
En la actual coyuntura que atraviesa Venezuela, la misión de consuelo se ha convertido en un campo de batalla donde la verdad suele ser la primera víctima. Mientras algunos sectores se empeñan en judicializar la fe o en utilizar la amenaza y la legalidad vacía como herramientas de control, surge una respuesta que descoloca al perseguidor: la pastoral del silencio.
Por Clemente Madeira *
No es un silencio de complicidad, sino el silencio fecundo de quien no necesita defenderse con gritos porque sus obras hablan por él.
La Misión no es un trámite, es una entrega
Resulta doloroso, pero necesario, denunciar que en el ejercicio de decir la verdad se levantan vientos de odio. Hay quienes pretenden ensuciar nombres y trayectorias bajo el amparo de la intriga. Sin embargo, quienes tenemos un corazón que siente la realidad venezolana, sabemos que la misión no se edifica sobre expedientes o estructuras legales rígidas, sino sobre la carne sufriente del prójimo.

La verdadera autoridad moral no emana de un cargo o de una posición de poder; nace de la capacidad de descender a los “infiernos cotidianos” de nuestro pueblo. Quienes hoy intentan difamar, olvidan que la Iglesia no es una oficina de relaciones públicas, sino un hospital de campaña. Nadie es superior a nadie y, ante el dolor, todos somos iguales.
El altar de los “Callejones sin salida”
Mi respuesta a la persecución no reside en la retórica, sino en la geografía del dolor que recorro a diario. La validez de mi ministerio se encuentra en el sacramento de la escucha: en esas horas interminables de confesión donde el alma venezolana, herida por la crisis, encuentra un puerto seguro.
Se encuentra en la periferia hospitalaria; en las visitas a los hospitales públicos y populares, donde los pasillos son callejones de incertidumbre, pero también en las clínicas y en la rigidez de los hospitales militares. Ante la cama de un enfermo no existen jerarquías ni bandos. Allí, en la atención de la salud del alma y el cuerpo, es donde la misión alcanza su máxima dignidad.
El juicio de la historia: huellas contra palabras
A quienes se dedican a tejer sombras sobre mi camino, les ofrezco mi paz. El odio es el refugio de los que temen a la verdad. La historia y el paso de Dios por nuestras vidas filtrarán lo auténtico de lo que es meramente ruido. Al final del camino no quedarán las actas, ni las amenazas, ni las palabras ponzoñosas de quienes intentaron detener la obra de la consolación. Lo único que permanecerá será la huella.
A veces, ser misionero en estas tierras implica caminar en la penumbra de la incomprensión, sin entender por qué el bien es perseguido. Sin embargo, seguimos con pasos firmes, convencidos de que nuestra labor en pro de la salud y la dignidad humana es el lenguaje más puro de nuestra fe.
“El misionero no siempre comprende los designios de la tormenta ni las razones del odio; su única ciencia es seguir las huellas de Aquel que pasó haciendo el bien. Porque, al final, la fe no consiste en entenderlo todo, sino en entregarlo todo, con la certeza de que en el servicio al que sufre se encuentra el único favor de Dios que no se marchita.”
En ese servicio incondicional, y no en las palabras del mundo, es donde hallamos el verdadero favor de Dios.
* Padre Clemente Madeira, IMC, misione en Venezuela


