Curso G50: medio siglo de misión y la misma determinación de siempre

Un conocido dicho popular dice: «Al final, las cosas son hermosas porque sabes que tienen un final». Así fue precisamente en el caso de la experiencia del curso de formación continua G50 celebrado en Roma en septiembre de 2026.

Por Giacomo Mazzotti *

Lo sabíamos desde el principio, cuando, tras llegar de diversas partes del mundo, nos reunimos en la Casa Generalicia: no teníamos idea de lo que nos esperaba, ese camino que luego intentamos relatar en las crónicas (un poco traviesas) a lo largo de todo el mes que duró el curso.

Padre Mathews Odhiambo, padre James Lengarin y padre Antonio Rovelli

La celebración de la misa propia de la Santísima Consolata, el sábado 26 de septiembre, fue la síntesis de todo este recorrido. El rito comenzó en el Auditorio, el lugar que albergó la mayor parte de nuestros trabajos. El padre James Lengarin, Superior General, presidió la celebración y encabezó la procesión llevando la reliquia de San José Allamano. Detrás de él avanzaban la antorcha del Centenario, la pancarta del G50 con los diez participantes del curso – cada uno con una pequeña vela apagada en las manos – y el numeroso grupo de misioneros de la Casa Generalicia.

Auditorio San Giuseppe Allamano

Las lecturas de la liturgia, tomadas del libro del profeta Sofonías (3,14-17) y del Evangelio de la Visitación (Lucas 1,39-48), sirvieron de inspiración para la intensa homilía del Padre General, centrada en el significado profundo del G50, que podemos resumir en este mandato: «Como María, sigan levantándose y avanzando. Como Isabel, sepan hacer exultar a quienes encuentren. Como Sofonías, sigan creyendo que Dios baila de alegría por su pueblo».

«La misión no es una idea, es un movimiento; no es un título, es un camino; no es un privilegio, es un servicio», afirmó el padre James Lengarin y agregó: “En estos cincuenta años de sacerdocio, ustedes han vivido la misma dinámica: se han levantado y han seguido adelante. Han entrado en los hogares, en las periferias, en las culturas, en las heridas de la humanidad. Han llevado a Cristo no como una teoría, sino como una presencia. La Visitación es su historia: una historia de pasos, de kilómetros, de encuentros, de manos tendidas, de consuelo dado y recibido”, recordó.

El padre James Lengarin con la reliquia de San José Allamano.

Al agradecer a los misioneros del curso G50, el padre Lengarin reiteró: “Su presencia, su testimonio y su fidelidad son para todos nosotros un signo luminoso de la gracia que obra en la historia personal y comunitaria. Cincuenta años de ministerio y de vida entregada no son solo un hito: son un altar de memoria, un pozo de experiencia y una puerta abierta al futuro. «Pidamos al Señor un don sencillo y audaz: la gracia de ser visitantes y consoladores, hombres que llevan a Cristo con la prisa del amor y la alegría del Evangelio», concluyó el Superior General.

La renovación de la profesión religiosa

Tres gestos significativos marcaron luego el momento en que los misioneros del curso, con la vela y el texto de la profesión en la mano, renovaron sus votos:

  • El encendido de las velas con la antorcha del Centenario, para que la luz del Espíritu siga guiando a los misioneros jubilares por los caminos del mundo como consagrados ad gentes.
  • La imposición de manos por parte del Superior General, sucesor del Santo Fundador, José Allamano, como transmisión de su carisma y señal de comunión con todo el Instituto.
  • La renovación de la profesión religiosa, destinada a avivar el fuego de la misión, el entusiasmo por el Evangelio y el compromiso de ser testigos auténticos entre los jóvenes y en sus respectivas comunidades.

Inmediatamente después de la oración posterior a la comunión, la celebración dio lugar a los debidos y sinceros agradecimientos: un representante del G50 leyó un mensaje sustancioso dirigido a los hermanos misioneros «de hoy y de mañana».

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El padre Mathews, en nombre de la Dirección General y como principal responsable del curso, expresó la gratitud de todos hacia quienes hicieron posible esta experiencia, mencionando de manera especial a los miembros de la Casa Generalicia (en particular al padre Osvaldo Coppola y al padre Gabriele Casadei) por su acogida fraterna y atenta. El Padre General, por último, abrazó a cada uno de los participantes y les entregó un pequeño obsequio como recuerdo de este «mes romano».

El canto final a la Virgen Consolada y la tradicional foto de los misioneros jubilares alrededor del altar sellaron la solemne celebración. Nos despedimos así de estos hermanos nuestros que, «ricos en años» pero visiblemente rejuvenecidos en el espíritu, regresan ahora a su valiosa labor en la viña del Señor.

* Padre Giacomo Mazzotti, IMC, Equipo de comunicación del Curso G50.

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