Cuando falta el aire

12 agosto, 2020

Al nacer lo primero que hacemos los mamíferos es tomar una gran bocanada de aire, y repetir el perfecto proceso respiratorio hasta el momento en el que la vida cesa.

Por Andrés Felipe Ocampo Arias *

La disnea, término semiológico utilizado por la ciencia médica para describir la dificultad para respirar, se define como el acto consciente de respirar; esto es porque el proceso respiratorio, al igual que muchas de las cosas más importantes de la vida, es silencioso y se da por sentado. En el momento que se instaura la disnea, tomamos consciencia del proceso respiratorio, que pasa de ser un evento poco notorio, pero fundamental, a un verdadero viacrucis.

Disnea en Colombia

Colombia atraviesa por la crisis más dramática hasta el momento, enfrentarse, con todas las debilidades que como nación y como sociedad tenemos, a un virus nuevo con una alta tasa de contagio. Las historias que se desarrollan en el servicio de urgencias, en el que me desempeño como médico, cubren un abanico de desenlaces que van de momentos alegres, por la recuperación de un paciente o el agradecimiento de sus familiares, a momentos desgarradores que, como profesional, pesarán sobre los hombros por el resto de la vida.

Lo inverosímil de la situación es que pareciera, por momentos, que solo el personal de salud es consciente de la gravedad de lo que sucede. Esto puede ser por los mensajes edulcorados y almidonados que las autoridades sanitarias envían a la población en general. Con esto no busco entregar un mensaje desesperanzador, ni mucho menos incitar el pánico entre las personas, pero la ausencia de autocontrol de algunos, al no respetar las medidas de distanciamiento, violar la cuarentena o el mal uso del cubre bocas, me hace pensar que muchos no toman en serio el asunto.

Un ejemplo representativo

José entendió, en 1970, que su llamado era a cuidar de otros. Decidió hacerse médico y dedicó 40 años de su vida adulta al ejercicio médico. Fue testigo de la modernización de la práctica médica; del nacimiento de la medicina basada en la evidencia, la que ahora determina el que hacer médico, fundamentado en grandes estudios que demuestran estadísticamente los beneficios de diferentes terapias; del avance en la terapia antibiótica; de los cambios en muchos paradigmas de pensamiento y tratamiento; lo mismo que de la pauperización (laboral y social) del antes tan estimado acto médico.

Casado durante 45 años, matrimonio que dio como fruto millones de historias y 4 hijos. Tres de ellos decidieron seguir sus pasos y hacerse médicos. Después de su retiro de la práctica médica, se dedicó a su familia y a sí mismo. Recorría, aproximadamente, 15 kilómetros diarios en su bicicleta y tenía un estilo de vida que, podríamos asegurar, era saludable.

Su familia lo apreciaba lo suficiente como para garantizar que no le faltase nada durante esta difícil cuarentena, por la que atravesamos. Por lo mismo, no salía de su hogar y había dejado, incluso, de salir en su bicicleta. Un día cualquiera uno de sus hijos, el que no era médico, decidió hacerle una visita, a pesar de las restricciones para la movilidad, vigentes. Una semana después, estaban los 4 hijos reunidos, observando cómo, tanto su padre como su madre, eran ingresados al servicio de urgencias, al sospecharse, por su sintomatología, que se habían contagiado con coronavirus. Sospecha que sería confirmada a los tres días de su ingreso.

Los hijos, que eran médicos, estaban al tanto de las implicaciones de esta enfermedad, y por eso mismo, desde su ingreso, solicitaron que se hicieran todos los procedimientos que se consideraran pertinentes. Y, allí estaba José, esposo, padre, hermano y profesor para muchos colegas, solo, en un área de aislamiento, sudando profusamente y sin poder pronunciar más de cuatro palabras, por la falta de aire, batallando, justo como en el momento que nació, para tomar cada bocanada de aire. Eventualmente, requirió ser sedado profundamente y conectado a un ventilador. Todo para, después de dos semanas de luchar contra la enfermedad, armado con nada más que su energía vital, los esfuerzos médicos y las oraciones de su familia, terminar perdiendo la batalla.

Semejante a otro caso que me compartió un amigo colega, el de un adulto mayor, médico de profesión que, al ser informado de la necesidad de conectarlo a un ventilador, miró el resultado de sus propios exámenes y se dirigió a mi amigo diciéndole: “tráeme a mi esposa para despedirme de ella”. Efectivamente, fue la última vez la vio.

Pensar el otro como en uno mismo

Historias como estas se repiten a diario, cada hora, en cientos de centros asistenciales, en todo el territorio nacional. Cuando se le pone un nombre y una cara a cada cifra, el peso de ese número en la estadística toma una dimensión inimaginable para su familia y para nosotros los profesionales de la salud.

Se conoce poco de esta enfermedad, comparativamente con otras, aunque día a día se publican nuevos avances; pero lo que sí conozco es la importancia de cumplir con las medidas recomendadas para prevenir el contagio. Afortunadamente la inmensa mayoría de pacientes se recuperarán exitosamente en casa, pero para que la historia de José no se repita entre nuestros adultos mayores, es fundamental que el cuidado, al cumplir con las medidas, se haga pensando en el otro, como una persona tan importante como uno mismo.

Las nuevas dinámicas sociales nos han hecho pasar mas tiempo en casa con nuestras familias y apreciar más muchas actividades que previamente dábamos por sentadas, desde ir a cine o a comer, hasta respirar sin dificultad en el caso de los infectados. Estos son momentos en los cuales debemos poner el autocuidado, pensado en los demás por encima de todo, porque, para combatir un virus que nos ha quitado hasta el derecho a respirar, se necesita una sociedad unida alrededor del cuidado y de la búsqueda del bienestar de los otros, para que en nuestros congéneres no falte la comida, el abrigo y, con el cuidado adecuado, tampoco falte el aire.  

* Andrés Felipe Ocampo Arias es joven médico de la Universidad de la Sabana – Bogotá

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