
Contemplación de la sabiduría ancestral
Atraída por la “hermosura herida” de la Amazonía, y sintiendo la llamada de Dios que me invitaba a acercarme a los pueblos originarios para conocer y saborear, un poco, las fuentes de su sabiduría ancestral, inicié la travesía.
Por Nancy Negrón Ortiz*
Travesía que fue atravesando las fronteras geográficas de una isla del Caribe, Puerto Rico, hasta llegar a un país de América del Sur, Colombia. Travesía que me condujo de la ciudad hasta la selva amazónica colombiana. Travesía que se convirtió en una peregrinación interior y exterior por caminos insospechados. Travesía en las que experimenté que era abrazada por un silencio indescriptible que me empujaba a la profundidad de mí misma, y a la contemplación de todo lo creado, despertando mis sentidos a una nueva percepción y a un nuevo lenguaje.
Y estando allí, alejada de todo, pero misteriosamente conectada a todo en el Todo, la Ruah Divina comenzó a hablar al corazón.
Escucha reverente porque el lugar que pisas es tierra sagrada
Pisar tierra amazónica supuso descalzar los pies y el corazón para acoger a los pueblos originarios con humildad y respeto, abriendo espacio en mi interior para que ellos entraran.
Me dispuse a escuchar, como una aprendiz, cuando está delante de maestros, maestros que han habitado el territorio desde hace miles de años, lo han cuidado, lo custodian, lo hacen florecer y lo defienden de aquellos que lo quieren destruir. La escucha reverente abre los sentidos a la contemplación, a lo que da sentido, más allá de las palabras. La escucha reverente nos desnuda y nos coloca delante de los otros/as desde la esencia más honda y profunda de quienes somos.
Descubrí que en la sabiduría ancestral convergen dinamismos articulados de vinculación: palabra, gestos, costumbres, mitos y rituales. Habitar y ser habitado, en comunión inimaginable con todo el cosmos, es un regalo que nos ofrece la sabiduría ancestral de incalculable valor. Su modo de vivir y vivirse en la cotidianidad, me fue mostrando una luz imperceptible capaz de alumbrar cuando nos acercamos desnudamente a la “zarza ardiente”, con el anhelo profundo de ser despojados de todo lo que separa y no permite que vivamos en comunión, misterio trinitario, en el que hemos sido creados. La sabiduría ancestral nos conecta y nos conduce al encuentro con nuestras raíces más profundas, raíces por donde fluye la vida abundante y que son capaces de sostener, en las noches más oscuras.
“Estando allí, el ángel del Señor se le apareció entre las llamas de una zarza ardiente. Moisés notó que la zarza estaba envuelta en llamas, pero que no se consumía, así que pensó: «¡Qué increíble! Voy a ver por qué no se consume la zarza». Cuando el Señor vio que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza: ¡Moisés, Moisés! Aquí, estoy, respondió. No te acerques más le dijo Dios-. Quítate las sandalias, porque estás pisando tierra santa.” (Ex. 3, 2-5).
Aprender a mirar la oscuridad natural de la noche

Los que han tenido la oportunidad de pisar tierra amazónica quedan admirados por la hermosura de los amaneceres y de los atardeceres, verdaderos regalos de la mano creadora de Dios. En la multiplicidad de colores se oculta una luz tenue que abre horizontes de esperanza. Generalmente nuestros ojos se sienten más cómodos en la luz que en la oscuridad, pero al llegar a este territorio, quedé sorprendida por la oscuridad, por su densidad, ya que no hay contaminación lumínica. Mis sentidos estaban experimentando la sensación que eso produce por primera vez.
Un día mientras regresaba de una visita a una comunidad indígena se nos hizo de noche. Ya en la canoa, navegando por el río Putumayo, pensé que Juan, el indígena que me acompañaba, iba a encender la linterna para poder alumbrar las corrientes de agua, divisar si había, ramas arrastradas por la corriente, y poder así llegar con “seguridad” a nuestro destino. Pasaron varios minutos y Juan no encendía la linterna… No pude evitar dirigirme a él y decirle: ¿Cómo puedes navegar sino se ve nada?
Juan sencillamente me contestó: no se preocupe hermanita, yo veo, yo conozco el río. Aunque al principio no entendí como él veía porque yo no veía nada, confié en sus palabras y decidí contemplar la oscuridad con el deseo de poder ver lo que él veía y conocer lo que él conocía. El recorrido duró como 45 minutos… tiempo en el que estuve envuelta en la oscuridad y el silencio. Descubrí que Juan no solo habitaba en el territorio, sino que el territorio, la tierra que todos los días pisaba, el río que todos los días navegaba, habitaba dentro de él.

Eran una prolongación de sí mismo, sin límites ni fronteras, por eso confiaba y no había que temer. Comprendí vivencialmente lo que los pueblos originarios proclaman con tanto convencimiento: somos cuidados por la Pachamama (Madre Tierra). Junto al testimonio de vida humilde y sencillo de Juan pude aprender a mirar la oscuridad natural de la noche, mis ojos interiores, los ojos de mi corazón, se abrieron a un nuevo destello de luz.
Encuentro en la LUZ
Cuando disponemos todo el ser y el corazón para dejarnos sorprender por Dios, encarnado en la VIDA, emerge la conciencia de qué cada cultura, cada persona, cada pueblo, regala a la humanidad un pequeño destello de luz. El encuentro reverente con lo distinto, lo diverso, lo diferente, nos invita a atravesar el umbral de lo conocido para ENCONTRARNOS en la LUZ, en un más allá, que supera los límites y fronteras de los pequeños destellos de luz que cada uno poseemos.
Cada una de las identidades particulares queda enriquecida y fundida en el TODO, que es Dios mismo. Cada cultura, cada persona, cada pueblo es invitado a ofrendar con gratuidad su pequeño destello de luz. Solo desde la ofrenda y la donación brotará el milagro de ver “un cielo nuevo y una tierra nueva” (Ap. 21,21). Despojados de lo superficial viviremos en lo esencial y fundamental que es el AMOR. El encuentro en sí mismo, se convertirá en experiencia de Dios y manifestación del Reino. Como en un espejo nos experimentaremos y nos descubriremos UNO en el misterio de Dios UNO y TRINO…
* Hna. Nancy Negrón Ortiz, mbp, de Puerto Rico, integrante de un Equipo Intercongregacional, en nombre de la CLAR, en el Vicariato Apostólico de Puerto Leguizamo – Solano, Colombia