Vilson Jochem: misión que promueve la vida

P. Vilson Jochem – Foto: Jaime C. Patias

Hay personas que marcan huellas imborrables en su camino. Uno de estos es el padre Vilson Jochem, misionero de la Consolata brasileño, que pasó casi 13 años en Nabasanuka, caminando y navegando con el pueblo warao por los caños del Delta Amacuro en la Venezuela.

Por Juan Carlos Greco *

El sarampión, erradicado del país en el año 1980, había vuelto. Se comparte para entender lo que son tragedias para la gente de Nabasanuka. Parece increíble, pero en Venezuela non se encuentra gasolina. Trasportar enfermos hasta Tucupita, hoy se hace imposible o muy complicado pues para conseguir comprar la gasolina se necesita la autorización del Vicealmirante y de la Gobernadora, lo que significa esperar entre al menos tres semanas y un mes, dejar los trabajos en la misión y conseguir remolque para sacar la lancha hasta la casa de la Consolata y sede de la Vicaría Indígena en la Ciudad de Tucupita. Para obtener el permiso de remolque de las autoridades se paga, pues nada es gratis, entre otras cosas. Muchos mueren por falta de gasolina para transportarlos hasta la ciudad.

Las comunidades de la parroquia civil, Manuel Renaud, están esperando la entrega de una ambulancia de parte de la Gobernación. Se confía que con ésta se pueda facilitar el transporte de los pacientes hacia Tucupita cuando se requiera y se cuente con gasolina para eso, lo que en estos momentos sabemos es problemático.

Vista del obispo del Vicariato de Tucupita a la comunidad IMC – Foto: Archivo IMC

En la actualidad, el párroco que trabaja conmigo en Nabasanuka, padre Andrés García Fernández, misionero español, ha pensado un proyecto que evitaría en parte el problema del transporte al menos para la pastoral y la promoción humana. Es un proyecto para dotar a una embarcación de lo que sería novedoso por acá: un motor eléctrico que se recargaría con paneles solares. Eso permitiría trasladarse hasta las comunidades más cercanas sin ningún contratiempo. Mientras que a las más lejanas sería posible hacerlo con escala para dejar cargar aún más a las baterías mediante los paneles solares

Si alguien desea y puede colaborar con el proyecto del motor eléctrico y sus implementos puede comunicarse con el padre Vilson, actual administrador de la Delegación, servicio que asumió dejando Nabasanuka, ala que tanto amó y sigue amando.

Historia

En una mañana de marzo, en el puerto de Nabasanuka, se escuchaba el grito de una mujer. Todos comenzaron a asomarse desde sus casas de madera. Casi nadie podía ver lo que ocurría en las cercanías del único y pequeño Centro de Salud de este rincón de Delta Amacuro, cegados por la neblina de la temporada y la humareda que se desprendía de los fogones con los que los warao acostumbran a preparar, desde el amanecer, hervidos de morocoto con ocumo.

El pueblo warao en el Delta del Orinoco Venezuela – Foto: Jan Costa

Padre Vilson se encontraba a tan solo 20 metros de la medicatura cuando vio venir desde el Puerto a un hombre descalzo, con camisa rota y pantalón de gabardina desgastado, de esos que suelen usar los warao luego de que son desechados en el vertedero de basura de Cambalache, en la cercana Ciudad Guayana del estado Bolívar. El hombre cargaba a un niño al que se le veían claramente las costillas, la piel estirada y una sonrisa tétrica. Tenía pequeñas manchas en varias partes del cuerpo. Yo estaba con él aquel momento.

Una ofrenda al cielo…

Padre Vilson Jochem llegó a Delta Amacuro desde Santa Catarina, Brasil. Desde 2005 ha convivido con los indígenas, muy lejos de las tres estaciones climáticas de su país y de los platos europeos con los que creció. Ahora devora gusanos y carato del Moriche.

Aquel niño tendría entre 3 e 4 años de edad. Su padre lo llevaba en brazos como si fuese una ofrenda al cielo. Detrás, su mamá lloraba, levantaba sus brazos, quería cargarlo. Así lo pedía, pero sus pasos eran lentos. El hombre avanzaba con rapidez hacia el ambulatorio, por la acera de pilotines del puerto. Recorrió unos 30 metros y, al entrar, lo acostó en una camilla sin sábanas, fría. Apenas comenzaba a salir el sol.

Momento de compartir con los jóvenes – Foto: Josiah K’okal

“Mawaraotuma, tamatikayarokotaekida, Tucupitayatakonarukitane ja”, le dijo en warao el enfermero que recién finalizaba su guardia de la pasada noche. “Mis hermanos, aquí no hay nada, al niño hay que llevarlo a Tucupita”, era lo que decía. La capital de Delta Amacuro está a cinco horas de distancia de aquellos caños. “Pero, ¿entonces cómo haremos? No tenemos gasolina y menos motor para llevarlo en una lancha”, le respondió el padre tratando de mantenerse entero.

Detrás se podía escuchar a la mamá gritar: “Mauka, mauka” (Mi hijo, mi hijo). “Llegó el sarampión, Dios nos proteja”, dijo padre Vilson, y se dispuso a acompañar a la familia.

