito espiritual, sino que refleja un compromiso activo y constante con la evangelización de los pueblos. Dicha labor evangelizadora ha ido siempre de la mano con los desafíos que presentan las realidades sociales, culturales, económicas y políticas de las comunidades donde se desarrolla la misión.
A lo largo del tiempo, la misión ha respondido a las necesidades concretas de los territorios, acompañando a los pueblos en sus procesos de transformación y afrontando juntos los retos que plantea la diversidad y la multiculturalidad. Esta capacidad de adaptación y lectura del contexto ha permitido que la presencia misionera no se limite a una dimensión devocional, sino que asuma el reto de contribuir de manera significativa al desarrollo integral de las personas y las comunidades. Así, la acción misionera se convierte en un verdadero motor de cambio, capaz de articular la fe y la vida, el anuncio del Evangelio y promoción de la dignidad humana.
Por lo tanto, el empeño de los misioneros desde 1947 hasta hoy, ha permitido el fortalecimiento del sentido eclesial y misionera colombiana. Además, el nombre Consolata se ha apropiado en muchos rincones de Colombia, y algunas partes del Ecuador y Perú. Esto es una muestra de la penetración en la cultura de los países y una valorización de los misioneros con su entrega y cercanía.
La misión actual se distingue por su enfoque de acompañamiento, desarrollo y promoción integral, evidenciado en el trabajo realizado a través de parroquias, visitas pastorales, instituciones educativas, dispensarios médicos y programas de formación dirigidos a catequistas y líderes sociales.
En este contexto de reflexión y proyección hacia el futuro, resulta imprescindible re-pensar la misión a la luz de los nuevos desafíos que plantea la sociedad colombiana contemporánea. El diálogo intercultural, la justicia social, la democracia y la promoción de la paz se presentan como elementos fundamentales para una acción misionera renovada y relevante. Solo desde una actitud de apertura, escucha activa y discernimiento constante será posible responder de manera eficaz y creativa a las expectativas de los humildes del pueblo de Dios.

El desafío que se plantea en la celebración del centenario consiste en responder a la pregunta: ¿cómo debe definirse hoy la misión de los misioneros y misioneras considerando las necesidades fundamentales de los pueblos, frente el nuevo despertar en búsqueda del sentido, la crisis ambiental y religiosa, y el escepticismo generalizado? Vivimos tambien de “fragmentación”, es decir, la vida se ha atomizado y secularizado. Por lo tanto, la humanidad que antes buscaba la verdad y el sentido total hoy es especialista de la parcela, ignorando todo sobre el sentido de la existencia. Al mismo tiempo, no podemos evitar los interrogantes eternos del ser humano: ¿de dónde venimos? ¿a dónde vamos? También, no es tarde una reflexión sobre los ritos otras prácticas religiosas en nuestras parroquias y comunidades. La tradición no es una tragedia que hay que prescindir tan ingenuamente pero tampoco seguir copiando modelos devocionales ampliamente conocidos con poco compromiso religioso, social y político.
Es imprescindible atender e interpretar nuestro carisma y el sueño allamaniano, elementos que nos caracterizan. Al mismo tiempo, volver a las fuentes para desempolvar el método misionero de pastoral que pone énfasis en ver, juzgar y actuar, con el fin de poder encontrar el hilo conductor, la identidad. En fin, aspectos que nos hacen únicos o diferentes como son artesano de consolación, gente de las fronteras y las periferias existenciales, portadores de una riqueza enorme de la diversidad cultural.
Toda tarea misionera en los inicios, fue acompañada de construcciones de templos, carreteras, escuelas, seminarios menores, etc. Sin embargo, la evolución misionera y la experiencia muestran un horizonte amplio y dinámico, que no convierte la misión en una “invocación pastoral de mantenimiento y mediocridad”. Es decir, hay que pasar de una misión territorial clásica a una misión intercultural, liberadora y educativa, donde el diálogo, solidaridad, escucha y aprendizaje son pilares constitutivos. Con una discernimiento común y permanente, se debe identificar las misiones representativas de la región y continental. Esté ejercicio, que debe ser lo más amplio y participativo posible, no es para inmediatismos y circos, sino, de provocación para alcanzar la identidad misionera según el corazón de San José Allamano.
La evangelización a través del trabajo pastoral y educativa en el Instituto, y particularmente en la región ha tenido sus momentos de crisis y florecimiento. Por lo tanto, en pie con humildad se dice gracias a Dios, a María Consolata y San José Allamano. Sin embargo, los momentos críticos que incluyen, la falta de vocaciones, deserción, la indiferencia religiosa, clericalismo, abuso de poder y la falta de adopción de algunos misioneros, convocan a reforzar la comunión- “espíritu de familia”, la escucha y un amplio diálogo.
La respuesta para celebrar el centenario como un acontecimiento que marcará un antes y después, es la apertura mental que apuesta a los procesos transformadores e innovadores, sin sacrificar la esencia de nuestra identidad misionera. Los misioneros y las misioneras son reconocidos por su empeño y celo misionero y eso es un reto que hay que demostrar.
Con 100 años encima, no basta con estrategias pastorales, sino una ética del evangelio encarnado, donde la consolación se traduce en dignificación histórica de todas las personas. Que así sea.
* Por Mauricio Awiti, IMC – Misionero en Colombia



