
Con el corazón dispuesto y los pies en camino, treinta jóvenes universitarios y profesionales vivieron una experiencia misionera transformadora durante la Semana Santa en Lebrija, Santander. Enviados como peregrinos de esperanza por los Misioneros de la Consolata, compartieron con comunidades rurales el anuncio de la Resurrección, renovando su fe y compromiso con la misión.
Redacción *
Treinta jóvenes universitarios y profesionales participaron, del 13 al 20 de abril de 2025, en una experiencia misionera en la parroquia El Señor de la Victoria, en Lebrija, un municipio de Santander, al nororiente de Colombia. La actividad fue organizada por el equipo de Animación Misionera de Juvenil (AMJV) de los Misioneros de la Consolata, conformado por sacerdotes y líderes laicos profesionales.

Acompañados por cuatro sacerdotes misioneros, los jóvenes fueron enviados como peregrinos de esperanza a las veredas El Cerro de la Aurora, El Conchal, Centenario-Tesoro, Corrales y Uribe-Uribe. Allí compartieron con las comunidades la celebración de la Semana Santa y el anuncio de la Resurrección.
La misión fue una experiencia transformadora, en la que el sufrimiento y la esperanza —presentes en la Pasión del Señor— resonaron en las historias de vida de las personas, en la realidad de las comunidades y en el clamor de la madre tierra. Para muchos, fue una oportunidad para renovar la fe, profundizar en su vocación y asumir un compromiso más decidido con la misión.
La misión del Siervo Sufriente
El Siervo aparece en diversos pasajes del profeta Isaías (42,1-7; 49,1-9; 50,4-11;52,13-53,12) como un elegido de Dios, llamado y enviado con una misión que, paradójicamente, es fuente de dolor y esperanza:
❖ Guiar a quienes han perdido el rumbo y buscan el camino recto.
❖ Consolar y animar a los fatigados, abatidos y sin esperanza
❖ Liberar a los cautivos y prisioneros, Iluminar el sendero de quienes caminan entre tinieblas y sombras de muerte.
El profeta de Dios presenta su vocación y misión, en el corazón de su libro sobre la Consolación: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado a dar la buena nueva a los pobres, a sanar a los de corazón destrozado, a proclamar la liberación a los cautivos y a los prisioneros la libertad. Me ha enviado a proclamar el año de gracia del Señor y un día de venganza de nuestro Dios; para consolar a todos los afligidos, para cambiar por una corona la ceniza de los afligidos de Sion, su ropa de luto por perfumes de fiesta, y su ánimo triste por cantos de alabanza” (Is 61, 1-3).
Desde esta perspectiva profética, Jesús de Nazaret es comprendido por los escritores del Nuevo Testamento, especialmente Lucas, como el Siervo Sufriente. El enviado por Dios Padre con la misión de llevar a plenitud las profecias gritadas a todo el pueblo y susurradas a cada corazón. Los dolores del Siervo antiguo se actualizan y reviven crudamente en la Pasión y muerte de Jesús: la detención injusta, la humillación, las bofetadas, los salivazos, el juicio arbitrario, la flagelación, la coronación de espinas, el camino del Calvario, la crucifixión, la agonía y, finalmente, la muerte.
El mismo Jesús, releyendo al Profeta Isaías (Lc 4, 18-19), presenta su vocación y programa misionero en la Sinagoga de su pueblo: “El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la buena noticia los pobres; me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos; a dar vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor.”
Con Jesús, por el camino y en la mesa
Acompañar a Jesús en su travesía desde Galilea hasta Jerusalén, siguiendo el relato del Evangelio de Lucas, es adentrarse en una experiencia de confrontación, desencuentro y dolor, que culmina en la entrega total de su vida. Pero también es un aprendizaje sobre la fidelidad apasionada a la misión confiada, sobre el amor llevado al extremo, hasta el sacrificio.
Este recorrido no es únicamente físico o histórico, sino profundamente espiritual,tejido con encuentros humanos y divinos que marcan el alma y renuevan el espíritu. No se trata solo de los lugares que Jesús visitó, donde dejó signos, milagros y enseñanzas, sino de los momentos cruciales en que se sentó a la mesa, compartió el pan y abrió los corazones.

Es un camino hacia la vida resucitada: una existencia sembrada, no enterrada; una presencia viva, no sepultada ni extinguida. De ahí que resaltamos los encuentros en la mesa, espacios de fraternidad y solidaridad, donde el panrecibido se transforma en alimento compartido, en vínculo entre los que se reúnen para celebrar la vida. Las mesas no fueron solo lugares físicos, sino ámbitos de reconciliación, donde se tejieron lazos entre personas, animales, plantas, lluvia y sol; entre el entorno y el Creador. Así, nuestro caminar con Jesús no solo fue geográfico, sino espiritual y comunitario, transitando los senderos de la fe y la esperanza.

Pascua de Consolación y Esperanza
Al concluir nuestra misión, en el retorno a nuestros hogares, recibimos la noticia del fallecimiento del Papa Francisco. La entendimos como su Pascua esperada, un tránsito a la eternidad en plena sintonía con su vida entregada.
Jorge Mario Bergoglio, Papa Francisco, vivió en sincronía con:
❖ La “Comunidad de la vida” (sincronía ecológica).
❖ El Señor Jesús (sincronía discipular).
❖ María, madre-discípula (sincronía eclesial).
❖ Los discípulos y discípulas (sincronía sinodal).
❖ Los pobres y excluidos (sincronía humana de justicia y paz).
❖ El tiempo litúrgico (sincronía entre la cotidianidad, la Cuaresma y la
Pascua).
El Padre maternal, al igual que hizo con su Hijo, transformará su sepulcro en un vientre nuevo para la vida resucitada. A nosotros nos queda la gratitud, y a él, la gloria de la fidelidad.
¡Feliz Pascua 2025!
¡Aleluya!
* Oficina de Comunicaciones IMC Colombia