Hermano Vincenzo Clerici: una vida de servicio y consolación

Hno. Vincenzo plantando árboles con estudiantes en Etiopía. Foto: Archivo Personal

Después de un tiempo en Kenia como laico asociado al Instituto, Vincenzo decide seguir la vocación de Hermano. Vuelve a Italia para formarse e regresar a África dónde trabaja hace 43 años, la mayor parte del tiempo en Etiopía. Hno. Vincenzo comparte su linda misión.  

“Nací en Val d’Aosta en marzo de 1940. Vivíamos en La Thuile, en la frontera con Francia, donde había varios contingentes militares beligerantes. En invierno, una avalancha había bloqueado la carretera. Mi padre, ingeniero de la empresa minera de Cogne, debía limpiar la carretera, cosa que no le agradaba a todos los grupos en conflicto. Para evitar problemas con el mando militar alemán, ya habían llegado amenazas, nos trasladamos a Turín hasta el final de la guerra.

Luego, mi vida transcurrió tranquila y sin sobresaltos hasta mediados de la década de 1960. Los estudios básicos, primero en Val d’Aosta y luego en Turín, la universidad en la misma ciudad de Turín que terminó con una licencia en física, los quince meses de servicio militar obligatorio y luego también los primeros años de enseñanza en una escuela técnica profesional de Chieri. Mi vida parecía estar bien organizada, todo estaba en orden; recuerdo que recibí mi primera oferta de trabajo la misma mañana que volví del servicio militar y me pareció una bendición.

Sin embargo en aquellos años había conocido experiencias de vida misionera que me parecían interesantes, y un día conocí al padre De Marchi. Era un tipo entusiasta, de aquellos que inmediatamente te dicen que sí. Resulta que en aquellos años en Kenia había un boom de escuelas… había escuelas en todas las misiones por lo que ser profesor era un trabajo útil y solicitado. El padre De Marchi me dijo: “Aprende un poco de inglés y luego baja inmediatamente”. No podría haber sido más fácil.

Misión en Kenia

Así que me fui a Inglaterra a aprender inglés… y lo hice por mi cuenta, aunque visitaba a la casa de los Misioneros de la Consolata en Camden Town y tenía una buena relación con ellos. Para aprender inglés me puse a disposición de una asociación que trataba a pacientes con retraso mental: la terapia consistía precisamente en tener contacto y diálogos con otras personas y de esta manera yo aprendía inglés, tenía un pequeño reembolso para mis gastos personales… y los pacientes del centro podían contar con una persona paciente y dispuesta a escucharlos y hablar con ellos. Al cabo de un año, siguiendo la propuesta del padre De Marchi, volví a Italia e inmediatamente me fui a Kenia.

Mi primer impacto con la misión fue como laico enseñando física y matemáticas en una escuela secundaria “harambé”, dirigida por la diócesis, en el pueblo de Mugoiri, en la región de los Kikuyu. Me llevé muy bien con aquellos misioneros mayores del IMC, gente madura que había pasado incluso por la experiencia de un campo de presos en Sudáfrica durante la Segunda Guerra mundial. Estuve cinco años en esa misión y luego me trasladaron a Sagana, donde conocí a los hermanos de la Consolata. Vi que la única diferencia entre ellos y yo era el noviciado, pero vivíamos la misma vida y trabajábamos con el mismo empeño. Yo, que estaba asociado al Instituto como laico, pensé en seguir la misma vocación de los hermanos con los que compartía. Por ello volví a Italia para formarme.

Formación e destino a Etiopía

Hice el noviciado en Certosa Pesio, en el curso 1978-79, en ese grupo era el novicio con más edad, y luego algún tiempo en la casa de Bedizzole para vocaciones adultas. Al terminar este tiempo volví a Sagana pero luego vino el primer destino a Etiopía: me enviaron a trabajar en la escuela técnica de Meki. Este colegio había sido fundado por los Misioneros de la Consolata y, por tanto, representaba no sólo un fuerte compromiso académico sino también económico. Una vez al mes teníamos que pagar a todos los profesores y esto sólo podía hacerse gracias al enorme apoyo de los benefactores. Daba clases en la escuela, pero esa no era mi única función, también era el procurador. Tenía que viajar mucho, en una vieja furgoneta, a un centro urbano cerca de Shashemane, a unos cien kilómetros, para conseguir material para la escuela técnica, sobre todo elementos de carpintería.

