
Hay lugares donde el Evangelio no se explica: se reconoce; no hace falta abrir un libro para entenderlo, basta con quedarse un ratito más y mirar. En Kenia, uno de esos lugares es el pozo.
Por Francisco Martínez *
Ahí todo parece simple. Gente que llega, con recipientes vacíos, para llenarlos de agua. Nada extraordinario. Y sin embargo, ahí pasa la vida. Mientras se espera, aparecen las palabras, las risas, el cansancio, las historias de cada día. El pozo no es solo un punto de paso; es un lugar de encuentro, un lugar de intercambio de información, un lugar donde se forja la amistad.
En mis visitas a nuestras misiones fuera de Nairobi, he visto muchas veces la misma escena: mujeres y niños caminando largas distancias para buscar agua. Lo hacen cada día, sin hacer ruido, sin reclamar protagonismo. Es una tarea silenciosa, pero de ella depende la casa, la familia, la comunidad. El agua sostiene la vida, y todo un sistema cultural.
Mirando todo esto, el Evangelio empieza a resonar solo. Jesús también conoció estos lugares. Los pozos, los caminos, la espera. No habló de la vida desde lejos, sino desde dentro. Se sentó donde la gente se sienta, esperó como esperan los demás, conversó sin apuro. En el pozo no se dan grandes discursos, se dan encuentros.


Primero se habla de lo necesario: cuánta agua hace falta, cuántas veces se viene, cuánto pesa el camino. Pero después, casi sin notarlo, aparece lo verdaderamente importante: los hijos, el trabajo, el cansancio, las preocupaciones. El pozo va mostrando que nadie llega solo del todo, y que la vida se sostiene también en pequeños gestos de ayuda mutua.
He intentado cargar los bidones como lo hacen los niños. No siempre puedo. Me desequilibro, me mojo, fallo. Ellos se ríen, sin burla. Una risa limpia, que enseña más que muchas palabras. Ellos dicen que soy fuerte. Yo les digo que los fuertes son ellos. Porque la verdadera fuerza no está solo en los brazos, sino en la constancia, en levantarse cada día y cumplir con lo que toca.
En el pozo todos tienen lugar: niños, mujeres, hombres, ancianos, incluso los animales. Todos llegan con una necesidad. Y tal vez por eso el pozo se parece tanto al Evangelio: porque nadie va ahí a aparentar, sino a recibir lo que necesita para vivir.
A veces me pregunto cuántas veces Jesús habrá estado también así, simplemente ahí. No enseñando, no corrigiendo, solo compartiendo. Tal vez ayudando a alguien con su cántaro, tal vez esperando su turno. Tal vez mostrando, sin decirlo, que Dios también se encuentra en lo cotidiano.
Entonces uno entiende que el Evangelio no empezó escrito, empezó vivido. Nació en gestos simples, en encuentros breves, en la vida compartida. Y muchas veces, sin darnos cuenta, vamos al pozo buscando agua… y volvemos con algo más.
Porque el Evangelio, antes de leerse, se vive.
* Por Francisco Martínez, Laico Misionero Colombiano en Kenia – Africa.



