Confesiones de un misionero en ocasión de los 25 años de Ordinación

11 junio, 2022
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Reflexiones del Padre Ramón Lázaro Esnaola, misionero de la Consolata español que trabaja en Mexico con motivo de la celebración de sus 25 años de ordinación.

Por Ramón Lázaro Esnaola *

Mis primeros pasos misioneros no se dieron muy lejos de Zaragoza, mi tierra natal, y fueron en el barrio de Tetuán, al norte de Madrid. Estaba cerca de muchas personas inmigrantes ofreciendo alegría, cercanía y sencillez; acompañaba jóvenes con mucho diálogo; contribuía a crear una sociedad más amable con el diferente, con el que llega de afuera y que sólo busca un poco de felicidad para los suyos; ponía en marcha iniciativas para que Dios fuera más audible.

Tres años y medio más tarde llegó la llamada tan deseada y soñada que transformó mi vida. Hoy ciertamente no soy el mismo que salí de España a estudiar el francés en Bélgica y cuando llegué a Costa de Marfil desde un comienzo estuve orgulloso de la precariedad de mi llegada a Dianra: en transporte público, lleno de arena, con un responsable de la comunidad y un grupo de niñas esperando. En mi primera malaria me llevaron en bici al Centro de salud y me gustó empezar en coherencia con mi forma de entender la misión.

En los primeros meses en Dianra me dediqué a pasear durante la semana y a conocer las familias. Me hizo más “echao palante”. Había que vencer la timidez y la pastoral con personas inmigrantes que hice en el metro de Madrid me ayudó.

El estudio de las culturas sénoufo y del tchebaará me sedujeron e hice de estos pueblos mi pasión. Me entregué en cuerpo y alma a una tarea muy difícil en ese momento: sin ordenador personal y grabando cassettes con los evangelios… sentí que estaba haciendo algo relevante (como Charles de Foucauld con el tuareg). Mi primer desafío fue buscar profesores que me ayudaran: se trataba de hablar y conversar. Lo hacía prevalentemente tras la cena estando con la gente. Ésta ha sido una constante que me acompañó todos estos años: siempre con la gente después de cenar.

Me dediqué a tareas importantes como hacer un diccionario tchebaará – francés; esa fue también una experiencia increíble y me sentí orgulloso y capaz de dejar instrumentos valiosos para los que vinieran después. Cuando, en octubre 2001, perdí toda la gramática que había hecho de tchebaará fue un golpe terrible, quizá mi primer trabajo inacabado que dejé y me costó aceptar ese pequeño fracaso.

Otra labor que me entusiasmó fue empeñarme para construir comunidades cristianas de acuerdo al método de las Cebs: me seducía esa forma de ser Iglesia tan sencilla, precaria, pobre y auténtica. Recuerdo con cariño una iniciativa que marcó nuestra labor de evangelización: había personas que llevaban más de diez años creyendo en Jesús pero nunca empezaban la catequesis porque entre ellos nadie sabía leer. Fue cuando inventamos las Semanas de Catequesis Intensivas que posibilitaron la alegría de muchos creyentes, la belleza profunda de ser cristiano y de ser Iglesia.

Con la gente de Dianrá aprendí a amar la vida; ir a funerales tradicionales sénoufo me llamó mucho la atención y empecé a ver la muerte como parte de la vida. Amé la forma de enterrar, la forma de vivir la noche antes del entierro y de cantar la vida del difunto, la forma de reponerse de la pérdida de un hijo o hija. Se vive el dolor, pero la vida está delante y uno no puede quedarse postrado; crecí mucho en resiliencia porque me tocaba a mí consolar aunque las situaciones fueran dramáticas. Recuerdo el entierro de los padres de Catherine en menos de un año así como a dos de sus hermanos y a una hermana; la muerte de dos hijas de Jacqueline, una de tres años y la otra de ocho meses en un espacio de menos de seis meses.

El 27 de octubre de 2001 fue el primer golpe fuerte y me di cuenta de repente que la vida podía ser efímera. Nos tuvieron más de tres horas en el suelo apuntándonos con los kaláshnikov. Aprendí que había que hacer la vida valiosa, vivirla con hondura en fraternidad, con la gente y en profunda relación con Dios.

