Ética del Encuentro: el otro como rostro y no como objeto

La encarnación es el fundamento de toda ética del encuentro, ya que como cristianos estamos llamados a ello no solamente por una razón antropológica o moral, sino cristológica: Dios mismo salió al encuentro de la humanidad en Jesucristo y es él quien nos ha invitado a compartir su misión, ¡él nos ha enviado a encarnarnos a su modo!

Por Sor Ivannia López *

Así, los “otros” dejan de ser objetos a evangelizar o usar para el propio capricho, pues no son depositarios de la misión que realizamos o destinatarios pasivos, sino compañeros(as) de camino, todos hermanos en el Señor. Esta convicción fue el mismo Jesús quien nos la reveló ante la pregunta de “¿quién es mi prójimo?”, Jesús nos dio a conocer el bello relato del “hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó”, devolviendo la inquietud del doctor de la ley diciendo: “¿cuál de los tres te parece que se portó como prójimo…?” (cf. Lc. 10, 25-37). Es una invitación a él y a nosotros, hijos(as) de este siglo XXI, a ser “prójimos-samaritanos” de los demás.

De ahí se desprende que no se trata solo de hacer el bien y acercarnos al otro como un distinto, sino de reconocer que compartimos una misma humanidad y que, incluso desde la fe, podríamos decir que tenemos un mismo Padre del cielo. Ser prójimos nosotros, antes de esperar que el otro se convierta en prójimo para mí, es el primer paso de una ética del encuentro.

El misterio del otro, mi hermano

Ante esta certeza, si el otro con quien me encuentro en la misión no es un alguien cualquiera, sino mi hermano, ese rostro me invita a un verdadero diálogo. Ya no me acerco a él como quien posee respuestas para ofrecerlas desde arriba, ni como quien pretende transformarlo según los propios criterios, sino como quien reconoce en él una dignidad que merece ser acogida.

San Juan Pablo II, por ejemplo, en su “Teología del cuerpo” propone la visión del otro como sujeto digno de ser amado y, por ello, merecedor solo del amor y no del uso; si al otro no lo contemplo con esta dignidad, se “cosifica” disponiéndolo al dominio, explotación y, potencialmente, al abuso.

Nos ha dicho el Papa Francisco que el misionero “reconoce la condición actual en la que se encuentran las personas reales, con sus límites, sus pecados, sus debilidades, y se hace «débil con los débiles»” (21 de mayo de 2020). Esto significa que aquellos a quienes llevamos la Buena Nueva tienen un rostro concreto, con una historia de salvación que es tocada por la misericordia de Dios, tanto como la nuestra. 

Los otros nos enseñan, no sólo nosotros a ellos. El misionero y aquellos con quienes se comparte la misión son dos misterios que se encuentran y, ambos, han de ser tierra sagrada donde el Señor sigue sembrando su gracia. Dejarse asombrar es una medicina ante la tentación de instrumentalizar al otro, lo que muchas veces no se hace por maldad sino, quizá, por el deseo de colaborar en su conversión. Pero cuidado con creer que los demás son proyectos que debemos transformar, convirtiéndonos así en casi redentores donde el Espíritu Santo poco aporta a nuestra evangelización, pues le robamos el centro.

Al encuentro en nuevos areópagos y continentes

El Otro, con mayúscula, es quien inspira toda experiencia misionera y encuentro con los otros, en minúscula. Es esa relación con el Resucitado la que da sentido a nuestra evangelización y nos permite ser testigos hoy, incluso donde existe un nuevo continente que se llama “digital”. Este espacio de encuentro no puede quedarse en una nube o algoritmo, sino en una tierra donde el Evangelio tiene la capacidad de seguir cautivando el corazón de quienes, a través del “scroll”, buscan el sentido a su vida.

Así como San Pablo y todos los misioneros de la historia llevaron el Evangelio a todos los rincones, hoy también tenemos esta tarea. Sin embargo, existe la tentación de convertir la evangelización en una gestión, olvidando que el verdadero protagonista de la misión es Cristo y no nuestras propias capacidades. En este sentido, el documento “Hacia una plena presencia”, del Dicasterio para la Comunicación (2023), señala: “Este es nuestro testimonio: hemos de atestiguar, con nuestras palabras y nuestras vidas, lo que Otro ha hecho. Así, y sólo así, podemos ser testigos – e incluso misioneros – de Cristo y de su Espíritu. Esto incluye también nuestra presencia en las redes sociales”.

Por ello, me parece interesante preguntarnos: ¿qué actitud debe tener el misionero cuando entra en los nuevos areópagos o incluso en el continente digital? Quizá un buen aporte a nuestra reflexión sería abordar una virtud frecuentemente olvidada: la paciencia. En una cultura marcada por la inmediatez, las respuestas rápidas y la búsqueda constante de resultados visibles, el discípulo misionero está llamado a recordar que la obra de Dios sigue ritmos distintos a los de los algoritmos. Evangelizar no consiste en acumular seguidores, reacciones o visualizaciones, sino en acompañar procesos humanos y espirituales que requieren tiempo, escucha y perseverancia. ¡Cada perfil es un rostro, un alma, un ser humano!

Discernimiento en la era digital

Este es el tema que ha puesto sobre la mesa en su primera Encíclica “Magnifica Humanitas” el Papa León XIV, quien con fuerza ha abordado no sólo la inteligencia artificial, sino toda la revolución digital que ahora nos compete. Nos ha señalado que “la calidad de una civilización se mide no por el poder de sus medios, sino por el cuidado que sabe ofrecer, por la capacidad de reconocer un rostro en el otro y no una función” (Magnífica Humanitas, 140). De ahí nuestro discernimiento ético y misionero: ¿cómo encontrarnos con los rostros de nuestros hermanos, al modo de Jesús? 

El Papa León XIV nos ha señalado un camino diciéndonos que el diálogo es una dimensión ordinaria de la vida humana y que no se refiere únicamente a las relaciones entre los Estados. Se trata de adquirir una actitud para construir lazos de fraternidad, hechos de escucha, de miradas sinceras, de tiempo dedicado, incluso de tiempo perdido juntos; porque, si experimentamos el encuentro auténtico con el otro, el diferente, el extranjero, el migrante, se vuelve mucho más difícil imaginar la guerra (cf. Magnífica Humanitas, 220).

A modo de conclusión: reconocer la historia sagrada y compartida del hermano es descubrir que la misión es en sí misma un lugar teológico del encuentro con Dios. Su ética no es un ideal abstracto, sino una forma concreta de vivir el Evangelio del buen samaritano, donde la gratitud crece al descubrir que, a través de la herida de mi hermano, tengo la oportunidad de que el amor de Dios siga encarnándose en realidad hoy, ya sea en lo digital o lo presencial, porque donde haya un rostro, hay una misión.

Referencias Bibliográficas

Dicasterio para la Comunicación. (28 de mayo de 2023). Hacia una plena presencia. Recuperado de https://www.vatican.va/roman_curia/dpc/documents/20230528_dpc-verso-piena-presenza_es.html 

Francisco. (21 de mayo de 2020). Mensaje del Santo Padre a las Obras Misionales Pontificias. Recuperado de https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2020/05/21/mens.html 

León XIV. (15 de mayo de 2026). Carta encíclica Magnífica Humanitas. Recuperado de https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/encyclicals/documents/20260515-magnifica-humanitas.html

* Por Sor Ivannia López Gurdián, ODA Religiosa Oblata al Divino Amor, costarricense de nacimiento. Misionera en una parroquia bilingüe de Estados Unidos, colaborando con el Ministerio Hispano. Amante de la lectura y de compartir con otros un buen café.

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