
Un misionero de la Consolata italiano, Luis Duravia, con ciudadanía colombiana y más de 50 años de vida y misión en tierra colombiana, nos cuenta, breve y sencillamente, su vida.
Por Salvador Medina *
Ocho décadas en cuatro párrafos
Nací en Italia durante la segunda guerra mundial (1940); hecho importante que me ha marcado por la destrucción, violencia, muerte y pobreza que dejan todas las guerras.
Entré en el Seminario diocesano de Treviso – Italia, a los 11 años, sin tener idea en lo que me metía, pero obedeciendo al Vice Párroco que veía en mí, ¡quién sabe qué!
Y allí me quedé, solo estudiando y rezando hasta terminar el primer año de Teología. Mientras tanto fui tomando consciencia de lo que significa estar en el Seminario. Allí mismo fui madurando la vocación misionera.
Ingresé directamente en Noviciado con los Misioneros de la Consolata, a Bedizzole, provincia de Brescia, en la cercanía del hermoso Lago de Garda. Y de allí a Turín, donde – el año 1967 – fui ordenado sacerdote.
El año siguiente fui destinado a Colombia donde llegué en enero del año 1969, iniciando mi labor pastoral en Guaduas, donde los muchachos del Colegio me tomaban del pelo mientras aprendía el español.
Desde entonces me dediqué a muchas actividades: Vicario parroquial (Guaduas y Tocaima). Formador del seminario de Vocaciones Adultas en Medellín. Formador del Seminario Teológico en Bogotá y al mismo tiempo Párroco de La Parroquia de la Consolata. Cuatro años de Estudios obteniendo Licenciatura en Ciencias de la Educación y Psicología en Roma. Asesor psicológico del Seminario Filosófico y Rector del CEPAF (Centro de Pastoral y Filosofía, afiliado a la Pontificia Universidad Urbaniana de Roma), Párroco en Modelia y en Cartagena del Chairá, encargado por unos meses de la parroquia de Solano (Caquetá). Administrador del Centro de Animación Misionera y del Colegio en Bucaramanga. Desde el año 2001: Rector del Colegio Bilingüe José Allamano en Bogotá, hasta el año 2019. Desde este año 2020: Director General de los tres Colegios de la Comunidad IMC.

El gusanito de la misión
Tengo la firme convicción que mi vocación se la debo a mi mamá, la cual siempre deseó tener un hijo sacerdote y rezó mucho por eso. Eso lo descubrí más tarde porque – cosa curiosa – a mí nunca me habló de este su deseo. ¡Yo era el último de los hermanos y por lo tanto ya se le iban las esperanzas!
Una vez ingresado al seminario diocesano encontré excelentes formadores que orientaron mi vida y me dieron una sólida base teológica del valor del Sacerdocio y de los Sacramentos, en particular de la Eucaristía. Toda la formación estaba centrada en esto. Pero desde allí nació en mi el gusanito de la misión: la perspectiva de reducir mi trabajo pastoral al territorio de una Diócesis, por lo demás muy cristiana, no me satisfacía. Cuando ingresé al Instituto de la Consolata, el énfasis fuerte fue en la misión, completando así mi entusiasmo para la vocación sacerdotal y misionera.
La dirección no se encuentra solo
Tenía, en el Seminario teológico de Turín, compañeros colombianos que me hablaban de su tierra y me mostraron documentales de la geografía colombiana; en particular me entusiasmó el ambiente del Caquetá por sus inmensos ríos, selvas y paisajes. Por eso opté por Colombia, porque quería ir a esos hermosos lugares. Allí fui muchas veces, en muchos sitios, por periodos cortos, ayudando en alguna misión, hasta que, finalmente, me nombraron párroco de Cartagena del Chairá, donde pude satisfacer lo que siempre había soñado: viajar a caballo y por los ríos, admirando la maravillosa geografía y trabajando, principalmente, entre colonos y campesinos, gente sencilla y siempre hospitalaria.
Otra actividad, en la que me sentí a gusto y en la que he gastado muchos años, es la Educación: me gustaba el contacto con los jóvenes y sobre todo con los niños, siempre tan alegres, espontáneos y cariñosos. Ellos saben sintonizar conmigo, detrás de una cara seria, ocultada por la barba. Me hacían sentir siempre joven, por eso casi no me di cuenta de los 20 años que pasé en el Colegio Allamano, a pesar del mucho trabajo. Allí pude dar mucho de lo que había acumulado en años de estudios y experiencia, reflexionando sobre la identidad del Colegio, elaborando documentos, reflexiones y publicaciones: Principios Generales del PEI allamaniano, Proyecto de Vida, Talleres del Proyecto de Vida según los ciclos evolutivos, Espiritualidad Allamaniana, Dimensión afectiva de la Personalidad, etc.
Algún baño de misión, con dimensión global, lo puede experimentar cuando, con 35 años, fui elegido por la Comunidad de Colombia para participar al Capítulo General de 1975. Una experiencia muy enriquecedora, la de participar en un Capítulo que abrió las puertas a la internacionalidad de los miembros IMC y a la intercuturalidad.

