
Hay una expresión que usamos casi sin pensar: «caer enamorados». La decimos con tanta naturalidad que ya no nos preguntamos qué estamos diciendo. Y sin embargo es curioso que, para hablar de una de las experiencias que más deseamos, echemos mano de la imagen de una caída.
Por Francisco Martínez *
Caer es perder el equilibrio, tropezar, soltar aquello que nos mantiene en pie. Decimos que hemos «caído» en el amor como si, para amar, hiciera falta dejar de sostenernos.
Por eso me detuve al leer una frase cuyo autor no conozco: «I don’t want to fall in love. I want to rise in it». No quiero caer en el amor, quiero levantarme en él. No sé si pretende resolver algo, pero me quedó haciendo ruido, porque cambiando una sola palabra cambia la imagen. Ya no vemos a alguien que pierde el equilibrio, sino a alguien que se pone de pie. El amor deja de ser algo que nos arrastra y pasa a ser un lugar donde se puede crecer.
Basta con fijarse en cuántas expresiones parecidas tenemos. Alguien «cayó rendido», «perdió la cabeza», «está loco por ella», «está en sus manos», «se entregó por completo». Son hermosas, algunas hasta poéticas, y no pretendo condenarlas. Pero todas presentan al enamorado como alguien que pierde algo de sí, como si amar fuera quedar a merced de otro.

Las palabras no son inocentes: nombran la realidad y también nos enseñan a mirarla. Tal vez aprendimos a imaginar el amor como una caída cuando podríamos imaginarlo como un camino. Amar nos expone, porque deja entrar al otro justo donde puede herirnos. Pero una cosa es ser vulnerable y otra muy distinta es dejar de ser uno mismo.
Podríamos, entonces, cambiar la imagen y hablar de levantarnos en el amor. Levantarse no es ponerse por encima de nadie ni hacerse fuerte para no necesitar a los demás. Es recuperar la posibilidad de caminar, encontrar de nuevo el equilibrio, descubrir que después de una caída todavía queda camino. Es vivir el amor como un lugar donde uno no desaparece, sino que aprende a crecer.
Amar no debería obligarnos a caer desde donde estamos para encontrarnos con otra persona. Al encontrarnos descubrimos fuerzas nuevas para caminar. El otro no viene a completar lo que sentimos que nos falta; si lo esperamos así, ponemos sobre sus hombros una carga que nadie puede llevar. Se trata de encontrar a alguien que nos ayude a descubrir lo que todavía podemos llegar a ser, y de volvernos nosotros esa clase de persona para él o para ella.

Y ahí entra Jesús
Basta mirar cómo trataba a la gente para notar que su presencia tenía ese efecto: ayudaba a levantarse. No se acercaba para crear dependencia ni para ocupar un lugar que solo cada uno podía ocupar en su propia vida. Se acercaba para devolver algo perdido. Al herido le devolvía la dignidad; al rechazado, un sitio; al cargado de culpa, misericordia; al que había perdido el rumbo, un camino.
Hay algo profundamente lindo en esa manera de amar. Jesús no ama para poseer, ama para liberar. Quiere que el otro pueda volver a caminar, no que se quede apoyado en él. Por eso, cuando dice «ámense los unos a los otros como yo los he amado» (Jn 13,34), no propone un sentimiento bonito ni una emoción pasajera. Propone una forma de estar delante del otro: cómo mirar, cómo acercarse, cómo escuchar y cuidar.
Con Jesús en el centro, la pregunta cambia. Ya no basta con saber si estoy enamorado ni cuánto siento por alguien. Hay que preguntarse qué produce mi manera de amar en la vida de la persona que tengo delante. ¿La hace más libre o más dependiente? ¿Puede ser ella misma a mi lado? Y cuando cae, ¿encuentra en mí una mano que la ayude a levantarse?

Amar como Jesús tampoco es ahorrarle al otro todas sus dificultades. Él no vivió así. No eliminó por arte de magia el sufrimiento de nadie ni recorrió el camino en lugar de otros. Hizo algo más sencillo y más hondo: se quedó cerca. Miró, escuchó, tocó la herida, caminó un trecho con ellos. Después dejó que cada uno siguiera su camino.
A veces creemos que amar es resolverle la vida al otro, evitarle todo dolor, cargar con todas sus heridas. Pero no podemos caminar por él. Podemos acompañarlo, no sustituirlo; sostenerlo, no vivir por él.
Y aquí aparece una palabra con especial peso para quienes intentamos vivir el Evangelio: la consolación.
Consolar no es decirle a alguien que todo va a estar bien, ni buscarle de inmediato una explicación a su sufrimiento. Consolar es más humilde: acercarse y quedarse. Que el otro sepa que no tiene que atravesar su desolación solo. A veces no tenemos respuestas, pero sí presencia. No podemos quitar la herida, pero podemos evitar que quien la lleva tenga que esconderla por miedo a ser juzgado.

Esto vale para la pareja, pero también para la amistad, la familia, la comunidad y una Iglesia que quiere estar cerca de la gente. Una de las formas más concretas de saber si amamos como Jesús es mirar cómo salen de nuestro encuentro quienes pasan por nuestra vida: un poco más libres, más esperanzados, más reconciliados consigo mismos.
Hay amores que nos hacen caer de nosotros mismos. Nos empequeñecen, nos quitan libertad, nos hacen olvidar quiénes somos. Otros nos ayudan a recuperar el equilibrio.
Por eso la pregunta no es solo «¿estoy enamorado?», sino «¿este amor me está ayudando a levantarme?» y «¿mi manera de amar ayuda al otro a levantarse?». Levantarse en el amor no significa levantarse solos. Es dejar que alguien camine a nuestro lado y estar dispuestos a caminar junto a quien hoy no tiene fuerzas para hacerlo solo.
Ahí comienza la consolación: haber sido levantados por el amor y aprender, poco a poco, a levantar a otros.
* Francisco Martínez, Laico Misionero Colombiano en Kenia – Africa.


