Vida consagrada para la misión: Menos cenizas y más fuego

“Empezando de nuevo desde Cristo: ideas para un compromiso renovado con la Vida Consagrada”. Fotos: Jaime C. Patias

El último día dedicado a la Vida Consagrada –y por tanto a nosotros, Consagrado para la Misiónen el programa del curso G50 en Roma, tuvo un invitado especial: el padre Stefano Camerlengo, ex Padre General y ahora Superior de la Delegación IMC en Costa de Marfil.

Por Giacomo Mazzotti *

Digámoslo claramente: tras los traumas de la pantalla negra y el “¿me oyes?” de la videoconferencia de pasado curso celebrado en mayo (una verdadera prueba de paciencia misionera a causa de las conexiones bailarinas), tenerlo de persona, huesos y presencia fue una suerte real, aunque inmerecida.

El padre Stefano se presentó exactamente como siempre lo hemos conocido: genuino acento de la tierra que lo engendró, energía hasta para vender, broma fácil y una avalancha de anécdotas. Por otro lado, tras 18 años en la dirección general y visitando cada rincón del mundo donde late un corazón IMC, su archivo de historias, rostros y entresijos es prácticamente infinito.

Padre Stefano Camerlengo, IMC, Superior de la Delegación de Costa de Marfil

La mañana del 16 de septiembre comenzó con dos conversaciones, que culminaron en un momento de puro intercambio en familia. Sobre la mesa, un informe de treinta páginas (sí, has leído bien: ¡treinta!) con un título decididamente exigente: Empezando de nuevo desde Cristo: ideas para un compromiso renovado con la Vida Consagrada.

No te preocupes, no era un ladrillo teológico. Al contrario, fue la última pieza decisiva de nuestro mosaico IMC, porque nuestro orador devolvió al centro lo único que realmente importa: la primacía de Cristo.

Es así porque pudiéramos tener las estrategias de marketing misionero más brillantes del mundo y una organización multinacional, pero sin Él solo hacemos un gran activismo (o un poco de formación). Empezar de nuevo desde Cristo es el único secreto real para no perder alegría, estabilidad y esa sana locura profética que se necesita para ser, de verdad, consagrados para la Misión.

No podemos aquí relatar cada palabra de ese discurso que nos mantuvo despiertos toda una mañana. Por tanto, haremos como el sabio escriba del Evangelio, extrayendo (con nuestras propias palabras) del tesoro que el padre Stefano nos dio algunas “perlas” (o consejos), valiosos por nuestro compromiso misionero.

  • Empezar de nuevo desde Cristo, es decir, redescubrir la chispa (antes de que se convierta en cenizas). Ante la desorientación y el desánimo, la única salida es enamorarse nuevamente de Jesús de Nazaret. Empezar de nuevo desde él significa redescubrir la frescura del primer amor y ese valor que nos hace capaces de todo, dejando atrás las fórmulas rígidas o los vacíos de esperanza.
  • Cultivar la interioridad (para evitar la superficialidad). Cuidar la vida interior no es opcional, sino el motor que nos salva de relaciones superficiales, ansiedades y cotilleos. Poner al Espíritu primero es la única opción capaz de sacudir el mundo e intrigar a las nuevas generaciones.
  • Ser testigos (porque la esencia de la Iglesia es la misión). No podemos permanecer en silencio sobre la belleza de lo que hemos visto y experimentado. No es la Iglesia la que tiene una misión, sino la misión que dio vida a la Iglesia. Existimos por una razón precisa: ser una comunidad de testigos que proclaman y sirven sin temor a los desafíos de nuestro tiempo.
  • Vivir la comunidad (hermanos y hermanas, no solo personas que viven juntos). La verdadera fraternidad no es una coexistencia trivial, sino una misión emprendida juntos. Cuando separamos la vida común de la proclamación, entramos en crisis. Caminar de dos en dos, como quería el Maestro, es una opción que rompe barreras y muestra al mundo que el compartir realmente existe.
  • Elegir a los más pequeños (ya que los pobres son nuestra brújula). Seguir a Jesús significa vivir en las periferias de la historia y adoptar su mirada paradójica, que encuentra la victoria en el servicio y en el don de si mismo. En el nuevo alfabeto eclesial, la opción a favor de los pobres es un camino de salvación y de conversión obligatoria: sin los últimos no hay autenticidad.
  • Para preservar la memoria (de nuestros testigos del pasado). Para renovar nuestras estructuras debemos leer la historia de nuestros misioneros y de quienes defendieron los derechos de los más débiles, incluso arriesgando sus vidas. No es nostalgia, sino un recuerdo peligroso lo que vuelve a poner en circulación el fuego del Evangelio. Recordemos que caminar sin la Cruz significa ser mundanos, no discípulos.
  • Elige una vida consagrada humilde y concreta. Es hora de dejar a un lado el triunfalismo y las antiguas glorias. La gran historia que hay que construir no sirve para hacernos pavonear, sino para ponernos al servicio de la realidad. Redescubramos que estamos orgullosos de ser pequeños, de vivir inmersos en Dios para ser enviados como hermanos entre hermanos.

En resumen. En estos días hemos pasado juntos por nuestras debilidades: conocemos las sombras, las desuniones y las penurias que a veces delatan la misión y la vida de los consagrados para la misión, es decir, nosotros. Es cierto, llevamos tesoros inmensos en vasijas de barro y sin embargo, precisamente desde esta pobreza nuestra, queremos seguir soñando.

Como misioneros de Consolata, desde los más mayores hasta los más jóvenes, seguimos teniendo una fuente inagotable de compasión, creatividad y entrega personal para ofrecer al mundo.

¡Si tan solo supiéramos“, como nos recuerda San José Allamano,  “la inmensidad del don que Dios nos ha dado al llamarnos a este Instituto! Este don será seguido por un crescendo de gracias, si sabemos apreciar la vocación y responder a ella.”

No tenemos armas para luchar, ni buscamos el prestigio del mundo. Como San Francisco, ponemos al servicio de la Iglesia las únicas armas de los pequeños: amor, pobreza y paz. No necesitamos nada más. Con la mochila al hombro, vayamos y vivamos, al pie de la letra, el Evangelio del Señor.

* Padre Giacomo Mazzotti, IMC, equipo de comunicación del Curso G50.

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