Se camina superando obstáculos
Mi vida no ha sido lineal. Por un motivo u otro las crisis, las dudas, las rabias, las incertidumbres, se han presentado periódicamente en mi camino. Uno de los momentos más difíciles fue el paso de la Diócesis al Instituto de la Consolata. En efecto, tenía la claridad que esa decisión significaría abandonar la familia, a la cual era sumamente apegado y, tal vez por eso el alejamiento fue muy duro. Cuando ingresé al Noviciado, donde, por lo demás, no conocía absolutamente a nadie, me entró una inmensa tristeza que, casi me hizo desistir del nuevo camino. Pero pude superarlo por la fuerza de la oración y de la vocación misionera. Quería ir por el mundo, para anunciar a Jesucristo, no me bastaba el territorio de una diócesis, ya llena de sacerdotes.
Ya en Colombia, inicialmente, todo me parecía muy sencillo, algo muy semejante a estar en Italia. Después de dos o tres años, empecé a entender mejor la mentalidad, el idioma, el clima, la idiosincrasia del pueblo colombiano, entonces entré en crisis: si antes todo me parecía sencillo, ahora ya no entendía nada. La puntualidad ya no existía, la palabra dada no tenía tanto valor y – lo que ahora admiro – el sentido fino del humor de los colombianos que inicialmente me desconcertaba, con su doble sentido que no comprendía. El mismo cambio de las estaciones que mi cuerpo esperaba con ansia y nunca llegaba.
Finalmente, me di cuenta que la misión soñada no correspondía con la realidad: era mucho menos poesía y más realidad. Tuve que redimensionar mucho mi idea de misión y reducirla a la realidad en la que estaba desempeñando mi apostolado. Ya no era el mundo para convertir, sino un sitio y un pueblo de gente común, bien ubicado en el tiempo y en el espacio.

Todos diferentes con algo en común
A pesar de mis sólidas bases religiosas y teológicas, he aprendido que los demás – sobre todo los demás, diferentes de mi ambiente cultural – no son como yo. Son personas diferentes, desde todo punto de vista: en su forma de creer, de expresar la religiosidad, de pensar, etc. Y aprendí a aceptarlos, respetarlos y apreciarlos, sin pretender que sean como yo; aprendí a flexibilizar mis principios. Esto significa que, mi forma de pensar y vivir es solo mía, así que poco podría yo “aconsejar” a los demás. Claro que, si son compañeros de camino, algo debemos tener en común. Ese algo, según mi punto de vista, debe de ser una fe profunda y manifestada, basada en la aceptación incondicional de Jesucristo, que nos invita a anunciarlo a los demás.
Una conclusión para continuar
Dos ejes me han siempre sostenido y nunca han flaqueado, a pesar de tanto cuestionamientos y ejemplos venidos de muchas partes:
a. La fe: La fe sólida asimilada en mi familia y en mi comunidad parroquial.
b. El sacerdocio: Puedo afirmar que siempre he valorado el sacerdocio como un don inmenso de Dios y la celebración de la Eucaristía como una inyección constante de energía espiritual.
Estos dos ejes de mi vida siempre me han acompañado y me ayudaron a superar muchos obstáculos y crisis: de los 30, los 50, los 70 años…
Al cumplir los 80 me puse en la tarea de revisar mi vida; en esta tarea he encontrado muchas fallas de mi parte y a veces he pensado que Dios se ha equivocado escogiéndome para el sacerdocio, pues he visto alejarse del seminario a muchos compañeros mejor dotados que yo.
Él me ha escogido y me ha sostenido hasta ahora: “Por la gracia de Dios soy lo que soy” dice San Pablo, no por mis cualidades. ¡Y ahora, he empezar una nueva etapa…!
* Salvador Medina, imc es Misioneros de la Consolata, Director de la AMJV – Colombia.


