
Celebrábamos el domingo pasado, 17 de mayo, la Solemnidad Litúrgica de la Ascensión del Señor y resuenan todavía las palabras del Señor Jesús, “Vayan pues y hagan discípulos… yo estoy con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28,19-20), como una advertencia contra cualquier tentativa de pasividad. Contemplando el Señor glorificado, la Iglesia es llamada al compromiso con la evangelización, abriendo cominos de esperanza.
Por Freddy Alberto Gómez Pérez *
Celebraremos este domingo 24 de mayo la solemnidad de Pentecostés, consumación de una promesa, “… ustedes serán bautizados con Espíritu Santo … Ustedes recibirán una fuerza, cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes, y de este modo serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hch 1,5.8). Espíritu que es don del Padre y del Hijo, memoria constante de Cristo en la Iglesia, Maestro Interior, Guia y Consuelo del Pueblo de Dios en misión.
Pentecostés no debe entenderse simplemente como un acontecimiento confinado a la cronología del pasado, sino como el propio nacimiento y actualidad de la misión universal de la Iglesia. Él es el protagonista por excelencia de toda la misión eclesial; es quien guía al Pueblo de Dios por los caminos de la evangelización, permitiendo que la Buena Nueva se difunda entre todas las naciones y culturas.
La misión es la concreción del Nuevo Pacto sellado, ya no en tablas de piedra, sino por el Espíritu en lo más profundo de los corazones. A través del derramamiento que tuvo lugar en Jerusalén, la Iglesia recibió la fuerza para dar testimonio de Cristo hasta los confines de la tierra. Pentecostés transforma así la promesa del Salvador en una realidad viva e histórica, guiando a la Iglesia en su vocación de introducir a todos los pueblos en la vida divina.

Dóciles al Espíritu
Por todo esto, vivir el Pentecostés hoy requiere absoluta docilidad ante las inspiraciones del Espíritu Santo. Siendo dóciles al Espirito, los Misioneros de la Consolata, reunidos en los Capítulos Generales en San Pablo 2005 y en Roma 2011, orientaron y definieron una nueva apertura en el continente africano, en un país de habla portuguesa. Después de deliberaciones y consultas los misioneros del continente africano optaron por Angola, antigua colonia portuguesa.
Hasta el siglo XV, antes de la llegada de los europeos el territorio estaba habitado por pueblos khoisán y, posteriormente, por comunidades bantúes. Se organizaron grandes estados centralizados, de los cuales el más destacado fue el Reino del Congo (que se extendía hasta partes de las actuales repúblicas del Congo y Gabón). Su nombre proviene de la palabra Ngola, un título que usaban los reyes del pueblo Mbundu.
Los navegantes portugueses llegaron a la costa angoleña en 1482, más o menos 10 años antes de la llegada de Cristóbal Colón a lo que conocemos hoy como América. Al principio, las relaciones fueron de cooperación pacífica, pero pronto la presencia portuguesa se centró en la explotación de recursos y, sobre todo, en el tráfico de personas esclavizadas. Durante siglos, millones de angoleños fueron enviados a las Américas, especialmente a Brasil.
En 1951, Angola fue categorizada como provincia de ultramar. Ante la opresión, el trabajo forzado y la falta de derechos, en 1961 estalló una sangrienta guerra de independencia liderada por tres movimientos principales: el MPLA (Movimiento Popular de Liberación de Angola), la UNITA (Unión Nacional para la Independencia Total de Angola) y el FNLA (Frente Nacional de Liberación de Angola). La guerra culminó cuando la Revolución de los Claveles en Portugal (1974) forzó la descolonización, logrando Angola su independencia el 11 de noviembre de 1975.
Tras la independencia, las profundas divisiones ideológicas entre los tres movimientos desencadenaron una devastadora Guerra Civil. El conflicto se agravó debido a la Guerra Fría, convirtiéndose en un campo de batalla entre Estados Unidos y sus aliados (que apoyaban a la UNITA) y la Unión Soviética y Cuba (que apoyaban al MPLA). Tras décadas de conflicto, el enfrentamiento terminó definitivamente en 2002 con la muerte del líder rebelde Jonás Savimbi y la firma de los acuerdos de paz.
Desde el fin de la guerra, Angola ha vivido en relativa paz y ha experimentado un intenso crecimiento económico, impulsado principalmente por ser uno de los mayores productores de petróleo del África subsahariana y un importante exportador de diamantes. A pesar de esta riqueza, el país continúa trabajando para diversificar su economía, reducir la desigualdad social y sanar las cicatrices materiales y humanas heredadas de décadas de conflicto. A pesar de que, en mucho, esto se queda en un mero deseo pues en la práctica el país se encuentra sumido desde finales de 2014 en una profunda crisis económica, que no ha hecho sino agudizar más y más la brecha que separa ricos y pobres, convirtiendo la realidad angolana en un contraste de excesos: algunos excesivamente ricos frente a muchos excesivamente pobres.

