
En la misionología contemporánea, la misión no es proselitismo ni una simple estrategia o actividad opcional de la Iglesia, al contrario, es una extensión del amor trinitario, la expresión misma del ser divino que se comunica y se dirige al mundo para salvarlo. La Trinidad, «Missio Trinitatis», es el fundamento y modelo de la misión de la Iglesia.
Por. Yeinson Andrés Galvis, IMC *
La declaración conciliar Nostra Aetate (1965) redefine la misión de la Iglesia como un camino de diálogo y respeto hacia las religiones no cristianas. Precisamente este diálogo se fundamenta teológicamente en el misterio de la Trinidad: el amor de comunión entre Padre, Hijo y Espíritu Santo es el modelo perfecto de apertura, acogida y unidad para la comunidad cristiana.
La Trinidad, como paradigma teológico fundamental, ofrece un modelo para repensar la teología de las religiones, en el que la unidad de Dios no es rígida, sino relacional y acogedora. Para el teólogo Carmelo Dotolo, este enfoque permite repensar la teología de las religiones superando tanto el exclusivismo como el relativismo, valorando el diálogo, la alteridad y la diversidad como riquezas intrínsecas del misterio divino[1]. La Iglesia no se concibe a sí misma como una institución cerrada, sino como una comunidad que refleja esta comunión divina, universal e inclusiva.
Así como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son distintos, pero están en total comunión, la comunidad eclesial está llamada a experimentar la unidad en la diversidad, como reflejo histórico del amor relacional de las tres Personas divinas. En el Evangelio de Juan, Jesús ora por la unidad de su comunidad, modelada según la unidad trinitaria: «Que todos sean uno, como nosotros somos uno» (Jn 17,22). La comunidad, como «icona trinitaria», acoge la pluralidad de culturas y carismas sin perder la unidad en la fe. La Trinidad enseña que Dios no es soledad, sino comunión y una relación perfecta de amor. En la era de la IA (Inteligencia Artificial), dominada por el aislamiento digital y la simulación, el misterio trinitario recuerda a las comunidades cristianas que la verdadera naturaleza del ser humano es el encuentro. «mientras las nuevas redes económicas y tecnológicas pueden generar exclusión, aislamiento y dependencias, la Iglesia, alimentada por la Eucaristía, está llamada a hacer visible otro tipo de medida, custodiando los vínculos, devolviendo la voz a los invisibles y orientando los procesos hacia la dignidad de las personas»[2]. En este contexto, la comunión fraterna se convierte en la primera proclamación misionera (evangelización). La comunidad local no es un mero «objeto» de la pastoral, sino el sujeto activo de la misión. La comunidad cristiana está llamada a reflexionar sobre las relaciones de amor, igualdad y diversidad que existen en la Trinidad. Por ello, « la comunidad creyente está invitada a crear formas de “relaciones interpersonales” en las que el encuentro, la escucha y la capacidad de dialogar no sean acontecimientos extraordinarios, sino signos de una comunión que sabe valorar las diferentes identidades en la experiencia decisiva del seguimiento » [3].
Para la misionología, una comunidad verdaderamente formada sobre el modelo trinitario debe ser abierta, acogedora e intercultural. Superar los modelos puramente jerárquicos fomentar una Iglesia basada en la reciprocidad y la comunión, donde todos los bautizados son «discípulos misioneros». La misión de la comunidad fundada en el modelo trinitario da testimonio del Evangelio no solo mediante la proclamación explícita, sino también convirtiéndose en un lugar de salvación, sanación y reconciliación en su propio territorio. La primera encíclica, Magnifica Humanitas, del Santo Padre León XIV, sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial, nos invita a construir el bien en el mundo, una construcción que debe tener como fundamento la relación con Dios, que nos invita a que «¡cuidemos las relaciones! En una época que tiende a acelerar y a fragmentar, la carne humana sigue pidiendo ser cuidada y reconocida por manos capaces de ternura, por mentes atentas y buenas palabras. La cultura digital multiplica las conexiones y ofrece nuevas posibilidades de encuentro; sin embargo, el corazón humano conserva una necesidad irrenunciable de proximidad.» [4].
El modelo trinitario, según la visión de Carmelo Dotolo, revela que Dios mismo es comunión y alteridad. Esto implica que el cristianismo no debe imponerse mediante una lógica de sumisión o conflicto, sino presentarse como un espacio de acogida y diálogo abierto con otras culturas y religiones. Nostra Aetate es el documento magisterial, que impulsa la comunidad cristiana a trascender sus fronteras, reconociendo la “luz” y los “rayos de verdad” presentes en todas las religiones. El diálogo interreligioso no es una opción, sino parte integral del amor trinitario. La Misión de Dios «Missio Dei», no es una iniciativa humana, sino la expresión del amor trinitario, el amor desbordante que anhela incluir a toda la humanidad. El Padre envía al Hijo y al Espíritu Santo para la salvación de la humanidad, para formar una comunidad. La Iglesia y sus comunidades son canales, instrumentos.
