Como el barro en manos del Alfarero: Jeremías y San José Allamano

Grupo de misioneros que trabaja en la Amazonía (Manaos y el estado de Roraima). Foto: Archivo IMC Roraima

Tras la visita canónica y la Asamblea de los misioneros de la Consolata de la Región de Brasil, el grupo que trabaja en la Amazonía (Manaos y el estado de Roraima) realizamos del 25 al 29 de mayo nuestro retiro anual en la comunidad de San José Allamano de Calunga en Boa Vista (RR).

Por Juan Carlos Greco *

Guiados por el padre Celso Carlos Putkammer dos Santos, vicario Episcopal para la Pastoral de la diócesis de Roraima, nos adentramos en una relectura del libro del profeta Jeremías. La invitación fue clara: repensar nuestra vocación, abrazar la flexibilidad y dejarnos moldear por las manos del Alfarero (Jr 18, 1-6).

Padre Celso nos recordaba que el Alfarero (Dios) no solo otorga belleza al vaso, sino también utilidad; Él es el único capaz de reconstruir y hacer nuevo el vaso estropeado. Nuestra respuesta no puede ser otra que la súplica confiada: «Señor, haz de mí el vaso que tú quieras». El itinerario de estos días nos confronta con nuestra propia materia prima a través de cinco estaciones sagradas:

  1. El llamado y el barro original.
  2. Resistencia y la crisis de la llamada.
  3. Quiebra, dolor y purificación.
  4. Reconfiguración y fuego del Espíritu.
  5. Renovación misionera.

Aunque las mociones íntimas que remodelan el Proyecto de Vida Personal pertenecen al sagrario del corazón y se quedan allí, es imposible no desbordar la alegría de conectar a Jeremías con ese gigante de la fe que da nombre a nuestra casa de retiro: San José Allamano. A pesar de los 2500 años que los separan, ambos comparten el mismo código genético vocacional a través de cuatro puentes indestructibles.

Los cuatro puentes de una misma Vocación

1. La vocación desde las entrañas

“Antes de que nacieras, te elegí”. Tanto en el profeta como en el fundador late una certeza inamovible: Dios los pensó y los consagró antes de su venida al mundo, derribando cualquier fragilidad o resistencia humana.

Jeremías: Al escuchar la voz divina, intentó retroceder detrás de su propia inmadurez: «¡Ah, Señor! ¡He aquí que no sé hablar, porque soy un niño!» (Jr 1, 6). Pero el Señor clausuró su temor tocando sus labios y asegurándole su presencia.

San José Allamano: Poseedor de una salud extremadamente débil y enfermiza, Allamano parecía el candidato menos idóneo para abrir horizontes misioneros hacia los confines de la tierra. Cuando sintió el llamado al sacerdocio a los 11 años, su entorno dudó. Sin embargo, su certeza emulaba la urgencia de Jeremías: «Dios me llama ahora, ¡no sé si me llamará otra vez!». Allamano fundó una prolífica familia misionera sin poder pisar jamás el barro de la misión de campo debido a sus pulmones enfermos, demostrando que la gracia de Dios se perfecciona en la debilidad.

2. El fuego ardiente de la Misión Ad Gentes

Jeremías experimentó la santa imposibilidad de callar la Palabra de Dios, un ímpetu que define con exactitud el carisma de la Consolata.

Jeremías: En medio de la persecución, exclamó: «Había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude» (Jr 20, 9). Era una combustión interna que lo obligaba a anunciar la verdad.

Los Misioneros de la Consolata: Esta familia religiosa vive de ese mismo incendio espiritual. José Allamano no quería operarios tibios; repetía incansablemente a sus hijos e hijas que debían ser «santos para las misiones», encendidos en un celo apostólico que los arrancara de la comodidad doméstica para lanzarlos a las periferias geográficas y existenciales de la Amazonia, África y Asia.

Un momento durante la Asamblea Regional

3. Del dolor y la destrucción al Consuelo: La gran paradoja

Aquí se revela el nudo teológico más profundo del retiro: Jeremías es el profeta que contempla las ruinas de su pueblo, pero los hijos de Allamano llevan impreso en su propio nombre la respuesta de Dios: el Consuelo.

El puente espiritual: Allamano envió a sus misioneros a encarnarse precisamente allí donde Jeremías lloraba: en las realidades rotas, en las historias desarticuladas por la injusticia. El carisma consiste en entrar en la fosa del dolor humano para profetizar que Dios no ha abandonado a su pueblo y que el Alfarero siempre está listo para remodelar la vasija destruida.

4. El estilo de misión: Extraordinarios en lo ordinario

Jeremías no profetizó desde los tronos del poder; fue un hombre del pueblo que compartió el asedio, el hambre y el destierro con la gente común, sufriendo con ellos y desde ellos.

El reflejo en el fundador: San José Allamano modeló la espiritualidad de sus misioneros bajo una máxima imperecedera: «Hacer el bien extraordinariamente bien, pero de manera ordinaria». No buscaba héroes mediáticos ni personajes ruidosos, sino testigos silenciosos insertos en la cotidianidad de las culturas, capaces de sentir en carne propia el dolor del pueblo – como Jeremías – para sanarlo con la ternura discreta de Dios.

En resumen

Si Jeremías es el ojo profético que lloró las heridas de Israel pero vislumbró una Nueva Alianza (Jr 31, 31), San José Allamano es el corazón providencial que diseñó a los misioneros como las manos y los pies que corren por el mundo para cumplir esa promesa, llevando la Consolación allí donde el barro todavía está sangrando.

* Padre Juan Carlos Greco, IMC, misionero en Boa Vista, Roraima.

Contenido relacionado