
El 13 de julio de 2026 el Santuario de Nuestra Señora de Fátima en Manizales, Colombia, se convirtió en un lugar de profunda alegría y acción de gracias cuando cientos de fieles se congregaron para celebrar el 40º aniversario de la coronación canónica de la venerada imagen de Nuestra Señora de Fátima. El aniversario reunió a sacerdotes diocesanos, hombres y mujeres, religiosos y peregrinos de toda la Archidiócesis de Manizales en una vibrante celebración de la fe.
Por Adolphe Mulengezi *
A través de la celebración de la Sagrada Eucaristía, el rezo del santo Rosario y las procesiones marianas, los fieles dieron gracias por las cuatro décadas de presencia y protección materna de María. Más que el recuerdo de un acontecimiento histórico, la celebración renovó la actualidad del mensaje de Fátima: oración, conversión, penitencia y paz. Se invitaba a los peregrinos a fortalecer su confianza en la Santísima Virgen María, confiando a su intercesión amorosa familias, comunidades y empeño misionero. Una vez más, el Santuario ha confirmado su papel como lugar de esperanza, donde innumerables fieles encuentran la misericordia de Dios y renuevan su compromiso de vivir el Evangelio.

Los misioneros de la Consolata también participaron activamente en esta importante celebración. Entre los presentes se encontraban el Superior Regional de Colombia, el padre Venanzio Mwangi, el Vicesuperior Regional, el padre Angelo Casadei y numerosos otros misioneros. A las 16:00, el padre Angelo presidió la celebración eucarística, acompañado por el padre Venanzio y los demás sacerdotes presentes, testimoniando la profunda comunión del Instituto con la Iglesia local y su espiritualidad mariana.
Dando gracias por 74 años de ministerio sacerdotal
El día también tuvo un significado especial para los misioneros de la Consolata, ya que el padre Salvador Custodero, el segundo más anciano del Instituto, celebró el 74º aniversario de su ordenación sacerdotal. Se celebró una Santa Misa de acción de gracias en la capilla de la comunidad de los Misioneros Consolata de Manizales, presidida por el padre Venanzio Mwangi. Asistieron los asistentes que cuidan a los misioneros ancianos, los miembros de la comunidad local y los hermanos, todos reunidos para dar gracias a Dios por la larga y fiel vida misionera del padre Salvador.

Solo unas semanas antes, el 23 de junio, el padre Salvador había celebrado su 99º cumpleaños. Su salud, serenidad y espíritu alegre siguen siendo una fuente de inspiración para quienes le conocen. Sigue leyendo con soltura y recibe a cada visitante con una sonrisa que refleja una vida entregada enteramente a Cristo y a la misión.
En su homilía, el padre Venanzio rindió homenaje al testimonio del anciano misionero: “La vida del padre Custodero fue un regalo cotidiano de sí mismo. A él es difícil encontrarle inactivo o aburrido. Es un hombre cuyo corazón y mente siempre están centrados en la fe, en la Iglesia, en la comunión con el Santo Padre y en nuestras raíces como misioneros de la Consolata. Todos podemos dar fe de esto viendo las incontables horas que siempre ha dedicado a la oración. Incluso bajo el peso de la avanzada edad y el cansancio físico, nunca abandona la oración, ni por sí mismo ni por toda la Iglesia. Sigue celebrando los sacramentos con profunda devoción y gran fe. Su silencio y su meditación no son signos de vacío, sino expresiones de la profundidad de una vida fructífera”.

En conclusión, el Superior Regional enfatizó que la vida del padre Salvador sigue siendo un testimonio viviente de que el celo misionero no disminuye con la edad, sino que se transforma en un ministerio silencioso y perseverante siempre acompañado por la oración.
Un encuentro alegre con el Hermano Laureano Galindo
Para mí, la visita a Manizales adquirió un significado aún más profundo gracias a un encuentro que llevaba mucho tiempo deseando. Durante años había oído hablar del Hermano Laureano Galindo Soto, el primero y, aún hoy, el único Hermano Misionero Consolata colombiano. Conocerle fue una de las mayores bendiciones de mis primeros días de misión en Colombia.

Tan solo cinco días después de mi llegada a Bogotá –para mi nuevo destino misionero– viajé con el Superior Regional a Manizales para participar en las celebraciones. El viaje, que duró casi ocho horas por las majestuosas montañas de Colombia, me ofreció paisajes impresionantes que hicieron que la experiencia fuera realmente inolvidable.
A la mañana siguiente, mi deseo finalmente se cumplió. En cuanto el hermano Laureano supo que yo también era un hermano misionero de la Consolata, su rostro se iluminó de alegría. A pesar de mi español aún muy limitado, nos entendimos inmediatamente a través del idioma de la fraternidad. Con gran entusiasmo me habló de la felicidad que vive en su vocación y me dejó un mensaje sencillo pero profundo: “Siempre sé feliz de ser hermano misionero de la Consolata.”

Su sonrisa, su calidez humana y su alegría espontánea hablaban más alto que las palabras. En un momento incluso cantó algunas canciones para expresar la felicidad que llena su vida misionera. Esta reunión nos recordó que la vocación del hermano religioso es, ante todo, una vocación al testimonio alegre.
Estas experiencias marcaron mis primeros días de misión en Colombia llenos de esperanza y ánimo. Estimado lector, me gustaría dejarle con una pregunta sobre la que reflexionar: ¿quién es un Hermano religioso?
* Hermano Adolphe Mulengezi, IMC, misionero en Colombia.



