
La Familia Misionera de la Consolata celebró en Colombia el centenario de la Pascua de San José Allamano, fundador del Instituto y canonizado en octubre de 2024 por el papa Francisco, luego del reconocimiento de un milagro ocurrido en la Amazonía. Esta conmemoración jubilar fue vivida como memoria agradecida, renovación espiritual y envío misionero, desde territorios que han sido históricamente acompañados por la Consolata en el país.
Por Luis Mario Luna *
Los Misioneros de la Consolata llegaron a Colombia por el puerto de Buenaventura en 1947, estableciendo su misión a lo largo de las riberas del río Magdalena y, posteriormente, en el sur del país. Desde sus inicios, su presencia ha sido decisiva en el desarrollo humano integral, social y eclesial, especialmente en contextos amazónicos y periféricos.
Aquellos primeros misioneros, partieron reconociendo a Colombia como tierra sagrada de misión. Poco tiempo después, se reveló también como tierra fértil capaz de formar y enviar misioneros al mundo, ampliando así los horizontes del carisma heredado de San José Allamano.
Presencia que desborda desde el corazón

En el marco del centenario de la Pascua de San José Allamano, la Familia Misionera de la Consolata desarrolló diversas actividades que hicieron memoria agradecida del camino recorrido desde su llegada al país hasta hoy. Estas celebraciones tuvieron como epicentro el sur de Colombia, territorio donde la presencia del Instituto Misionero de la Consolata (IMC) ha dejado una huella profunda.
Celebrar este acontecimiento en Florencia – Caquetá fue, al mismo tiempo, un ejercicio de revitalización misionera frente a un presente desafiante y un futuro incierto. Mirar atrás, evaluar el presente y proyectar el futuro se convirtió en un verdadero desafío para hacer de la misión un territorio siempre “a la mano”.
Del 02 al 06 de febrero, la Familia Misionera de la Consolata desarrolló sus ejercicios espirituales anuales en San Vicente del Caguán, acompañados por el P. Efrén Baldasso, IMC, venido de Italia.
A partir de la figura viva de San José Allamano, fundador y formador, el P. Efrén ayudó a redescubrir una pedagogía sencilla y profundamente humana, hecha de conferencias, charlas familiares, celebraciones y cartas. Durante toda la semana, la Familia Misionera se dejó confrontar por la actualidad de su discurso, conscientes de la tarea que queda por delante, para continuar la navegación misionera hacia el futuro con esperanza.
Concluidos los retiros, la Familia Misionera se trasladó a Florencia para vivir una vigilia de oración en la parroquia del Torasso. El encuentro inició con una fogata en el atrio del templo, signo del fuego interior que ha sostenido la misión a lo largo del tiempo.
La celebración eucarística fue presidida por Mons. Joaquín Humberto Pinzón, IMC, Obispo del Vicariato Apostólico de Puerto Leguízamo–Solano, acompañado por Mons. Omar de Jesús Mejía, arzobispo de Florencia, misioneros y misioneras de la Consolata.

La liturgia coincidió con la memoria de los santos mártires Pablo Miki y compañeros, permitiendo releer la historia misionera desde claves esenciales: martirio, profecía y heroísmo, rasgos que han marcado la vida de tantos misioneros y misioneras de la Consolata en la Amazonía.
En su homilía, Mons. Joaquín describió a los misioneros de la Consolata como: Visionarios y arriesgados, capaces de abrir nuevos horizontes y asumir la Amazonía como misión; Santos con fuego en el corazón, herederos del ideal de santidad propuesto por San José Allamano; Generosos y arraigados, capaces de amar el territorio, acompañar pueblos y dejarse transformar por ellos. “La santidad produce fuego en el corazón, y el fuego en el corazón produce una explosión de santidad en la vida y en la misión”.
Memoria y Camino
La Catedral Metropolitana de Florencia fue sede de la celebración central de los cien años de la Pascua de San José Allamano, un acontecimiento de especial relevancia espiritual, histórica y social para la Iglesia local y el país.
Esta celebración coincidió con aniversarios significativos de las jurisdicciones eclesiásticas acompañadas desde sus inicios por la Familia Misionera de la Consolata:
- 75 años de la Arquidiócesis de Florencia
- 40 años de la Diócesis de San Vicente del Caguán
- 13 años del Vicariato Apostólico de Puerto Leguízamo–Solano
La Eucaristía fue presidida por Mons. Omar de Jesús Mejía, acompañado por Mons. Francisco Javier Múnera, IMC, presidente de la Conferencia Episcopal Colombiana; Mons. William Prieto Daza, Obispo de San Vicente del Caguán; Mons. Joaquín Humberto Pinzón, IMC, y numerosos presbíteros, misioneros, misioneras, laicos y pueblo de Dios.
Durante su homilía, Mons. Omar destacó la importancia de esta conmemoración como acto de gratitud a Dios y a la Iglesia, haciendo memoria agradecida de los primeros misioneros llegados en 1951, liderados por Mons. Antonio María Torasso, IMC, y resaltando figuras clave como Mons. Ángel Cuniberti, IMC, por su visión estructural y social, y Mons. José Luis Serna, IMC, por su compromiso decidido con la paz.
Recordó, además, que las grandes obras misioneras solo son posibles por la gracia de Dios y la disponibilidad humana, reiterando la convicción heredada del fundador: “Primero santos y después misioneros”.



Durante la misma celebración centenaria, del 06 al 08 de febrero, se desarrolló en Florencia la Expo-Misionera, con la participación de las Iglesias locales, la Universidad de la Amazonía, la Normal Superior de Florencia y la Familia Misionera de la Consolata. Este espacio permitió articular la memoria con el presente, convirtiéndola en fiesta agradecida y horizonte de esperanza para la región.
En este marco, la Universidad de la Amazonía otorgó un reconocimiento a la Familia Misionera de la Consolata por su labor misionera en la Amazonía, destacando su acompañamiento respetuoso, la formación integral y el compromiso con el desarrollo humano integral.
Como los ríos
La corriente misionera nacida en el Santuario de la Consolata, en Turín, sigue fluyendo hoy como los grandes ríos amazónicos: distintos, diversos, pero avanzando juntos hacia el mismo mar. Así, la Familia Misionera de la Consolata reafirma que es posible la comunión en la diversidad, sin anular identidades, siendo uno no por uniformidad, sino por comunión.
Con visión y riesgo, santidad y fuego en el corazón, generosidad y arraigo, la misión continúa, “a la mano”, fiel al sueño de San José Allamano y al clamor de los pueblos.
* Por Luis Mario Luna Velasquez, Oficina de comunicaciones IMC – Colombia.



