La Fe que cruza Continentes: Un puente de Consolación entre Mozambique y Venezuela 

Foto: IMC Venezuela

Soy sacerdote misionero de la Consolata, con seis años de ministerio sacerdotal, el primer hijo de siete hermanos de la familia Madeira y el primer sacerdote de la Consolata en la diócesis. Oriundo del Alto Molocue, de la diócesis de Gurue-Zambezia (Mozambique) hoy tengo que agradecer por ser el primer misionero de Mozambique que llega a Venezuela, y lo hice a los 55 años del arribo de los primeros misioneros de la Consolata al país en el año 1970. 

Por Padre Clemente Pedro Madeira, IMC *

Éste ha sido un viaje lleno de bendiciones y desafíos: esta misión no es solo un viaje geográfico, sino también una gracia cultural y espiritual, que me ha enseñado el verdadero sentido de ser “ad gentes”; dejar mi tierra, mi gente y mi familia para llevar el evangelio a un lugar lejano, se ha convertido en un acto de fe que me ha transformado y me hizo capaz de enfrentar la misión que me encomendaron. 

Hablando de los desafíos que se han presentado cabe mencionar los siguientes: la adaptación al contexto cultural, la secularización y el pluralismo, la proliferación desbordada de sectas, las devociones populares, la santería y la brujería. Cada país tiene sus propias tradiciones y maneras de vivir la fe y Venezuela no es la excepción. He tenido que sumergirme en una nueva realidad: entender los ritmos del tambor, el sabor del cacao, la devoción a San Juan, los «diablos danzantes» y carnavales… todas las particularidades de la religiosidad popular de este país.

Además he tenido que medirme a la situación social y económica que vive el país. Como misionero estoy en contacto directo con la gente y por ello la pobreza, la escasez y las dificultades diarias son realidades que no puedo ignorar. Mi labor no se limita a la evangelización, sino que se extiende a la asistencia social, el acompañamiento y el apoyo a quienes más lo necesitan. 

Sin embargo, y a pesar de tantos desafíos, han sido muchas también las consolaciones: he aprendido que en el empeño de evangelizar el Espíritu Santo ha sido un referente constante y, si nos agarramos a Dios, vivimos la misión como fuente de gran alegría. Es una recompensa inestimable ver cómo la gente acoge el mensaje; cómo abren sus corazones y cómo la fe se fortalece en las comunidades. He tenido el privilegio de convertirme en un puente entre dos culturas, un testimonio vivo de como la fe puede unir a personas de diferentes rincones del mundo. La perspectiva africana, la riqueza de mi cultura y su forma particular de vivir la espiritualidad sin duda abre nuevos horizontes para todos. 

En síntesis la misión no es un acto de conquista, sino de humildad y diálogo; al vivirla en cualquier contexto cultural nos empeñamos en acompañar a los pueblos en su propio camino de fe; con la cercanía a la gente construimos puentes de consolación y no muros de incomprensión. 

Mi vida misionera en estas tierras lejanas es un claro ejemplo de que la fe se fortalece cuando se comparte, y que la diversidad cultural, lejos de ser un obstáculo, es un regalo que nos acerca más a los demás y a la misión que Dios nos encomendó.

* Padre Clemente Pedro Madeira, IMC, misionero mozambiqueño en Barlovento, Venezuela

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