Venezuela: La Consolación en el Corazón de Carapita

Familia Consolata en la parroquia San Joaquín y Santa Ana en Carapita. Fotos: IMC Venezuela

El pasado 20 de junio, pocos días antes del gran terremoto, las calles empinadas y el pulso vibrante de Carapita, en la periferia de Caracas, Venezuela, no solo latieron con su habitual ajetreo, sino con una corriente profunda de espiritualidad y memoria.

Por Clemente Pedro Madeira *

Los misioneros y misioneras de la Consolata se reunieron para celebrar la fiesta de la Patrona, la Virgen Consolata y renovar sus votos de entrega, en una celebración que desbordó los límites del templo, la parroquia San Joaquín y Santa Ana para convertirse en un reflejo vivo de su carisma: consolar.

La geografía de la fe local estuvo plenamente representada. Seis capillas, seis arterias de una misma devoción -Algodonal, San José, el templo de Carapita, La Gruta, La Milagrosa Bicentenario y Consolata – confluyeron en un solo espacio, tejiendo una red de fraternidad que unió a vecinos, laicos comprometidos, amigos y a esos benefactores silenciosos que sostienen el día a día de las obras parroquiales.

Una Teología de los Zapatos Ajenos

La celebración fue presidida por el obispo auxiliar de la arquidiócesis de Caracas, monseñor Carlos Márquez, quien, con una palabra llana pero profundamente teológica, desarmó los equívocos comunes sobre la virtud que da nombre a la congregación.

«La consolación no es sentir pena por el que sufre», advirtió monseñor Carlos durante su homilía. «No es una lástima pasiva ni una palmadita en la espalda».

Para el obispo, consolar exige una madurez espiritual y humana superior: implica ponerse en los zapatos del otro, elevarse a la altura del entendimiento mutuo y negarse rotundamente a la indiferencia ante el dolor ajeno. No ser indiferentes a la aflicción, sino habitar el sufrimiento del hermano para transformarlo en esperanza. Esa, y no otra, es la verdadera misión en una Venezuela que reclama urgentes puentes de empatía.

Una Mesa Compartida

El altar reflejó la riqueza y la continuidad de esta obra misionera. Junto a monseñor Carlos, concelebraron los sacerdotes misioneros Carlos Zalazar, Clemente Madeira, Gratus y Charles, acompañados por un diácono permanente y el semillero de la Iglesia: los seminaristas, tanto diocesanos como de la Consolata, quienes representan el relevo de un compromiso que no se detiene.

La liturgia, vivida con la calidez caribeña y la solemnidad de los votos renovados, dejó en los asistentes una certeza clara: la Consolata en Carapita en la grande periferia de Caracas, no es solo un nombre en una fachada; es un pacto diario de acompañamiento.

Al terminar la misa, entre abrazos y felicitaciones, quedó flotando en el aire de la parroquia el eco de una tarea compartida: la de salir a la calle a calzar los zapatos del prójimo.

* Padre Clemente Pedro Ernesto Madeira, IMC, misionero en Caracas.

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