
El ser humano no nace plenamente humano: se humaniza en la relación ética con los otros, lo otro y el Otro. Cuando esa humanización se abre radicalmente al amor, a la verdad y a la entrega, aparece la santidad. Por eso, la verdadera santidad no se aparta de lo humano, sino que la lleva a su máxima plenitud. Cuanto más santo alguien es, más humano, más compasivo, más misericordioso, más ético se vuelve.
Por Salvador Medina *
En la Biblia cristiana se confirma el valor primordial de lo humano con la Encarnación de Dios: “Y el Verbo se hizo carne” (Jn 1,14), en vientre humano, de mujer. Así, la humanidad se convierte en el lugar donde Dios se revela. Jesús mismo se presenta como “el camino, la verdad y la vida” para alcanzar la plena humanidad o santidad. Esta se logra con Él y como Él, donando gratuitamente la propia humanidad, al servicio de la vida en todas sus manifestaciones y sirviéndola, prioritariamente, a partir de donde se encuentra más frágil y débil. Desde la teología cristiana, Jesús no es menos humano por ser santo; es plenamente humano precisamente porque vive plenamente el amor.
La santidad cristiana: vocación humana y divina
La santidad cristiana no es una realidad separada de la vida concreta, ni una experiencia reservada para seres extraordinarios alejados de la historia. La santidad acontece precisamente en la manera de vivir, amar, decidir, trabajar, sufrir, servir y relacionarse. Por eso puede afirmarse que la ética constituye un verdadero camino de santidad cristiana.
No se trata de reducir la fe a moralismo, ni de convertir el Evangelio en un código de normas. Se trata de comprender que la gracia de Dios transforma progresivamente la existencia de quien lo acoge y la conduce hacia la plenitud del amor. La ética cristiana aparece entonces como la forma histórica y concreta de la santidad.
El llamado a la santidad atraviesa todo el Antiguo Testamento: “Sean santos, porque yo soy santo” (Lev 19,2). En el Nuevo Testamento, Jesús, el revelador de Dios Padre maternal, lo radicaliza: “Sean perfectos como el Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48) y humaniza: “Sean compasivos como el Padre es compasivo” (Lc 6,36). Lo encarna en la historia, en cada tiempo y espacio. Ésta es la compasión que el autor de la carta a los Hebreos le atribuye al Señor Jesús y nos la recuerda a nosotros: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que sea incapaz de simpatizar con nuestra debilidad, sino alguien que ha sido probado de manera similar en todo, pero está sin pecado” (Hb 4,15).
Con el Concilio Vaticano II se nos aclaró que “todos los fieles están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (Lumen Gentium, 40). Un llamado a santificarnos, conscientes que no nacemos santos, sino que nos vamos santificando en la medida que vivimos y convivimos, éticamente relacionados, actuando, movidos por la compasión, misericordiosamente, para consolación y alegría de todos.
La santidad es para todos
La santidad no es, entonces, privilegio de religiosos o sacerdotes, es horizonte de todo bautizado e incluso de todo humano. El Papa Francisco lo recuerda: “Me gusta ver la santidad en el pueblo paciente de Dios…” (Gaudete et Exsultate, 7). La ética humana y la santidad divina, no se contraponen. Se encuentran en decisiones concretas, en hábitos, virtudes, opciones, comportamientos y responsabilidades históricas, en el modo de habitar el mundo, en el estilo de vida (ethos).
En clave cristiana, la ética no consiste simplemente en cumplir preceptos morales o códigos civiles, sino en responder al amor recibido de Dios, aún sin entenderlo claramente. Como bien afirmaba Santo Tomás de Aquino, “la vida moral consiste en orientarse al bien supremo, que es Dios (Suma Teológica, I-II, q.1) o San Agustín de Hipona en su famosa sentencia: “ama y haz lo que quieras”
Esto no significa relativismo moral, como piensan muchos piadosos, sino que cuando el amor auténtico ordena la vida, las acciones se orientan hacia el bien. Por algo insistía San José Allamano a sus misioneros/as: “primero santos, después misioneros”. Reflexionando podemos complementar o traducir: primero humanos, luego santos. Cuanto más humanos, más santos, cuanto más santos, más humanos y mejores misioneros. En conclusión, cuanto mejores misioneros, más humanos y, por ende, más santos.
La santidad no aleja del mundo, transforma la manera de habitarlo y, por eso, termina convirtiéndose en misión. Vista así, la misión como la veía San José Allamano, se contempla con los ojos de María Consolata, consolada y consoladora, “para la gloria de Dios”, tal como expresa el lema escogido para el Instituto Misionero, por él mismo, “Anunciarán mi gloria a las naciones” (Is 66, 19). Y como lo traducía San Óscar Romero, desde El Salvador: “la gloria de Dios consiste en que el pobre viva”. De este modo se comprende el lugar(es) de la misión Ad Gentes como lo entendía Allamano.
Se concreta en una cadena o proceso metodológico y espiritual, donde la ética aparece no como un sistema abstracto de normas, sino como un itinerario humano-cristiano de maduración afectiva, relacional, espiritual y misionera que culmina en la santidad que conduce a la plena humanidad: compasión → misericordia → consolación → alegría → felicidad (bienaventuranza/santidad).
Este proceso, que debe ser desarrollado didácticamente, posee una lógica antropológica, bíblica y teológica que nos permite ver la ética como auténtico camino progresivo hacia la santidad.
Referencias Bibliográficas
Calleja José Ignacio, Misericordia, caridad y justicia social, Sal Terrae, Santander, 2016
Nicoletta Fusano, Con-passione, Cittadella Editrice, 2016
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García Fernández Marta, “Consolad, consolad a mi pueblo” Gregorian Biblical Pressa, Roma, 2010
Sobrino Jon, El Principio Misericordia, Sal Terrae, Santander, 1992
Tamayo Juan José, La compasión en un mundo injusto, Fragmenta Editorial, Barcelona, 2021.
Pikaza Xabier y Pagola José Antonio, Entrañable Dios, Verbo Divino, Navarra, 2016
* Por P. Salvador Medina, IMC – Misionero de la Consolata de Colombia. Director del CMC – Centro de Misión y Culturas y de la oficina de Comunicaciones del Instituto en Colombia.