El 21 de septiembre de 2002 llegaron los rebeldes a Dianra: esa experiencia me hizo más resistente, más osado, más atento. La incertidumbre inicial dejó paso a la precariedad y a disponibilidad de asumir una realidad que se me imponía. Hubo momentos fuertes como la decisión de quedarse y la evacuación de François, los 4 meses de incomunicación, y los 9 sin salir del territorio de la Misión, la opción de no dar dinero, los viajes interminables en los que uno acababa exhausto.

En esas circunstancias tuve una experiencia increíble de fraternidad con Michel, un keniano: fuimos capaces de buscar lo que nos unía y de construir una fraternidad sólida. También el apoyo y reconocimiento de la gente fue muy importante: pude hacer la experiencia de lo que es depender de ellos para vivir, para desplazarme. El amor de los pobres me sostuvo y mi presencia también contribuyó a mantenerles de pie.

La puesta en marcha de los microcréditos fue también un salto al vacío, pocos me apoyaron. El hecho que siga hasta hoy y que hayan pasado ya cinco responsables de la Consolata por el proyecto me emociona. La vida cotidiana de las mujeres que participan y de sus familias es mucho menos precaria y la autoestima de ellas ha crecido.

Otra cosa bonita fue dar clases de español en el instituto: eso me acercó mucho a los jóvenes, a las familias musulmanas y a las de religión tradicional. Posibilitó ir concretando el diálogo interreligioso. Me llamó la atención la convicción que Dios llama a cada uno por un camino y es importante mantenerse fiel en ese camino.

El desmantelamiento que hizo la Consolata de nuestro grupo me hizo daño: en menos de dos años sólo quedó uno de los cuatro que habíamos vivido allí. Me cuesta todavía entender esta estrategia misionera: empecé a integrar el hecho que estoy “…de paso”. Comprendí la importancia de crear procesos de continuidad, suficientemente sencillos y suficientemente incidentes en la realidad.

El curso de 10 años que hice en Sao Paulo fue un momento muy fuerte de síntesis. Tengo casi unas 40 hojas escritas sobre mí mismo y que conservo hasta hoy.

Al mismo tiempo salir de Dianra fue muy duro: me había dado completamente; había entrado en esas culturas; me había sentido aceptado y amado. Me fui herido.

Tal vez por eso me costó tanto aceptar la nueva realidad de Kinshasa que recibí casi fuera un golpe inesperado. Creía que tenía cosas valiosas para compartir y transmitir a los nuevos misioneros pero me encontré con un entorno centrado en otros problemas que a mí me parecían insignificantes: el dinero de bolsillo, qué se come, qué nos quitamos de comer en cuaresma, robos… Yo no entendía nada, entré en una espiral de sentir que no era capaz de transmitir nada: me sentía fracasado y fue difícil asumirlo. Estuve a punto de dejarlo todo porque no entendía lo que yo pintaba en la formación de base. Encontré también a Dios en la desolación. Mi fe creció en las raíces. Dos consolatos fueron mi apoyo junto a la relación cotidiana con Dios.

La realidad social era mucho más extrema, la pobreza era más sangrante, la relación con el blanco no era serena, el engaño o la picardía eran cotidianos. En esos años tuve una experiencia en la Nunciatura y me sirvió para darme cuenta de la cantidad de comunicación que recibe Roma como de los problemas enormes de tribalismo de la Iglesia. Fue un momento para crecer en el sentido de iglesia a pesar de tanto alejamiento del evangelio.

Recibí la vuelta a Côte d’Ivoire como un regalo increíble: fue catártico, reconciliador con la realidad y conmigo mismo. Volvía a otro país: Dianra estaba creciendo vertiginosamente y empezaba a ser una ciudad.

Fueron años bonitos: organizar la parroquia de Marandallah, empezar la de Dianra Village y gestionar dos centros de salud al mismo tiempo. Era una locura pero hablaba la lengua, tenía una comunidad serena, estaba centrado y el diálogo con los musulmanes empezaba a concretarse en lo cotidiano. Encargarme de los centros de salud con tanto déficit fue un desafío, sin embargo, conseguí darle la vuelta a la situación: simplemente no había que robar.