La vuelta del sarampión

El sarampión había vuelto. Esta vez con mayores consecuencias en las comunidades indígenas, que de por sí tienen enormes dificultades para el acceso a los servicios básicos en este estado al noreste de Venezuela.

Un vecino encendió su planta eléctrica con la poca gasolina de la que disponía para poner a funcionar el Internet. Buscaban comunicarse con el 171 o Protección Civil de Tucupita para que enviaran una ambulancia, un helicóptero, lo que fuera. En este poblado no hay señal de teléfono, solo un router conectado a una antena parabólica que funciona dependiendo de las nubes.

Comunidad indígena warao lucha contra el Covid-19 – Foto: William Urdaneta

El muchacho que intentaba enviar el mensaje temblaba, le corría sudor. Después de varios intentos logró abrir la cuenta de Facebook del padre Vilson, pero no sabía a quién avisar, a quién pedirle ayuda. Cuando le dio a “compartir” al llamado de auxilio, vio que la imagen en la pantalla se congeló. La planta se había apagado.

Mientras tanto, padre Vilson hacía lo imposible porque pudieran viajar en una lancha. Se fue al galpón donde guardaban un motor, los bidones para el combustible y otras piezas, propiedad de la misión. Tomó un tanque vacío y comenzó a caminar por el caserío para pedir gasolina entre los vecinos. Por un momento se imaginó estar en misa, cuando se hace la colecta.

En la primera casa por la que pasó no tenían una gota del combustible. Avanzó sin suerte por la estrecha acera deteriorada de Nabasanuka, mientras la gente lo veía con timidez desde sus ventanas. Finalmente llegó sudoroso hasta una casa donde podían verse unos 10 tambores en el patio. Padre Vilson se acercó a su dueño, le contó lo que pasaba, pero el hombre, de piel oscura y de pelos enroscados, le dijo: “Tengo gasolina, pero es para pescar”.

Esfuerzo en vano

A su regreso media hora después, sin nada en las manos, padre Vilson sintió un extraño silencio que no duró mucho tiempo. Aún lejos de la medicatura, los lloros de la mujer comenzaron a retumbar en las casas a ambas orillas del caño. El niño había muerto.

Nunca llegó el helicóptero, tampoco una ambulancia. El misionero sintió un tirón en el pecho. Entró con la cabeza gacha al ambulatorio, donde en una habitación yacía el niño: sus ojos todavía estaban abiertos, su boca también, probablemente lloraba por última vez viendo a su mamá. El sacerdote no dio el pésame, no es esta una costumbre entre los warao. Solo se detuvo al lado de la madre y la acompañó en silencio, orando.

Esa familia había llegado desde Morichito en curiara y a canalete. Les tomó tres horas remar en su intento por salvar a su hijo. Ahora debían regresar con él muerto. Lo envolvieron con sábanas, rezaron unos minutos junto al sacerdote, intentaron comer los alimentos que les ofrecieron y partieron.

Padre Vilson celebra bautismos en Nabasanuka – Foto: Josiah K’okal

Sobre la curiara, la mujer recitaba cánticos mientras lloraba, como lo hacen los warao en una especie de ritual en el que la madre recuerda los mejores momentos junto a su hijo. “Ay hijo, por qué te moriste, si ayer me mecía contigo entre mis brazos, mientras tu padre pescaba? Ay hijo…”

La curiara comenzó a moverse surcando el manso río que también pareció estar triste esa tarde. Se alejó acompañada del sol que se ocultaba y el llanto de la madre dejó de escucharse. Esta muerte fue la primera con la que se confirmara la alarma por la reaparición del sarampión en Delta Amacuro, que venían denunciando los religiosos de La Consolata y vecinos de Nabasanuka.

La muerte de niños

De acuerdo a registros periodísticos y los misioneros, morirían 47 niños en los siguientes tres meses. La enfermedad volvió a tres de los cuatro municipios de la entidad infectando, en su mayoría, a niños indígenas que viven aislados en la selva. Aun cuando es su hábitat natural, su mundo, las enfermedades de los criollos llegan a sus comunidades por la migración de sus paisanos a las ciudades.

En Tucupita hay que salvar a los niños y al pueblo warao – Foto: Minerva Vitti

En las comunidades más tradicionales creen que los padecimientos son malos espíritus. Y cuando algún enfermero precise de qué enfermedad se trata, es poco lo que puede hacer por la falta de medicinas y ambulancias. Entretanto, las autoridades alegan que no hay pruebas acerca de las defunciones. Difícilmente puede haberlas: los niños nunca son registrados cuando nacen, por lo que mueren sin ni siquiera haber existido legalmente.

El acompañamiento de padre Vilson a los enfermos apenas comenzaba aquella mañana de marzo de 2018. Su embarcación se convertiría días después, inevitablemente, en la lancha de la muerte, porque allí le ha tocado llevar cadáveres hasta los cementerios en las inmensidades de una selva de la que pocos saben más allá de sus fronteras.

* Juan Carlos Greco, IMC, es misionero argentino y trabaja en Nabasanuka, Venezuela.

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