
No se puede ser misionera sino se tiene un corazón grande, capaz de dejar entrar en su vida a todo tipo de personas con diversidad de culturas, razas y lenguas. Es una de las características que nuestro P. Fundador, el Beato José Allamano, quiso fuertemente de nosotras, sus hijas, para que lleváramos el mensaje de Jesús hasta los “confines del mundo”, como pide el Evangelio.
Por Marisa Soy *
Bálsamo para la gente de Poopó

Nacidas en Turín, (Italia), nuestra familia misionera se expandió luego por cuatro continentes, enriqueciéndose con nuevos miembros en cada uno de ellos.
En 1991 llegamos por primera vez a Bolivia, en el pueblo de Poopó, diócesis de Oruro. Recuerdo que mientras esperábamos en Oruro que finalizaran la casa que nos hospedaría en Poopó, una persona nos dijo: “Ustedes serán un bálsamo para esa gente”. Una expresión que significaba todo lo que en realidad queríamos ser con nuestra presencia, y que encierra el núcleo de nuestro carisma de consolación.
Los Poopeños nos recibieron con mucho cariño y enseguida nos abrieron las puertas del corazón y sus casas. Comenzamos nuestra labor con las visitas a las familias y en los diversos centros mineros de entonces, conociendo la realidad, toda nueva y a la vez desafiante para nosotras. Seguíamos la catequesis y las CEBs que estaban en auge. Las comunidades de Base aumentaron en pocos años, con el fruto de laicos comprometidos.
En nuestra preferencia por el trabajo con la mujer, en Poopó se creó un centro de atención a las madres embarazadas para cuidar su salud y la alimentación de ellas y de los niños, hasta los tres años. El pueblo creció y prosperó económicamente en el lapso de veinte años. Tras un discernimiento a nivel interno de Congregación, se decidió retirarnos de Poopó, para abrir en un lugar más carente y necesitado de fuerzas evangelizadoras.

Vilacaya, un pueblo disminuido
En el 2013 llegamos a Vilacaya, esta vez en la diócesis de Potosí, un pueblito de campesinos, habituado a la acogida de hermanas. En el pasado ha sido famoso por la presencia del P. Adrián Paz, un belga que ha dejado profundas huellas en la vida de la gente, al igual que las hermanas Hijas de Jesús que lo acompañaban. Hoy, debido a la migración, el pueblo ha disminuido considerablemente en su población, reduciéndose casi a menos de la mitad. La gente vive de sus chacras y animales, pero la sequía en temporadas, hace difícil la supervivencia.

Es tradición que, para las fiestas patronales de S. Pedro y la Candelaria, el pueblo reúne a sus hijos venidos de Argentina y otros lugares donde trabajan y residen. En esos días hay mayor bulla y movimiento en el pueblo.

Nosotras somos cuatro y durante la semana, nos desplazamos a las escuelas y comunidades del campo, pertenecientes a la parroquia, para acompañar la catequesis de los niños y jóvenes, bastante numerosos, que con entusiasmo nos esperan. Aquí podemos comprobar la palabra del Señor cundo dice que, ¡“la mies es mucha y los obreros son pocos”! Tenemos fe en que, un día, “el trigo” de estos campos madurará, y habrá entonces abundante cosecha en la viña del Señor. A nosotras nos toca sembrar… ¡Sólo El dueño del campo, sabe hasta cuándo!
* Hna. Marisa Soy, Misionera de la Consolata en Bolivia


