De la grieta nace la Esperanza: El Testimonio de Carapita, Venezuela

El dolor es innegable, pero la respuesta humana y de fe ante la tragedia lo es aún más. Semanas después del fuerte evento sísmico que el día 24 de junio sacudió a Caracas, Guarenas y el litoral central, provocando aproximadamente 2.300 muertes y 11.000 heridos, más de 50.000 desaparecidos según la ONU, las heridas en la infraestructura y en el alma de las comunidades siguen expuestas. Sin embargo, en medio de los escombros de las zonas más vulnerables, se está levantando una red invisible pero indestructible de solidaridad.

Por Clemente Pedro Ernesto Madeira *

En los sectores más golpeados, donde el acceso a los servicios básicos colapsó, la vida cotidiana se ha convertido en una resistencia comunitaria. La gente no espera de brazos cruzados; los vecinos se organizan para remover restos, compartir lo poco que ha quedado y cuidarse mutuamente, demostrando que la dignidad humana no se quiebra con el movimiento de la tierra.

La Parroquia de Carapita: Un Puente de Salvación

En el corazón de este esfuerzo se encuentra la parroquia de Carapita, un epicentro de dolor por los daños materiales, pero también el faro de luz más brillante de la zona. Los Misioneros de la Consolata, fieles a su carisma de llevar consuelo allí donde el sufrimiento es mayor, han transformado el espacio parroquial en un centro logístico de emergencia y en un santuario de esperanza activa.

La parroquia se ha convertido en un verdadero puente de distribución para toda la comunidad. Desde allí, el trabajo no cesa:

Distribución de agua potable: Ante la escasez del líquido tras la fractura de tuberías, la misión coordina la llegada y el reparto equitativo de agua.

Alimentos y ropa: Se clasifican y entregan diariamente víveres y vestimenta para las familias que lo perdieron todo.

Refugio y escucha: Más allá del apoyo material, el espacio ofrece contención emocional y espiritual para quienes enfrentan el trauma y el duelo.

El Testimonio de la Consolata: “Consolad a mi Pueblo”

El párroco, padre Charles Gachara Munyu, junto al equipo de misioneros de la Consolata en Carapita, vive esta realidad en primera línea, no como espectadores, sino como parte del mismo cuerpo sufriente que busca levantarse.

“Nuestra misión nunca ha sido la de estar cómodos, sino la de estar donde el pueblo gime”, comparte el Padre Charles. “Vivir este pos-terremoto aquí nos muestra la fragilidad de las cosas materiales, pero también la grandeza del espíritu de nuestra gente. Cuando la tierra se movió, lo único que quedó en pie fue la fe y la solidaridad mutua. Ver a una madre que perdió su techo y compartir su ración de agua con el vecino, nos demuestra que Dios sigue vivo en medio del dolor”.

Dra. Marietta Rea Lares, Padre Charles Gachara y Yesenia Alcalá, LMC

Para los misioneros, la labor va de la mano con las organizaciones civiles y el voluntariado local. La Iglesia no actúa sola; convoca, une y canaliza la buena voluntad de propios y extraños. Cada caja de ayuda que llega se transforma en un mensaje directo: no están solos.

Historias de Esperanza: El Milagro de la Comunidad

En medio de la tragedia, brotan crónicas que merecen ser contadas. Como la de los jóvenes del sector que, en lugar de sumirse en la desesperación, formaron cuadrillas de rescate y apoyo para los adultos mayores de las zonas altas de Carapita, cargando bidones de agua y acompañando a quienes no pueden movilizarse; o el testimonio de las cocineras comunitarias, que mantienen los fogones encendidos para asegurar que ningún niño se acueste con el estómago vacío.

El panorama sigue siendo desafiante y la reconstrucción será larga. Sin embargo, el tejido social y eclesial que se ha fortalecido en Carapita es la prueba fehaciente de que la destrucción no tiene la última palabra. La Consolata y su comunidad siguen allí, firmes, demostrando que cuando todo se cae, el amor permanece y reconstruye.

Consuelo en la acción: Comunidad y espiritualidad ante la emergencia

La respuesta ante la crisis provocada por el reciente sismo no solo se ha gestado en el terreno de la asistencia material, sino también en el espacio profundo de la espiritualidad y la organización comunitaria. En una reciente mesa de trabajo y evaluación, los equipos locales compartieron las duras vivencias experimentadas durante el terremoto y los complejos días posteriores. Lejos de quedarse en el lamento, el encuentro sirvió para evaluar las acciones en curso y, de manera crucial, diseñar un plan de contingencia estratégico para cubrir los vacíos y brechas que suelen aparecer en la atención a largo plazo de los damnificados.

Conscientes de que el impacto de una catástrofe trasciende lo físico, se ha estructurado una jornada de formación en atención y acción social para el próximo viernes 10 de agosto a las 4:00 p. m. Este espacio dotará a los voluntarios y líderes de herramientas psicológicas y emocionales fundamentales, bajo una premisa clara y profundamente humana: la necesidad de consolarnos mutuamente para, desde esa fortaleza interna, ser un verdadero consuelo para el hermano que sufre.

Esta visión de acompañamiento y presencia de calidad no es aislada; responde directamente al carisma de los misioneros de la Consolata, quienes han estado en la primera línea de contención. Como reflejo de esta red de solidaridad que derriba fronteras, la comunidad se unió también en una Eucaristía binacional por Venezuela, presidida desde Colombia por el padre Leonel Narváez, Fundador de las Escuelas de Perdón y Reconciliación (ESPERE). Este acto litúrgico no solo fue un momento de oración, sino la reafirmación de un compromiso vivo: ser agentes activos de consuelo y esperanza allí donde las paredes se agrietaron, pero la fe y la organización social permanecen intactas.

* Padre Clemente Pedro Ernesto Madeira, IMC, misionero en Caracas.

Parroquia de San Joaquín y Santa Ana de Carapita
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