Missio Giovani Vicenza: Partir para encontrarse

Jóvenes misioneros a camino de la misión hacia el nord del Kenya. Fotos: Francisco Martínez

Hay viajes que comienzan mucho antes de ponerse en camino. Comienzan cuando una pregunta empieza a crecer dentro de nosotros, cuando aceptamos salir de lo conocido y dejamos que una realidad diferente nos sorprenda. También la misión comienza así: con la disponibilidad para encontrarse con el otro.

Por Francisco Martínez *

Hoy muchos jóvenes se ponen en camino hacia tierras lejanas. No parten necesariamente como sacerdotes, religiosas o religiosos. Parten como jóvenes laicos, con sus mochilas, sus preguntas y el deseo de conocer el mundo de la misión, de estar con los misioneros, compartir su vida y dejarse encontrar por pueblos y culturas.

Hace más de un siglo, San José Allamano, fundador de los misioneros y de las misioneras de la Consolata, soñó con una misión capaz de llevar el Evangelio hasta las naciones. Hoy ese sueño continúa encontrando caminos nuevos. También a través de jóvenes que descubren que la fe puede vivirse más allá de las propias fronteras, en el encuentro con otros pueblos y otras culturas.

Esta es también la propuesta de Missio Giovani Vicenza: ser puente entre los jóvenes y la misión, entre quienes parten y quienes han hecho de la misión su propia vida. No se trata solamente de visitar un lugar diferente, sino de entrar en una realidad, compartirla por un tiempo y dejar que el encuentro transforme la propia manera de mirar.

Este verano, diez jóvenes, entre los 20 y los 35 años, han comenzado un camino hacia Loyangallani, en el norte de Kenya. Pasquale y Marilena llegan desde Laterza; Mario, desde Putignano; Federico, Paride, Anna, Ilaria, Laura, Giorgia y Valentina, desde Vicenza. Los acompaña Francisco Martínez, laico de la Consolata.

Han partido desde Italia para encontrarse con Kenya. Pero, poco a poco, descubrirán que el encuentro comienza mucho antes de llegar al destino.

Nairobi: una casa que acoge

La llegada a Kenya tuvo lugar en Nairobi. Allí el grupo fue acogido en la Casa Regional de los Misioneros de la Consolata.

La Casa Regional es mucho más que una residencia. Es uno de esos lugares que permiten comprender cómo se sostiene la misión también desde la ciudad. Los misioneros que trabajan lejos de Nairobi encuentran allí un espacio al que regresar cuando necesitan realizar alguna diligencia, atender cuestiones administrativas, descansar o recuperarse de una enfermedad.

Es también una casa que acoge a quienes llegan desde diferentes lugares para vivir una experiencia misionera en Kenya.

Para estos jóvenes, entrar en la Casa Regional fue el primer contacto con una parte de la vida cotidiana de los misioneros. Antes de llegar al norte, pudieron descubrir que la misión también necesita lugares donde acoger, acompañar y sostener a quienes han elegido caminar con los pueblos.

Quizá el primer encuentro con la misión sea precisamente este: descubrir que siempre hay una puerta que alguien está dispuesto a abrir.

Sagana: encontrarse alrededor de una mesa

Desde Nairobi el camino continuó hacia Sagana, donde se encuentra el Noviciado Internacional de los Misioneros de la Consolata. El maestro padre Geoffrey Kimathi Kiria nos esperaba con los brazos abiertos.

En Sagana los jóvenes pudieron acercarse a la vida de quienes se están preparando para ser misioneros. Jóvenes novicios provenientes de diferentes países de África comparten allí una misma casa, una misma formación y un mismo deseo de entregar la vida al Evangelio.

Sagana muestra de una manera sencilla la universalidad de la Iglesia. Diferentes lenguas, culturas e historias se encuentran en una misma comunidad. No para perder sus diferencias, sino para aprender a caminar juntos.

El encuentro comenzó alrededor de una mesa, compartiendo un desayuno al estilo keniano: viazi tamu, chai, ndomaa, arrowroots y otros alimentos propios de la vida cotidiana.

Grupo “Missio Giovani Vicenza” con la comunidad del Noviciado de Sagana

Compartir el alimento es también una forma de encontrarse. Cuando alguien nos invita a su mesa, nos permite entrar un poco en su vida. El otro deja de ser un desconocido y comienza a tener un rostro, una historia, un nombre.

