Primeros meses en México

Fotos: archivo IMC México

El grupo de los Misioneros de la Consolata en México ha tenido varios cambios de personal en estos doce años de existencia. Hemos tenido misioneros llegando, otros partiendo y algunos que permanecen  desde la llegada en el año 2008.

Por Ramón Lázaro *

El más recién llegado en este año 2020, es el Padre Ramón Lázaro Esnaola, español, quién últimamente estuvo en Costa de Marfil, África, antes de ser destinado a México. Los cambios, la nueva realidad y la situación actual del COVID-19 son los factores reales que lo hacen compartir con nosotros su experiencia en este periodo de estadía en México.

México profundo, sin superficie de tan interior, subterráneo y lleno de lágrimas desconocidas! (José Revueltas, El luto humano, 1943).

Escapé de Italia el 3 de marzo, de España el 8 del mismo mes y aquí estoy, en un pequeño pueblo del estado de Jalisco, a unos 20 km de Guadalajara, perdido en la geografía mexicana. El avión hizo una parábola para llegar desde España hasta México. Fue una intuición, sólo se puede hablar de este país con parábolas. Así que te voy a compartir mis primeros apuntes de esta nueva etapa de mi vida misionera tras haber pasado menos de cuatro años en España y el mismo tiempo en Kinshasa (RD Congo) y unos quince en Costa de Marfil.

Antes que nada, le agradezco a Dios porque me he sentido muy acompañado por Él en este tiempo tan incierto para la humanidad, acosados por un virus que ha subrayado las maravillas de unos y las intransigencias de otros. Yo tuve la gracia de sentirme acogido, en la familia de una comunidad intercultural (oromo, kikuyu, lombardo y maño). ¡Menuda mezcla! Me sentí rápidamente como en casa, querido y esperado, que no es poco.

Como el COVID-19 ya había hecho su aparición en México desde el 27 de febrero, mi inserción en el país la fui haciendo de a poco. Leí novelas, artículos y los diarios de la comunidad de la Consolata. Aunque mis hermanos hicieron lo que pudieron para presentarme algunas familias y realidades. En nuestra presencia, todo ha sido a cuentagotas.

Una de mis expectativas se vio frustrada de inmediato. Los misioneros de la Consolata tenemos dos comunidades en México que están a más de 1.300 km de distancia por lo que sólo se ven dos veces al año. Una de ellas, la habían fijado a los diez días de mi llegada. Así que todos nos fuimos al aeropuerto para viajar a Tuxtla, en el estado de Chiapas, donde se encuentra la otra comunidad. Pero el superior de la Delegación que acababa de llegar de Estados Unidos Paolo, y yo, no pudimos viajar.

Como llevábamos menos de quince días en el país, el día anterior al viaje, el Presidente del lugar sacó una orden según la cual no podíamos viajar por prevención. Pero no hay mal que por bien no venga, hicimos la reunión por Skype y nos tuvimos que organizar con Paolo, el otro recién llegado; ponernos las pilas para hacer las cosas prácticas de casa. Así es la misión, hay que saber gestionar los imprevistos y aprovecharse de ellos, transformando los obstáculos en oportunidades.

Mi nueva comunidad

El lugar donde vivo tiene unos 1.300 habitantes. Parece tranquilo. Es una población que lleva muchos años aquí y como todo pueblo chiquito, los chismes corren con facilidad de un lugar a otro. Así que, aunque yo no conocía a la gente, ellos enseguida me conocieron. Los he visto muy cercanos a nosotros porque los misioneros que más tiempo han pasado aquí muestran un sincero testimonio de cercanía y sencillez. Me llamó la atención, por ejemplo, que la población local colaboró activamente en la construcción de la casa donde yo vivo.

Los misioneros tenemos aquí la responsabilidad de acompañar a las comunidades que están a unos seis kilómetros de nuestra casa. Los llaman “fraccionamientos”, se trata de complejos urbanos construidos hace unos siete u ocho años para albergar familias que trabajan en la ciudad, en Guadalajara. Hay un fraccionamiento de mil familias y otro de nueve mil. Poco les puedo hablar todavía de ellos porque desde que llegué sólo pude celebrar una eucaristía allí. Luego, la prevención y las autoridades sanitarias y religiosas nos obligaron a retransmitir la eucaristía por Facebook. Menos mal que hay uno en casa que sabe un poco de esa red social porque yo le tengo más bien manía por su falta de seriedad con la gestión de la privacidad. Paz y bien. Ahora resulta que la piedra que deseché se ha convertido en piedra angular para poder llegar a muchas personas en sus casas.

Otro ámbito de encarnación de la comunidad es el acompañamiento psicológico y espiritual. No en vano, dos de los misioneros son psicólogos. Es una realidad que siempre ha estado en mi vida. Últimamente la puse mucho en práctica en Costa de Marfil, así que me alegro poder aportar también en este campo. De todas formas, reconozco que por el momento todo esto son sólo deseos porque el COVID-19 nos tiene a todos en casa. Pero ya llegarán tiempos mejores y seguro que podré cooperar también con el  acompañamiento a jóvenes y familias para ser mejores personas y más proféticos.

Ciertamente, lo que más me ha impresionado de esta realidad ha sido la cercanía y amabilidad de la gente y las terribles noticias que leo cada día de la violencia que hay en el país con una media de ¡ochenta homicidios diarios! No me ha tocado vivir de cerca esta violencia, pero en los momentos de compartir con los hermanos, ellos sí me cuentan situaciones terribles que están acompañando. Por eso creo que efectivamente ese México profundo, sin superficie de tan interior, subterráneo y lleno de lágrimas desconocidas es todo un mundo por descubrir que se va a ir abriendo poco a poco ante mis ojos. Otras realidades están ahí: el narcotráfico, los migrantes, el machismo, el alcoholismo, los abusos, entre otras realidades. Por el momento, apenas he tenido contacto con ellas pero llegará el momento de estar ahí ¡Seguimos caminando!

P. Ramón Lázaro Esnaola, IMC. Misionero en Guadalajara, México.

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