
Todos nos reunimos para dar gloria al único Dios que ama a todos los hombres.
Por P. Giuliani Francesco*
“Tanto amó Dios a los hombres que les dio a su hijo” y así el Verbo se hizo hermano. “Hermano de Abel y también de Caín hermano de Isaac y de Ismael, hermano de José es también de los otros que lo vendieron, hermano de Pedro de Judas, del uno y del otro” (Christian De Cherge).
Para Christian De Cherge (mártir de Tiberin) el Verbo se hizo hermano del judío (hermano de Isaac) del musulmán (hermano de Ismael); con la venida a nuestro mundo de Jesucristo, dice Christian, comenzó una fraternidad nueva y universal.
Pascua y Ramadán
En nombre de esta fraternidad universal, la tarde de Pascua celebramos una gran fiesta en el salón parroquial de Oujda con nuestros hermanos musulmanes. Hoy (22 de abril) volvemos a recibirlos con ocasión del Eid, gran fiesta para nuestros hermanos musulmanes, el día que seña el final del mes del Ramadán.
Todos nos reunimos para dar gloria al único Dios que ama a todos los hombres. La fiesta del Eid se desarrolla así: por la mañana temprano nos levantamos para rezar y esto dura una hora (alabanzas, acción de gracias, cantos y prosternaciones), luego se prepara la sala del banquete y a la hora convenida, hacia el mediodía, comienza el almuerzo.
La comida se prepara con antelación para que todos podamos estar juntos el día de la fiesta. Es bonito ver a estos jóvenes que se improvisan como cocineros, cuidadores y luego limpiadores, todo se hace en familia.
Después de comer, la fiesta continúa por la noche. La música y los bailes africanos se suceden al ritmo de lo que llamaríamos discoteca.
El mes de Ramadán es largo y resulta agotador vivirlo fielmente: uno se levanta temprano por la mañana para comer un poco y luego ayuna todo el día hasta las 6 de la tarde, cuando el Muezim anuncia la ruptura del ayuno, para tomar otra comida frugal. Durante el día, escuela, trabajo y oración.
Fraternidad universal
Es difícil expresar con palabras la alegría que muestran estos jóvenes al redescubrir toda su humanidad y vivir la fiesta como si estuvieran en familia. Han pasado largos meses en el desierto y en encuentros con personas que les han quitado todo, incluso las ganas de vivir. Han vivido momentos en los que lo único que les quedaba era la esperanza en Dios que los ama y protege.
Hoy pueden dar gracias a este Dios con el corazón y la alegría de los que aún se sienten dispuestos a vivir sus sueños; con el mismo coraje con el que salieron de casa despidiéndose de sus padres, hermanos y hermanas. Mañana, después de la celebración, muchos se pondrán en camino para el largo viaje que aún les queda antes de llegar a la meta de sus sueños.
Para nosotros, los Misioneros de la Consolata de Oujda, el servicio misionero es precisamente esto: consolar, devolver la esperanza, rezar a Dios con y por los jóvenes emigrantes que desembarcan en nuestra fraternidad.
* Giuliani Francesco es Misionero de la Consolata y trabaja con migrantes en Oujda (Marruecos)