Después del desayuno, el padre Geoffrey Kiria nos mostró el día a día de los novicios: cómo viven, cómo estudian, cómo rezan y cómo se preparan para la misión. Fue una oportunidad para acercarse a una vocación que todavía está creciendo y que un día podrá llevar a estos jóvenes misioneros a otros lugares del mundo.

Después llegó un pequeño gesto que quedó grabado en la memoria. El padre Geoffrey Kiria bendijo los brazaletes que llevaban escrita la Palabra de Kenya y los colores de su bandera. Luego fueron los propios novicios quienes tomaron los brazaletes y se los colocaron en las muñecas a los jóvenes italianos, diciendo: “Karibu Kenya”. Bienvenidos a Kenya.

Aquel brazalete se convirtió en mucho más que un recuerdo. Era un signo de acogida. Era como si alguien les dijera: puedes entrar, puedes quedarte, puedes caminar con nosotros.

Antes de partir, el padre maestro les regaló también caña de azúcar para el camino. Un gesto sencillo, casi cotidiano, pero profundamente humano.

La misión muchas veces se construye así: con aquello que uno tiene para compartir.

Con la bandera de Kenya en sus muñecas y la caña de azúcar en las manos, los jóvenes salieron de Sagana rumbo a Isiolo. Mientras avanzaban hacia el norte, el paisaje comenzó a cambiar. Las montañas, la vegetación, los caminos y las grandes extensiones de tierra mostraban poco a poco otra Kenya. El camino se hacía también una manera de aprender a mirar.

Maria Mfariji: encontrarse con la memoria

Ya era de noche cuando llegamos a Marsabit. Eran aproximadamente las nueve cuando alcanzamos el Santuario de Maria Mfariji, nos esperaba el padre Joseph Gitonga, misionero de la Consolata. Con su sonrisa nos acogió como si conociera a los jóvenes desde hacía mucho tiempo. Nos mostró los dormitorios y después nos sentamos a cenar, una vez más, el encuentro comenzó alrededor de una mesa.

Durante la cena, el padre Joseph Gitonga nos contó parte de la historia del santuario. Aquel día tenía para él un significado especial: la construcción del santuario había comenzado con la participación de un ingeniero italiano. Por eso consideraba una bendición que precisamente ese día un grupo de jóvenes provenientes de Italia estuviera llegando a este lugar.

Había preparado una torta y un vino para celebrar la llegada de los jóvenes a la misión y también el día del párroco, después de la cena, a pesar de la hora y del cansancio del viaje, el padre Joseph quiso acompañarnos a recorrer el santuario.

Con entusiasmo nos fue contando su historia y explicando los diferentes espacios. Las pinturas con escenas de la Biblia aparecían ante nuestros ojos como una historia de la salvación narrada en imágenes.

El padre Joseph Gitonga acogió a los jóvenes misioneros en Marsabit

El Santuario Maria Mfariji de Marsabit es para muchos un lugar de paso, pero también un lugar donde detenerse, es una casa de oración. Un espacio al que se llega para descansar, guardar silencio, hacer un retiro y después volver al camino. También esto pertenece a la misión, porque quien siempre está caminando puede olvidar hacia dónde va. Hay momentos en los que es necesario detenerse, respirar y volver a escuchar.

En aquella noche, mientras recorríamos el santuario, los jóvenes no solamente conocían un lugar. Entraban en contacto con una historia de fe, con la memoria de quienes han caminado antes por estas tierras y con una misión que continúa pasando de una generación a otra.

Al día siguiente, el padre Abel Yosef Tapano ya esperaba para acompañarlos hacia Loyangallani.

Y el camino continúa

El camino hacia Loyangallani apenas comienza. Nairobi, Sagana y Maria Mfariji han sido los primeros encuentros de una experiencia que ahora entra en una nueva etapa. Allí les esperan las comunidades, los jóvenes y tantas historias que todavía están por descubrir.

Estos diez jóvenes llegan no con todas las respuestas, sino con el deseo de escuchar, compartir y dejarse transformar por el encuentro. Porque la misión no consiste solamente en llevar, sino también en recibir; no solamente en hablar, sino en escuchar y aprender.

José Allamano soñó con llevar la Consolación hasta las naciones. Hoy ese sueño continúa tomando nuevos caminos, también a través de jóvenes laicos que se atreven a partir.

Ahora comienza Loyangallani. El camino continúa y, con él, una misión con sabor a Consolación.

* Francisco Martínez, misionero laico de la Consolata colombiano en Kenia.

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