De Kenia al corazón de Las Heras: Padre Kioko Kimilu 25 años de misión en la Argentina

Padre Kioko Kimilu se despide de Argentina tras 25 años de fecunda labor misionera

El keniano de la Consolata se prepara para un nuevo destino. Tras cinco años como párroco de Nuestra Señora de la Misericordia y una vida entregada a la Argentina, afirma: “La misión es obra del Espíritu Santo y siempre te sorprende”.

Por Celina Atencio *

MENDOZA – Las comunidades religiosas suelen medir el tiempo en años, pero el Padre Kioko Kimilu, nacido en la lejana Kenia, prefiere medirlo en encuentros y “sorpresas del Espíritu”. Después de un cuarto de siglo de labor incansable en suelo argentino, el sacerdote misionero de la Consolata se despide de la provincia de Mendoza para emprender un nuevo camino pastoral.

Destino Orán: Donde todo comenzó hace 25 años

La historia del Padre Kioko en Argentina comenzó hace 25 años, cuando dejó su tierra natal en África para cruzar el océano con el corazón abierto. Su primer destino fue San Ramón de la Nueva Orán, en Salta, en la frontera con Bolivia. Allí, vivió en carne propia la esencia de su vocación: habitó en una casa prestada por los vecinos y, partiendo de la nada, comenzó la construcción de la casa parroquiana local.

Aquellos ocho años en el norte argentino fueron fundamentales. Junto a la comunidad, no solo levantaron el edificio físico de la nueva casa pastoral también se organizó durante su presencia en el lugar un Centro para chicos especiales, dejando una infraestructura de amor y contención que aún perdura.

Tras su paso por Salta, su misión se trasladó a la animación misionera vocacional. Con base en el seminario de San Miguel (Buenos Aires), el Padre Kioko se convirtió en un viajero incansable. Su labor consistía en visitar las escuelas Pablo VI en San Francisco, Córdoba y Nuestra Señora de la Consolata de Guaymallén, Mendoza.  Finalmente, después de un buen y fructífero tiempo misionero de pastoreo como vicario y luego párroco en la comunidad parroquial de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa en Jujuy, provincia del Norte Argentino, el destino lo trajo de forma definitiva a Mendoza, una tierra que, según confiesa, no estaba en sus planes originales, pero sí en los de Dios.

Su huella en Nuestra Señora de la Misericorda

Al centro, el Obispo de Mendoza Monseñor Daniel Colombo, a la derecha P. Kioko Kimilu, a la izquierda P. Iga Michael, Nuevo Párroco de la Parroquia de la Misericordia, Las Heras, Mendoza
P. Kioko acompañando un grupo de varones que se reúnen en oración en el “Rosario de Hombres”

En Las Heras, su trabajo comenzó mucho antes de ser nombrado párroco, vinculándose estrechamente con la comunidad a través de la animación. Sin embargo, en los últimos cinco años como Párroco de Nuestra Señora de la Misericordia, el Padre Kioko consolidó un vínculo inquebrantable con los fieles mendocinos, quienes supieron adoptar a este misionero africano como a un hijo de la casa.

Al reflexionar sobre su llegada a la provincia, el sacerdote lo resume con una frase que marca su filosofía de vida:

“Yo no decidí venir a Mendoza, son cosas con las que te sorprende la misión. Es obra del Espíritu Santo. Cuando nos ordenamos siempre se dice que Dios completa y perfecciona esa nueva obra que ha comenzado en ti, hay que llevarla a término; en el camino el Espíritu te va sorprendiendo”.

Rostros que se vuelven historia 

En los últimos cinco años, su labor como párroco en Nuestra Señora de la Misericordia ha sido titánica. No se limitó a las paredes del templo central; su misión se desplegó por ocho capillas, cada una con su propia identidad y desafíos: El Carmen, El Borbollón, La Consolata, Sagrado Corazón de Jesús, Santa Teresita, el Niño Jesús de Praga, la Medalla Milagrosa y la Divina Misericordia.

Para el Padre Kioko, la verdadera transformación de la parroquia ha sido la continuidad. Él sostiene que el lugar crece con el “granito de arena” de cada fiel, y hoy entrega una comunidad que ha madurado profundamente en lo pastoral, fruto de caminar y transitar los barrios día tras día.

Al momento de la partida, lo que más pesa en el corazón del misionero no son las obras materiales, sino los vínculos. “Me voy con los rostros de la gente”, afirma conmovido. Para él, en cada rostro hay una historia, una huella y un camino compartido. Siente que esta es una misión cumplida, pero reconoce que extrañará profundamente la alegría, el entusiasmo y esa familia mendocina que siempre le hizo sentir que “esta es tu casa también”.

La libertad de volver a empezar

Padre Kioko reflexiona sobre la esencia misma del ser misionero. “La misión te capacita, te da la libertad de empezar de cero en otro lugar”, explica. Para él, es la misma vocación la que prepara el corazón para encontrar un nuevo camino y abrazar una nueva realidad con la misma entrega que el primer día. Se va de Argentina un sacerdote que es amigo, maestro y guía, nos deja su ejemplo; la obra del Espíritu Santo, esa que empezó hace décadas, sigue su curso en otras tierras, pero con el sello imborrable de su paso por Mendoza. Con la certeza de que la misión es un camino dinámico donde lo más importante es estar dispuesto a dejarse sorprender.

 ¡Gracias por estos 25 años de entrega en suelo argentino!

* Por Celina Atencio, miembro del Equipo de Comunicaciones Consolata Argentina. 

 P. Kioko con monaguillos y comunidad de fieles.
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