Él me protegió, me escondió como a la niña de sus ojos

“Yo me veía rodeada de peligro, sola en frente de grupos extremistas armados, y cada día escribía cartas a Dios con carbón y le decía: gracias Dios mío, estoy viva, un día más que tú me das para alabar y bendecir tu santo nombre, te pido por los que me tienen secuestrada, ayúdales a que también ellos vivan su compromiso de su religión y que liberen a muchas personas que tienen secuestradas; yo te agradezco la oportunidad que me das de vivir, seguro me tienes para otra misión, y me darás la oportunidad de continuar con mi vida misionera como tú lo quieras” (Hermana Gloria Cecilia Narváez).

Oriunda de Pasto, Nariño, una ciudad ubicada en el suroeste colombiano, Gloria Cecilia Narváez, Religiosa de la Congregación de Franciscanas de María Inmaculada, hoy agradece a Dios Padre la oportunidad de recobrar la libertad y regresar a su tierra natal, tras 4 años y 7 meses de secuestro en Malí (África occidental), a manos del grupo Al Qaeda, la organización Yihadista más conocida al rededor del mundo.

En una rueda de prensa realizada el 19 de noviembre en la ciudad de Bogotá, la hermana relató de manera detallada y con gran sentimiento su experiencia en cautiverio. “Eres un perro de iglesia, no vales nada”, era una de las frases más usadas por sus captores al dirigirse a ella.

En el 2010 fue destinada para la misión en Malí, donde las hermanas realizan su apostolado mediante la atención de niños en etapa de primera infancia, los cuales no pueden ser cuidados por sus padres debido a la precariedad de recursos y formas de sustento y la promoción humana de la mujer mediante estrategias de alfabetización, bordado, costura, microcréditos y graneros.

Como si tan solo hubieran pasado algunos días, la hermana Gloria recuerda el día en que este calvario inició, tras la irrupción en el Centro de atención, el 7 de febrero de 2017, de cuatro hombres armados con fusiles y machetes, quienes no encontraron grandes impedimentos, ya que la puerta no solía asegurarse, con el fin de recibir con mayor celeridad a las ambulancias que traían niños o madres en grave estado de salud.

Los hombres intentaron llevarse a las dos hermanas más jóvenes, sin embargo, Gloria Cecilia se interpuso, “Mire señor ellas son muy jóvenes, recién han iniciado su vida religiosa y su vida misionera en Malí, si usted quiere hacerles daño a ellas háganmelo a mí que soy la que más tiempo lleva aquí en Malí, la de más de edad y la responsable de la comunidad”, fueron sus palabras en aquella ocasión.

Y así fue, con una bomba que pusieron en su cuello y con la amenaza de muerte si decía o hacía algo, la subieron en cuatro motos y se la llevaron al interior del desierto

“¿Sabes quién te tiene? Somos Al Qaeda”, fueron las palabras que revelaron a la hermana quienes eran sus captores.

Durante el tiempo de cautiverio los maltratos fueron el pan de cada día, la mayor parte del tiempo permanecía con cadenas y candados en los pies que limitaban su movimiento, además de recibir poca agua y comida, sin contar los constantes golpes e insultos a los que era sometida.

“Me insultaban, yo no decía nada, recordando lo que decía nuestra Madre fundadora: «Callad, callad en todo momento, para que Dios nos defienda». Me mantuve serena, siempre con mucho respeto a su religión, porque para el Islam Dios es el creador del universo y para nosotros también” (Hermana Gloria Cecilia Narváez).

Además, cuenta cómo tenían que caminar durante largas jornadas, bajo el inclemente sol del desierto, con el fin de cambiar su posición y evitar ser descubiertos. Los jefes y el grupo de hombres que las custodiaban, a ella y a otras dos mujeres de nacionalidades francesa y canadiense, también eran cambiados de forma constante (cada mes aproximadamente), cuando se intuía peligro por la presencia de drones o helicópteros.

En varias ocasiones pensó en escaparse, pero las inclemencias del desierto no se lo permitieron, como en aquella ocasión en que fue dejada sola en medio del desierto por tres días junto con la mujer de nacionalidad francesa; “Yo miraba si había posibilidades de salir, me subí en las dunas de arena, pero todo era desierto, le dije a ella que, si nos podíamos ir, pero ella estaba muy débil, así que nos quedamos allí”.

A pesar de las condiciones infrahumanas en las que se encontraba y del constante peligro al cual su vida se veía expuesta, la hermana Gloria Cecilia nunca perdió su fe en Dios; “Hoy doy gracias a Dios porque con su misericordia infinita me cuidó y por la fe tan grande que tenía en El yo estoy libre y pude salir de las manos de mis secuestradores” exclamó la hermana en medio de la rueda de prensa.

Y es que, tras haber insistido en diversas ocasiones a los jefes sobre su libertad, por fin llegó el momento; “Le dije jefe ayúdeme a liberarme; me subió a una camioneta con hombres vestidos de camuflaje, nos alejamos de Malí, allí me entrego a otro grupo, quienes semanas después me entregaron a un tercer grupo de hombres, yo tenía temor, pero me dijeron no tengas miedo, somos malienes y me llevaron a la armada malien”.

“Uno no guarda ningún rencor. Yo, al contrario, cuando había mucho peligro proclamaba el Magnificat y pedía a los ángeles de la guarda que los protegieran, porque sea como sea son vidas humanas y uno no puede juzgar si esa persona es mala o es buena, de verdad en mi corazón no había rencor para ninguno, yo lo único que pedía era mi libertad”. Fue el mensaje final de la hermana cargado de perdón y misericordia.

La fiesta del reencuentro

Como no podría ser de otra manera el recibimiento de la hermana Gloria Cecilia en Colombia fue engalanado por una sentida eucaristía celebrada en la parroquia Madre de las Misiones, de los Misioneros de la Consolata; ceremonia a la cual asistieron las hermanas Franciscanas de María Inmaculada, algunos sacerdotes, familiares y amigos, miembros de la policía Nacional y representantes del Gobierno. “El señor ha estado realmente grande con nosotros y estamos alegres, El me protegió, me escondió como a la niña de sus ojos, Él es mi luz y mi salvación ¿a quién temeré? Fueron las palabras de la hermana Gloria Cecilia al terminar la eucaristía. Además agradeció a todas las personas que durante su cautiverio oraron por ella y a los miembros del Gaula que trabajaron en pro de su liberación e invitó a la comunidad a que “Sembremos flores en el desierto, el desierto es árido, hacen falta muchos misioneros, hombres y mujeres comprometidos con el Evangelio, seamos capaces de entregar nuestra  vida por los demás, por los que sufren, por los que tienen sed y pasan hambre. Que Dios nos siga dando esa fuerza para responder a esa Iglesia misionera que nos llama a ser presencia en las periferias”.

Por: Paula Martínez, Comunicadora Social.

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