El fundamento teológico trinitario hace del diálogo el principal instrumento de evangelización, promoviendo el respeto y el encuentro con las culturas locales. La naturaleza misma de Dios, que tiende a comunicarse con los demás, impulsa a la comunidad a superar el ensimismamiento. «La propuesta del diálogo es ya una proclamación implícita de la Buena Nueva de un Dios Trino, de un Dios que es en sí mismo relación, una relación de amor, y que se revela proponiendo a cada ser humano una cercanía respetuosa que abre el camino al diálogo de la salvación»[5]. Por lo tanto, la misión de la Iglesia es dar testimonio del amor compasivo de Dios en el mundo. Esto se logra caminando con los demás, defendiendo los derechos humanos y construyendo la paz juntos. «El diálogo es una dimensión ordinaria de la vida humana, […]. Se trata de adquirir una actitud para construir lazos de fraternidad, hechos de escucha, de miradas sinceras, de tiempo dedicado, incluso de tiempo perdido juntos»[6].
La misionología promueve una espiritualidad en la que el Evangelio se proclama a través del diálogo, que se convierte en el medio mismo por el cual Dios se relaciona con la humanidad. Promueve la inculturación y el diálogo interreligioso, reconociendo la acción del Espíritu Santo en diversos contextos y culturas. El pluralismo, en este sentido, no representa una amenaza para la fe cristiana, sino una oportunidad para comprender su profundidad y capacidad de comunicar el mensaje específico de salvación dentro de la dinámica de la historia. La misión como diálogo abarca el ecumenismo (diálogo entre cristianos), el diálogo interreligioso y el diálogo con los no creyentes, siempre atentos a las “Semillas del Verbo” presentes en el mundo.
En Mongolia, la misión de los Misioneros de la Consolata se basa en el diálogo, inspirado en el modelo trinitario. Esta misión dialogante refleja la esencia misma de Dios: el intercambio constante de amor, acogida y entrega mutua, que convierte a todas las comunidades de esta joven Iglesia en un signo de esperanza y encuentro armónico. El «Diálogo Cuádruple» es la piedra angular de la Federación de Conferencias Episcopales de Asia (FCEA). Este diálogo define una visión misionera específica en la que la Trinidad (comunión en el corazón de Dios) es el modelo y la fuente, en la que la Iglesia está llamada a vivir como una comunidad en relación.
Las Cuatro Dimensiones del Diálogo de la FABC y la misión de la Iglesia en Asia se dividen en cuatro áreas principales: Con los Pobres (Justicia y Desarrollo), promueve la dignidad humana y una “Iglesia de los pobres”, que trabaja activamente por la emancipación de los marginados. Dios se revela en la “kènosis”, es decir, en el vaciamiento y la humildad de Cristo (el Hijo), que comparte la condición humana y favorece a los más desfavorecidos. Los pobres son el icono mismo del Misterio. Con las Culturas (Inculturación), integra el mensaje del Evangelio con la sabiduría, las tradiciones y los valores, respetando su riqueza. La Trinidad establece una “ontología relacional”, superando la rigidez dogmática en favor de una lógica de dar, acoger y escuchar. Con las Religiones (Diálogo Interreligioso), es un puente en un contexto de pluralismo religioso, trabajando por la paz, la armonía y la comprensión mutua. El Dios Trinitario es intrínsecamente “abierto“, como dinámica de amor, posibilita el diálogo interreligioso, basado en la búsqueda de la comunión y la valoración de la diversidad. Finalmente, con la Naturaleza (Ecología), promueve el cuidado de la creación y la protección de nuestra “casa común” en línea con la ecología integral. La creación es un reflejo de la “pericoresis”, es decir, la íntima unión, armonía y compenetración mutua de las tres personas de la Santísima Trinidad.
* Por P. Yeinson Andrés Galvis – Misionero de la Consolata en Mongolia, actualmente estudiante de misionología en la universidad Urbaniana en Roma.
[1]Véase C. Dotolo, DIOS, UNA SORPRESA PARA LA HISTORIA. Hacia una teología post-secular, Queriniana, Brescia, 2020.
[2] León XVI, Carta encíclica Magnifica humanitas, sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial (15 de mayo de 2026), n. 235.
[3] C. Dotolo, Teología de las Religiones, EDB, Bolonia, 2021, p. 204.
[4] León XVI, Carta encíclica Magnifica humanitas, sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial (15 de mayo de 2026), n. 239.
[5] JM. Aveline, El diálogo de la salvación: una breve teología de la misión, Libreria Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano, 2024, pág. 56.
[6]León XVI, Carta encíclica Magnifica humanitas, sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial (15 de mayo de 2026), n. 220.


