Venezuela: El centenario de San José Allamano en Carapita

Parroquia San Joaquín y Santa Ana de Carapita en la periferia de Caracas. Fotos: IMC Venezuela

Crónica de una fe que se hace familia en el “Puerto del Cielo”.

La historia de un carisma no se escribe con tinta, sino con la vida de los pueblos. Recientemente, la parroquia de Carapita se convirtió en el epicentro de un acontecimiento que trascendió lo ritual para transformarse en un testimonio de fraternidad: la celebración del centenario de la Pascua de José Allamano.

Por Clemente Madeira *

En este rincón de Caracas, la fe se manifestó como una “obra viva”, recordándonos que en el Reino de Dios no existen jerarquías de importancia: nadie es superior a nadie; todos son lo que son, hilos de un mismo tejido de dignidad y esperanza.

Una mesa para todas las naciones

La asamblea reflejó la universalidad del consuelo. Laicos, amigos, las Hermanas de la Consolata, de la Caridad y del Sagrado Corazón, junto a los Misioneros de la Consolata, formaron un mosaico de carismas. La presencia de misioneros de diversas nacionalidades que hoy entregan su vida en Venezuela fue el signo más claro de que el espíritu de familia de San José Allamano no conoce fronteras. En Carapita, el carisma se hizo casa y la diversidad se hizo unidad.

La Eucaristía fue presidida por Monseñor Carlos Márquez, Obispo Auxiliar de Caracas, quien en su homilía conectó la espiritualidad de José Allamano con el alma venezolana. Monseñor rescató una imagen poderosa de nuestra historia: Venezuela entre los años 30 y 50, conocida como “Puerto del Cielo”. Recordó cómo esta tierra fue refugio para españoles, portugueses y tantos otros que huían de la precariedad y eran acogidos, no como extraños, sino como familia. El mensaje fue una invitación profética: la generación de hoy tiene la misión urgente de recuperar esa calidez y ese estilo de acogida que siempre ha definido al pueblo venezolano.

Hacer el bien, bien hecho

El legado de Allamano se sintetizó en una máxima que resonó con fuerza: “Facere bene, bene factum” – Hacer el bien, pero bien hecho. Se enfatizó que la santidad no es un privilegio de pocos, sino el fruto de vivir el amor, la justicia y la paz en lo cotidiano. Monseñor Carlos recordó que a nadie se le ha dado permiso para el mal y que la verdadera felicidad se alcanza cuando se abandonan las sombras para abrazar la luz del servicio. Para Allamano, la familia es el fruto maduro del amor, y esa es la meta para quienes buscan la felicidad eterna.

La crónica de esta historia no estaría completa sin resaltar el valor histórico y pastoral de Carapita. Este sector ha sido, por décadas, un santuario de presencia y consuelo. La jornada no terminó con la bendición final; se prolongó en un seminario formativo y culminó en un ágape fraterno. Esta cena comunitaria fue el signo visible de que la formación y la fraternidad caminan juntas; allí, compartiendo el pan, se reafirmó que el conocimiento solo tiene sentido cuando sirve al pueblo. El broche de oro lo puso la juventud. Con una representación teatral cargada de mística, los jóvenes de la comunidad mostraron cómo San José Allamano comprendió la misión desde la obediencia, la espiritualidad y la consolación. Su arte no fue solo espectáculo, sino un llamado vocacional para que otros jóvenes respondan con valentía al servicio de los demás.

Un compromiso que perdura

El centenario de la Pascua de San José Allamano en Venezuela deja una certeza grabada en el alma: frente a cualquier crisis, la respuesta es la unión y el espíritu de familia. Se cierra este capítulo con la convicción de que el consuelo de Dios sigue caminando por las calles de Carapita, impulsado por hombres y mujeres que han decidido hacer el bien, y hacerlo bien.

* Padre Clemente Madeira, IMC, misionero en Venezuela.  

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