«Los llevo en el Corazón»

Fotos: Archivo IMC

Como San Pablo a sus comunidades: San José Allamano y las cartas que siguen formando sus misioneros.

«Ánimo, pues, te lo repito: ánimo; y piensa que yo te amo, también porque con los votos perpetuos eres mi hijo para siempre. Escríbeme más a menudo; adelante, mantente tranquilo, de buen ánimo; Sursum corda, “adelante en el Señor con valentía”. (San José Allamano, Carta al hermano laico Benedetto Falda).

Obviamente nunca recibí una carta de parte de nuestro Padre fundador San José Allamano. Sin embargo, al leer algunas de las 576 cartas que envió a sus misioneros, experimento algo sorprendente: me siento tocado en el corazón, interpelado, acompañado. Sus cartas atraviesan el tiempo y llegan al aquí y al ahora de mi vida, como si hubieran sido escritas hoy para mí.

Por Diac. Cristhian Alarcòn Lozano IMC *

En ellas resuena con fuerza la expresión de san Pablo a los Filipenses: «Los llevo en el corazón»(Flp. 1,7). No es casual que esta experiencia remita inmediatamente a las palabras del apóstol Pablo: tanto en mi padre Fundador como en San Pablo, la carta se convierte en un espacio de comunión, en un lugar donde la fe se hace palabra, acompañamiento y misión. Estas palabras no pertenecen solo a un momento del pasado ni a un destinatario concreto.

Al leerlas hoy, más de un siglo después, resulta difícil no sentirse personalmente tocado. En ellas veo una paternidad espiritual viva, intensa, profundamente evangélica de quien vive para sus misioneros y misioneras y los lleva verdaderamente en el corazón.

La palabra escrita como presencia real

«Con todo mi amor los bendigo; y sé que no tengo necesidad de repetirles que oren por mí y se sacrifiquen también por mi» (A los Misioneros en Kenia)

San José Allamano por sus varios problemas de salud no pudo salir a la misión ad gentes. Sin embargo, difícilmente se puede comprender la historia y el espíritu de la Consolata sin sus cartas escritas a lo largo de los años a misioneros y misioneras dispersos en diferentes contextos con particularidades profundas como la distancia, la complejidad de la lengua, la comida y costumbres diferentes y, muchas veces, contextos humanamente exigentes.

Estas cartas no son simples documentos históricos. Constituyen una verdadera pastoral epistolar, comparable, por su intención y su profundidad, a la experiencia de las cartas paulinas en las primeras comunidades cristianas.

Como Pablo, San Guiseppe Allamano vive la distancia no como ausencia, sino como una forma distinta de presencia. Puede decir, con la misma verdad: «Aunque ausente en el cuerpo, estoy presente en espíritu» (Col. 2,5). La palabra escrita le permitió acompañar, discernir, corregir y consolar, sin sustituir nunca la responsabilidad personal del misionero.

Una paternidad que exhorta con seriedad

«Le mando un breve tratado de la S. Pobreza, hecho con minuciosa atención. Desde hace mucho tiempo pensaba en iluminar a los misioneros sobre esta importantísima materia, de la cual depende en gran parte el espíritu de la misión. Alguno al inicio la verá como algo duro de asimilar y no querrá ponerse en orden, pero es una obligación hacerlo y no se debe postergar su implementación. Manténgase firme con suavidad y firmeza.» (A Moseñor Perlo)

En sus cartas, el Fundador habla con claridad. No evade los problemas, no suaviza las exigencias de la vocación. Invita a la fidelidad, al trabajo bien hecho, a la coherencia entre fe y vida. Su tono recuerda la exhortación paulina a Timoteo: perseverar, insistir, no ceder ante la mediocridad (cf. 2 Tim 4,2).

Esta es la seriedad de la santidad del Allamano: una seriedad que nace del amor y de la responsabilidad, no del rigorismo. Al corregir, no hiere; al exigir, no desanima. Cree profundamente que la misión merece una vida entregada con verdad y compromiso radical.

Una voz que consuela y sostiene

«Querida Hermana María, me alegra saber que está tranquila y bien atendida. Espero que la Consolata por la que rezamos actúe como su médico y la sane sin cirugía […] No podré ir a verla tan pronto debido al inmenso trabajo que tengo que hacer estos días; le envío mi bendición a menudo.» (San José Allamano, Carta al hermano laico Benedetto Falda)

Junto a la exigencia, emerge con fuerza la ternura. El fragmento de esta carta evidencia la gran dedicación de amor y atención del Allamano que no se queda solo en temáticas administrativas de la misión, sino que está atento de los pormenores personales de sus misioneros a través de sus cartas. El Allamano conoce el cansancio, la soledad, la fragilidad de los misioneros y misioneras. Por eso su palabra sostiene, levanta, devuelve serenidad. Aquí se refleja una santidad serena, muy cercana a la experiencia bíblica de la paz que viene de Dios y custodia el corazón (Flp. 4,7). No una paz ingenua, sino nacida de la confianza en la fidelidad del Señor.

La concreción evangélica de lo cotidiano

«Tus familiares se lamentan porque escribes poco. Intenta de responderles para que estén felices, sobre todo a tu anciano padre. Su hermano me escribió que, al vender una casa de campo, al no tener tu poder notarial, se vió obligado a decidir por ti» (A Sor María di Castiglione)

Las cartas del Allamano están llenas de referencias a la vida real: la salud, el carácter, la convivencia, el trabajo, las dificultades prácticas de la misión. No separa nunca espiritualidad y vida. Para él, la santidad se construye en lo ordinario, en la fidelidad diaria a lo pequeño.

Esta visión está sólidamente enraizada en la Escritura: «No amemos de palabra ni de boca, sino con obras y de verdad» (1 Jn. 3,18). La misión no se sostiene solo con grandes ideales, sino con gestos concretos vividos con amor.

Un acompañamiento que genera comunión

«Queridos Novicios y queridas Novicias, como no puedo estar con ustedes físicamente, vengo a ustedes en espíritu. Celebraremos juntos esta hermosa novena. Alabaremos a nuestra querida madre y trataremos de imitar sus virtudes.» (A los Novicios de la casa de Pianezza) 

Como las cartas de san Pablo, las cartas de san José Allamano no solo acompañan individuos, sino que construyen familia. En ellas se forja un estilo misionero hecho de confianza, corresponsabilidad y comunión.

El Fundador acompaña sin controlar, orienta sin dominar, corrige sin apagar el Espíritu. Su modo de guiar anticipa lo que hoy reconocemos como acompañamiento espiritual, pero con raíces profundamente bíblicas y evangélicas.

A modo de conclusión, es interesante reconocer que, a los cien años de su muerte, san José Allamano sigue hablando. Sus cartas continúan siendo palabra viva para la misión de hoy. En ellas resuena una santidad seria, serena y concreta, capaz de unir exigencia y ternura, profundidad espiritual y realismo cotidiano.

Como san Pablo, el Allamano puede decir con verdad: «Los llevo en el corazón». Y quienes leemos hoy sus palabras podemos responder con gratitud: su paternidad sigue acompañando el camino misionero de la Consolata.

«Todos mis buenos deseos a mis queridos misioneros, por los cuales yo solo vivo en esta tierra. Mi bendición paterna, mañana y noche, sobre ustedes…» (San José Allamano, 1904)

* Por Diac. Cristhian Alarcón Lozano IMC – Misionero en formación en Italia.

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