
Por Danilo Caraballo *
Iluminados por las palabras de Pablo a los Corintios 1, 3-4: “…Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo,…Dios de todo consuelo, que nos reconforta en todas nuestras tribulaciones, para que nosotros podamos dar a los que sufren el mismo consuelo que recibimos de Dios. Porque, así como participamos abundantemente de los sufrimientos…, también por medio de Cristo abunda nuestro consuelo…”, y las del profeta Isaías 40, 1 – 2: “… consuelen a mi pueblo… hablen al corazón”, son textos bíblicos que hace parte de la tradición del IMC por su invitación a re-animar la vida en la familia Consolata. Serán muchas las razones por las que un misionero toca las puertas del IMC, pero hay una fundamental: llamado a consolar, pues habían conocido parte del Consuelo de Dios en la Madre y su hijo Jesús.

El misionero de la Consolata está convencido e impulsado a escuchar a Dios y a los hombres en las realidades periféricas o complejas de la vida. También re-conoce que la gente tiene necesidad de palabras, pero sobre todo desea ver testimonios de misericordia, piedad y ternura que avivan el corazón, reavivan la esperanza y atraen el bien. Por ello en estos tiempos la Iglesia confía a todos sus miembros la dulce tarea de encontrar al Señor que consuela como una madre, y desde ese vínculo experiencial los misioneros están llamados a consolar al pueblo de Dios.
Más que nunca hoy está la obligación que no tendría que verse como la mera tarea o deber por cumplir, sino como la labor amada que hace parte vital del servicio al que un misionero se sintió llamado: llevar junto con María a los hombres y mujeres de estos tiempos la verdadera Consolación de Dios que en su esencia siempre ha sido la misma, pero que ha venido cambiado la forma de celebrarla, sentirla y vivirla. Estos tiempos acelerados donde lo trascendente ha perdido valor exigen con vehemencia dar un testimonio alegre de la misericordia de Dios; si en verdad deseas serlo dentro y fuera del IMC recuerda que: este nace del encuentro con Dios Padre y su Hijo el verdadero Consuelo que hincha el corazón de alegría e invita por la fuerza del Espíritu a la Misión.

El entorno de la misión tiene exigencias innegociables que van perfilando el ser y hacer de un misionero de la Consolata. Por ello se invita a:
- Re-descubrir sus habilidades socio-emocionales: trabajar la acogida en las comunidades del IMC (algunos miembros se sienten más escuchados y queridos fuera de las casas). Ser finos y delicados en la toma de decisiones, que estas sean bien pensadas. Y hacer carne el espíritu de familia desde la comunión y el encuentro que tanto recalcaba el padre fundador.
- Trabajar por la santidad: sin llegar a practicar cualquier forma de gnosticismo o pelagianismo que son dos grandes enemigos de la santidad como lo menciona el Papa Francisco en Gaudete et Exultate. Hablemos un lenguaje que todos los hombres y mujeres de cualquier generación, lugar y cultura puedan comprenderlo, porque es inmediato y luminoso: el lenguaje del amor. (ASJ 166)
- Volver sencillamente a la fuente del carisma: el Beato José Allamano pedía y sigue rogando desde el cielo que sus hijos sean: santos, fieles al fin del Instituto, extraordinarios en lo ordinario, constructores del bien, valientes, constantes, educados, formados y esmerados para alejar obstáculos como: falsas motivaciones, disipación, tibieza, desgano, crítica destructiva, desunión y murmuración.
Concluyo tomando algunas palabras del Consejero General para el continente de América en la apertura del bienio vocacional 2019-2020. Ojalá con deseos de reavivar el don de la sublime vocación que Dios nos ha concedido podamos “… revitalizar y actualizar los signos de nuestro llamado al servicio del Evangelio, para mostrar mundo “… la belleza de nuestra vocación misionera y animar a muchos jóvenes…” a transitar por los caminos de la Consolación desde el carisma del IMC.
* Danilo Caraballo es misionero de la Consolata en Argentina.