Cuando en 1988 los Misioneros de la Consolata decidieron entregar Meki a la iglesia local, me trasladaron de nuevo a Kenia y esta vez para dedicarme a la formación de los jóvenes Hermanos Misioneros de la Consolata en su etapa formativa después del noviciado. La casa de formación estaba en Nairobi, en el Seminario Teológico de Langata, y allí he estado hasta 1992. Al principio extrañaba mucho a Etiopía también porque ya no estaba acostumbrado a la vida urbana y a una ciudad tan ajetreada como Nairobi.

Evangelización y formación humana

Así que en 1992, cuatro años más tarde, volví a Etiopía y desde entonces estoy allí. Addis Abeba, Asella, Gambo y Modjo han sido mis misiones. Ya no impartí clases, quizá de vez en cuando algún repaso y ayuda para seminaristas con dificultades con la formación científica, pero trabajé casi siempre como procurador ayudando en servicios relacionados con actividades de promoción humana propias de esas misiones. En Asella había un centro para huérfanos y discapacitados, y no muy lejos, en Shashemane, una escuela para niños ciegos; en Gambo se puso en marcha un pueblo y un hospital para los enfermos de lepra. Permanecí en Addis Abeba durante 13 años, como administrador del seminario filosófico y procurador en la casa regional. En 2009 llegué a la misión en la que estoy hoy, la de Modjo.

Una iglesia ordodoxa en Modjo, Etiopía. Foto: Archivo personal.

Modjo es una pequeña ciudad de unos treinta mil habitantes, a 70 kilómetros de la capital, que me gusta porque sigue teniendo un aspecto rural. Está situada en un cruce de caminos y los sábados se llena de campesinos, hombres y mujeres, que acuden con sus burros para vender sus productos y comprar lo que necesitan: cereales, trigo, incluso paja seca que se mezcla con barro para hacer las paredes de las casas. En los últimos tiempos del Coronavirus, casi nadie usaba mascarilla: durante una semana se pararon los Bajaj, pequeños transportes de tres ruedas… se multiplicaron las regulaciones, pero luego todo se olvidó en gran medida. Como es sabido, en África no hubo muchos contagios.

La comunidad católica de Modjo es muy pequeña porque la mayoría de la población es ortodoxa. El cardenal de Addis Abeba quiso que la iglesia de Modjo se convirtiera en un santuario dedicado a Nuestra Señora de la Consolata, pero la iglesia, que es muy grande, se ve llena sólo cuando llegan de los pueblos cercanos a alguna celebración. Es tradición de los cristianos etíopes acudir en masa a las fiestas de las iglesias vecinas a su lugar de residencia.

Casi no hay relaciones con la Iglesia Ortodoxa, al menos en la ciudad, pero esto depende mucho de las personas, del lugar y de la disponibilidad de cada uno. Yo, por ejemplo, que amo las montañas, solía ir con frecuencia a un antiguo monasterio ortodoxo situado en lo alto de una carretera de montaña. En ese lugar, además del monasterio, había unas cuevas que hasta no hace muchos años albergaban a algunos ermitaños. Cuando me veían llegar, los monjes eran siempre muy acogedores: me hacían besar la cruz, me permitían el acceso aun sabiendo que yo era católico pero eso no era un problema para ellos.

La belleza de la misión

Conservo tantos recuerdos bonitos de mi misión en Etiopía… por ejemplo tengo la costumbre de ir a correr de vez en cuando, y lo hago incluso ahora con más de 80 años: veo a la gente aplaudir, siempre amable y cordial. Hace poco, mientras corría, se detuvo un coche de lujo (de esos que no te hacen doler la espalda a los pocos kilómetros) y se bajó una persona muy distinguida a la que no reconocí. Se identificó como antiguo alumno de la escuela técnica de Meki, donde yo había sido su profesor 35 años antes. Cuando se enteró de que estaba a punto de cumplir 82 años… me organizó una fiesta de cumpleaños muy elegante él y otras personas que también eran antiguos alumnos de Meki, fue un momento muy emotivo”.

Hermano Vincenzo Clerici, IMC, misionero italiano en Etiopía, África. Redacción de Padre Gianantonio Sozzi, IMC, secretario de Comunicación.

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