Luego llegó el bombazo: no me esperaba para nada ser superior y me cogió fuera de juego. Siempre me he considerado un buen segundo (y un mal primero). Consideré que la misión se había terminado para mí: dejaba el norte, los senufó, el ambiente musulmán, los centros de salud. Gracias a la vida de comunidad en San Pedro con un congoleño y un etíope Dios me reconvirtió y encontré mi nuevo lugar en el mundo: la inserción en un barrio popular; vivir lo cotidiano con los vecinos, más allá de credos; la atención a los niños, el acompañamiento de los jóvenes y familias; la alegría y la sencillez. Eran tiempo de mucha pedagogía y cercanía también en la preparación de las Eucaristías y en el mensaje que quería transmitir.

Con todo me tocaron situaciones internas a la comunidad muy duras: confrontar a uno que no tenía vocación, enfrentarme a personas con odios viscerales, perder el sueño por problemas de propiedad del suelo, situación económica al borde del precipicio continuamente. Al final estaba cansado y quizás un poco derrotado aunque orgulloso de haber al menos integrado a un compañero que parecía que no tenía nada que hacer en el Instituto. Pocas cosas han ido a mejor tras mi “mandato”.

Me vine muy bien el curso de Roma de febrero 2020: quizá era tiempo de salir, me siento apegado a las personas y situaciones pero no a nuestra misión. En ese contexto y momento me llega México. La comunidad entendida como amistad ha sido una bonita sorpresa por estos lares, no siempre tiene uno tanta suerte.

La inserción en San Antonio Juanacaxtle, a 30 km de Guadalajara, en el estado de Jalisco, estuvo modelada por el coronavirus y los sucesivos confinamientos. Aproveché para leer y ver películas mexicanas e ir comprendiendo una realidad vasta, histórica, prolongada y rica en un estado con peculiaridades cristeras a diferencia de otros.

La escucha, la consolación, las lágrimas y la cercanía han presidido este año y medio por estas tierras. Dos fraccionamientos han entrado a formar parte de mi vida, El Faro y Villas Andalucía: dos depósitos de esperanzas y soledad de jóvenes familias y de orillados por la sociedad.

La violencia dentro de la familia me ha sorprendido; los abusos sexuales y de género dentro de la familia me han, de alguna forma, escandalizado; la forma de ser caliente según la cual uno puede tomar decisiones que cercenan la vida de otros me hace estar alerta. Es una sociedad acogedora que adora la fiesta y donde más vale que uno no equivoque el lugar que le corresponde según la “buena educación” y ahí seguimos haciendo camino al andar.

Sigo agradeciendo al Abba Dios por haber llegado hasta acá y por tener la oportunidad de seguir haciendo de mi vida una parábola de la pasión con la que Jesús ha tomado partido a nuestro favor, a favor de la humanidad.

Agradecimiento en la misa de celebración de los 25 años

Queremos dar gracias por estos 25 años de misión que te llevan alrededor del mundo ayudando y dando tu amor a tantas personas que lo necesitamos.

Por conocerte, por tenerte de amigo, por sentirte cercano incluso en las distancias, siendo paciente, escuchando nuestras leves circumstancias cotidianas así como dando templanza y consuelo ante las realmente graves.

Por tu generosidad, entregando a todo el que se te acerca tu apoyo, tu tiempo, tu cariño. Por compartir con nostros tu día a día gracias a las nuevas tecnologías. Nos hicistes partícipes de tus vivencias y realidades provocándonos alguna lagrimilla y más de una sonrisa. Fuiste nuestro misionero dicharachero, esperanzado, atento, trotamundo, agradecido, ciclista, apasionado…

Por tener la suerte de que estés aquí para celebrar este día contigo, conscientes de que todos nosotros solo somos una pequeña parte del grupo de personas que estamos agradecidos de contar con tu cariño y dedicación pero queremos también representar aquellos que no pueden estar… gente de Madrid, Costa de Marfil, Méjico y otros tantos lugares por donde pasaste.

Las palabras quedan cortas para expresar todo lo que sentimos. En definitiva gracias por formar parte de nuestra vida y caminar a nuestro lado. Te queremos… un montón!

* Padre Ramón Lázaro Esnaola, IMC, és misionero español que trabaja en Mexico.

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