En este contexto llegaron los primeros misioneros de la Consolata a Angola, era el día 01 de agosto de 2014 Los tres primeros misioneros fueron los padres Sylvester Oughuto, keniata; Dani Romero, Venzolano, Ambos recién ordenados, su última fase de formación fue en S. Paulo Brasil; y el Padre Fredy Alberto Gómez, colombiano, con tres años de ordenación y experiencia misionera en Kinshasa, República Democrática del Congo. A su llegada en el Aeropuerto Internacional Veinte de Febrero, en la capital Luanda, fueron recibidos por el padre Pendawazima, Vice superior Geral de los Misioneros de la Consolata y el Padre Hernan, superior local de los Misioneros de Yarumal. Los Misioneros de Yarumal nos acogieron y nos apoyaron lo primero meses de estadía, forjando una amistad misionera que perdura hasta hoy.
El primer campo de misión fue un territorio desmembrado de la parroquia de Santísima Trindade, Diócesis de Viana, bajo responsabilidad pastoral de los Misioneros de Yarumal. Rápidamente este territorio pasó a ser Parroquia de San Agustín en el barrio Capalanga. Iniciamos de una manera simples nuestra presencia en medio de la comunidad, habitando en una casa de alquiler, pagada por la comunidad local, sin vehículo de transporte, recorriendo a pie o en mototaxi el territorio. Fue el momento más feliz del inicio de nuestra presencia. En estos primeros momentos nos dedicamos a formar la comunidad intentando darle un rostro propio, siguiendo después la construcción de algunas estructuras básicas.
Un año y medio después la Dirección general insistió en la apertura de una nueva presencia. Nos ubicamos en Funda, Diócesis de Caxito, también en la periferia de Luanda. Ahí asumimos la Parroquia de Nuestra Señora Consolata. La Comunidad Misionera fue compuesta por los padres Sylvester Oughuto, Hieradius Mbeyela, tanzano, y el P. Luis de Brito, brasileiro. Segunda ola de Misioneros de la Consolata. Llegaron en 2016, luego después llegó el Padre Marc Symbeye, tanzano, quien llenó el vacío dejado por el Padre Sylvester en la comunidad de Capalanga.
En octubre de 2018 se dio inicio a una nueva presencia en la Diócesis de Lwena, en la provincia de Moxico, en un antiguo puesto misionero, Parroquia de Santa María Madre de Deus. Una realidad todavía más desafiante que las dos anteriores, pues si estas se encuentran en la periferia de la grande capital, esta se encuentra distante alrededor de 1.338 Km, más de 18 horas de viaje por carreteras bastante precaria. Los primeros misioneros en esta nueva comunidad misionera fueron los Padres Luis de Brito que salió de la Comunidad de Funda y más tarde el Padre John Kyara, tanzano, que llegó en lo primero mese de 2019.

La experiencia de la pandemia del COVID trajo también otros desafíos. La salida del padre Luis de Brito y su regreso al Brasil, seguida de la salida del padre Hyeradius, golpearon fuertemente nuestra presencia y obligaron a rápidos reajustes; el Padre Marc tuvo que correr para Luacano para hacer comunidad con el padre John, mientras que en Capalanga y Funda se quedaron solos los Padres Fredy e Sylvester pues el Padre Dani se encontraba de vacaciones e imposibilitado de regresar por causa de las restricciones propias de la pandemia; una vez que el padre Dani regreso, tuvo que ocupar el lugar del Padre Sylvester quien fue llamado para un curso de actualización en Roma. Solo llegaron refuerzos al final de 2021 con la presencia del Padre Fernando Joaquim Chissano, mozambiqueño, y al inicio de 2022 con la presencia de los Padres Douglas Ghetanda y Bernard Maina, permitiendo así la reconstitución de las comunidades; infelizmente algunos meses después el Padre Marc Symbeye fue llamado para continuar sus estudios en Roma, quedando solo 2 misioneros por comunidad.
En la mitad de 2022 nos alegramos con la llegada del Padre Martin Mbai, keniata, una presencia fugas. En menos de un año tuvo que regresar al Kenia, dejando una nueva crisis de personal. El padre Chissano fue a hacer parte de la comunidad de Luacano con el Padre Bernard Maina, em poco tiempo surgió nueva crisis dando como resultado la salida del padre Bernar de la comunidad de Luacano y su posterior regreso para el Kenia al final del 2024. Finalmente, en la segunda mitad del año 2025 llegó el Padre Jean Baptiste Kamable, congoleño, quien después de un breve momento de aprendizaje de la lengua portuguesa se integró a la comunidad de Luacano.
La misión en Angola ofrece muchas posibilidades, a pesar de las dificultades experimentadas. Las comunidades son bastante acogedoras, el pueblo angolano es bastante comprometido, en la medida de sus posibilidades; del punto de vista pastoral existe una grande variedad de opciones para los misioneros. Infelizmente la inestabilidad del personal no nos permite maniobrar para poder avanzar como deseamos.
Tres son los grandes desafíos que tenemos en lo más inmediato:
- Mas personal misionero
- Estabilidad económica
- Y inicio de la primera fase de la formación de base para jóvenes angolanos deseosos de ser Misioneros de la Consolata.
En este tiempo de experiencia misionera en Agola, hemos aprendido que cuanto más se toma a serio la misión más crece nuestro sentido de pertenencia, no solo al Instituto sino a esta tierra que nos acoge. Por otro lado, se aprenda que en la misión hay un tiempo para, con la ayuda del Espíritu, hacer acontecer cosas y otro momento para dejar que las cosas acontezcan.
Finalmente, que este fuego que una vez descendió sobre Jerusalén y ha soplado continuamente sobre la Iglesia, siga inflamando nuestros corazones. Que seamos, por lo tanto, dóciles al Espíritu para que la Iglesia sea siempre una fuerza del presente, portadora de esperanza.
*Por P. Fredy Alberto Gómez Pérez, colombiano, Misionero de la Consolata en Angola



